¿Vámonos de tapas? ¡Vámonos!

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Vámonos de tapas, vámonos, vámonos, vámonos. Que vámonos de tapas, vámonos, vámonos.

Caracoles, patatas bravas, boquerones en vinagre, alioli, chopitos, setas, morcilla y pisto. Que vámonos de tapas, vámonos». Así, con esta letrilla que resume la devoción que tenemos los españoles a este producto, comienza un tema del grupo Combolinga, que se hizo famoso gracias a un programa de televisión.

Si hay algo que nos gusta a los españoles en general, y a los linarenses en particular, es irnos con amigos o familiares de tapas para ejercer el noble ejercicio de la «enrea».

No voy a detenerme mucho en el origen, recogido de manera popular y escasamente preciso, de este apartado gastronómico. Unos citan leyendas del siglo XIII nombrando al rey Alfonso X como el precursor, otros costumbres de la pobre casta campesina, sin olvidar a eruditos que mencionan a la opulenta burguesía como los pioneros.

En lo que si coinciden todos, es que se usó en sus inicios para tapar (de ahí se deduce lo de tapa) con alimentos los recipientes donde tomar el vino para que no traspasara el polvo e insectos. También servía para comer algo, que paliara los efectos nocivos de la ingesta alcohólica. Sean sus inicios cuales fueran, si hay que destacar la mención de Cervantes en El Quijote, donde hace referencia a las tapas, servidas en las ventas a las que denomina «llamativos».

Linares es una ciudad que sabe valorar sus tradiciones. Somos un pueblo de naturaleza ceremoniosa en muchos aspectos, cuestión que también se refleja en sus bares, de ahí que la tapa, además de ceremoniosa tradición, es una seña para reconocer nuestra identidad, es gastronomía y lenguaje, un paso hacia la formalidad más informal, un acorde en esa sinfonía que compone el linarensismo, una forma brillante de rastrear nuestra historia mediante el sentido del gusto.

No podemos olvidar, que Linares entre otras cuestiones relevantes, también está en el mapa por sus tapas. Aquí dominamos con arte «tela» de tapas, exportamos conocimiento, saber hacer, maestría en el servicio y cual es la cantidad adecuada para hacerla destacar.

La ciudad es una gran galería urbana para la restauración, donde cada artista cuelga sus mejores obras, sus tapas. No hay un patrón rígido, las encontramos hermanadas. Las clásicas, las innovadoras, las de temporada se mezclan en un collage de aroma y sabor con las magistrales de la casa, que con tufillo de orgullo dan sello a nuestros bares, esos salones comunales que elegimos porque algo moral tenemos que nos pertenece. Lugares, ¡que lugares!, como cantaban los Gabinete, donde se dan cita todas las clases sociales, que quien come a gusto «orvía» los disgustos.

Es en las tapas donde Linares se parece más a Linares. Si tenemos algo claro en esta ciudad es poder presumir en cada barrio de una particular ruta de la tapa, hay el suficiente surtido para no salir de él si no te apetece. Que enorme satisfacción me produce, cuando estoy fuera de Linares poder decir con cierto aire vanidoso: «Pues yo en mi pueblo con tres tapas ya he comío».

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