Verano fofisano

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Sin saber ni cómo, nos ha caído el verano en “tó lo alto”. Adiós a la capa que todo lo tapa, llega el momento de la verdad. Y ya se sabe, la verdad duele. (Spoiler: si no quieren sentir dolor, dejen esta lectura aquí).

Pues sí, y como no está la economía como para irse de tiendas a buscar esa talla más con el pretexto de querer renovar un poco el vestuario, no queda otra que apretar el culo -por piedad, el cinturón no- y contener la respiración en su sentido menos figurado.

Ellos se saben deseados igualmente: enamoradas somos tan tontas y -por qué no decirlo- tan borricas que cuanto más pesen más nos gustan, ¿me vas a comparar a Mufasa con Scar?, no hay color.

El hombre y el oso cuanto más feo más hermoso y cuanto más hermoso y más oso, más hombre y así es por los siglos de los siglos amén, y que Dios me perdone pero un tío al que no sabes si poner un plato de habichuelas o colgarlo en un crucifijo solo vale para hacer de Joker, de Pianista o de Maquinista, como Christian Bale, angelico, qué angustia de película todo el rato esperando a que entre paranoia y paranoia se pidiera un perrito con patatas fritas dentro y se lo metiera p’al cuerpo con un batido de esos americanos de tres bolas de helado y ciripollo de nata montada hasta que le diera un vahído y regresaran sus pectorales al lugar de donde nunca debieron desaparecer.

Bueno, que me pongo a hablar de Christian Bale o de batidos de helado y se me va el hilo, más con lo segundo, lo aseguro: lo nuestro ya es distinto. Tan distinto es, que en este periodo del año aparece algo llamado “operación bikini” así de sutilmente denominado por si quedaba alguna duda de que el tema sólo va con nosotras.

Siempre hay valientes que se atreven a hacer el esfuerzo y -ole por ellas- son capaces de hacerse las tablas de ejercicios y merendar alpiste con kiwi como si fuese lo que más apetece del mundo después de unas sentadillas y luego estamos las que entramos a comprar el pan (que no vamos ni a probar) para que tengan los niños a mediodía y salimos con una palmera de chocolate de la que, para la hora de ir al colegio a por ellos, queda con suerte la mitad. Qué se le va a hacer, no se puede tener voluntad para todo.

Pero joder, asumámoslo. Lo que no puede ser es que con esta puñetera manía de empoderarnos a cualquier precio, nos vengan con neologismos de Gordibuena, Fofisana… pero esto qué es.

Pues es que ahora resulta que nos tenemos que tragar que con esos kilitos de más somos “curvy”, un nuevo modelo de belleza. Venga, vale, nadie más interesada que yo en comprar el concepto, viva Rubens.

Cuál no es mi sorpresa cuando busco el término en Google y aparecen, ojo al dato, Salma Hayek, Scarlett Johansson y -válgame el Señor- la mismísima señora Bellucci. Quien no se consuela es porque no quiere.

Pero que estaba casi mejor intentando (vive Dios que aún no lo he conseguido) cenar piña alguna noche sin tratar de empoderarme de esquizofrenia buscando ver voluptuosidad curvy en estas lorzas blancas, lo saben hasta los chinos.

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