Vuelta al cole

10 de septiembre, 9 de la mañana. Martina, ataviada con su mascarilla y mochila, afirma rotunda: “No quiero ir al colegio, pero le daré una oportunidad”. Como si tuviera alguna oportunidad de negarse, qué pena, tan pequeña y con tantas responsabilidades. No puedo evitar rebelarme contra el sistema: extraescolares, las clases y toda una serie de historias que no les dejan jugar tanto como quisieran. Por el camino se encuentra con su amiga María. Se abrazan como si no hubiera un mañana. Se dan la mano y siguen su camino.

Desde atrás, las miro con cierta tristeza. Se les acabó el chollo. Cuando se abre la puerta del patio, entran corriendo. Veo a “la seño pasar” y le dan otro abrazo. No iba a ser menos. “Ni tan mal”, pienso yo. Debo reconocer que cuando veo a su maestra no puedo evitar emocionarme. Le queda por delante otro curso de buscarse la vida, de luchar contra el Covid con la mayor de las sonrisas, la mejor de las intenciones y, por desgracia, con no muchas inversiones.

El profesorado, de nuevo, se encuentra solo ante el peligro. Sin más apoyo que el de su valentía y ganas de que todo salga bien. Vale que es una profesión vocacional, pero de ahí a que se les confíe/obligue a tirar para adelante o a apretar los dientes que, para el caso, es lo mismo hay un paso.

A todos se nos llena la boca diciendo que queremos una educación pública de calidad y segura. A los que están al frente de la Junta, también, pero si miramos más allá de las palabras, vemos que todas esas frases significan algo mucho menos esperanzador.

Según me comentan y quien lo ha hecho se dedica a esto de la educación, a los institutos se les han reducido al 50% las horas de apoyo Covid-19 de limpieza por las mañanas y los ayuntamientos no han recibido ni un euro para enviar el refuerzo a los coles. Lo mismo ocurre con los maestros covid-19 o profesores covid-19, una figura docente que permite desdoblar las aulas cuando se sobrepasa la ratio de 25 en Primaria; 30 en ESO y 35 en Bachillerato. Y, después, se les pide que separen las mesas con un metro y medio de distancia.

Traducción: “¡Vamos! Sacad vuestra varita y haced magia. Si el año pasado pudisteis, seguro que este año también podréis con menos apoyo. Confiamos en vosotros”. Y yo me imagino hablando a uno de esos hombres poderosos que “El roto” dibuja una y otra vez.

No critico a los docentes, ni se me ocurriría, pero cómo van a conseguir objetivos con unas clases saturadas, sin inversiones que se materialicen, sin un apoyo institucional que respalde su esfuerzo. Así no.

Me voy del cole deseando suerte a la seño, suerte y mucho ánimo. Tiene toda mi confianza, apoyo y solidaridad. Ahí dejamos a nuestros hijos e hijas y queremos que “todo salga bien”. Pues claro, ahí está el profesorado para sacarnos, porque es cosa de todos, las castañas del fuego, pero, me parece una sinvergonzonería hablar de educación de calidad cuando, en realidad, mientras se dan titulares, se echa la vista a otro lado dejando el marrón a otros. Desde aquí mi respeto y una pregunta: ¿No creen que se les exige demasiado?

Inma Espinilla
Periodista

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