Vacaciones

“I feel good, tanananana”… “So good” Pum, pum… James Brown me acompañaba. Bailoteaba al tiempo que golpeaba las teclas del portátil. Quedan 4 días, 3, 2… Un latigazo me encoge. ¡El oído! No puede ser. Voy corriendo al médico y es tajante: “Otitis. Diez días sin baño”. Un jarro de agua fría. El día antes de comenzar mis vacaciones. Imposible.

Vale que no tenía grandes planes, pero tampoco me esperaba esto. No es justo. Yo me había imaginado disfrutando de la pisci, de la playa y, ahora, me veo así, sin más chapuzón que el de la ducha vespertina. “Estás exagerando”, pensarán. Quizá sí, pero en un momento en el que cuadrar mis vacaciones tiene más que ver con la conciliación que con los grandes viajes, era mi única vía de escape.

Dejen que les cuente. Tanto en julio como en agosto disfrutamos de varias semanas de playa, eso sí, yo con el portátil en la maleta y, mientras Javi y las niñas disfrutaban del mar, de las olas y de los toboganes del hotel, yo me quedaba en el tajo. Así es la vida. De ahí la decepción. Martina y yo queríamos pasar tiempo juntas, sin más. Bajarnos a la piscina entre las compras necesarias para el comienzo del curso escolar. Ahora que nos falta la mitad de la ecuación tenemos que buscar nuevas fórmulas de entretenimiento.

Sé que mi queja es una frivolidad, pero el verano también lo es, así que estoy en tiempo.
Las mañanas se nos pasan entre paseos, aburrimientos e historietas con los playmobil. Le encantan. Y, las tardes, ya con el salvavidas de Javi, la piscina vuelve a entrar en juego.

Escucho a otras madres decir que están deseando que empiece el cole y yo miro a Martina, que niega rotunda con la cabeza: «Estamos todo el día trabajando y soy pequeña». Lleva razón. Entiendo que su mayor preocupación sea buscar más horas para jugar.

Lo que me cuesta comprender es a esas personas que, cuando llega el verano, sus hij@s parecen sobrarles. Se amparan en que l@s pequeñ@s se aburren, en que necesitan su rutina, en que son intens@s y bla, bla, bla. Patrañas. Sí, pueden llegar a sacarnos de nuestras casillas, pero son nuestr@s hij@s, con sus fantasías, sus rabietas y sus ganas de no parar. Así son y así fuimos. Lo olvidamos demasiado pronto.

No sé si es su caso, pero les propongo un reto. ¿Qué tal si retrocedemos en el tiempo y nos regresamos a nuestra infancia? Parémonos a mirarlos de frente, a escuchar desde su perspectiva y no desde la del adulto. Vamos a dejarnos llevar por sus emociones y, por qué no, a disfrutar con ellos y de ellos. Septiembre está a la vuelta de la esquina y, con el cole, llegarán las extraescolares, las agendas llenas y el poco tiempo para dejarlo correr contemplando cómo se organizan las hormigas o buscando aviones en el cielo.

Y eso es lo que voy a hacer con Martina en mis vacaciones. Me voy a entregar a ella, a sumergirse en sus mil universos y a jugar, sin baños, eso sí. Pero vamos a bailar, saltar, enfadarnos y pelearlos por el cuento que queremos. Vamos a hacer excursiones, dar paseos y hasta aburrirnos juntas. ¿Qué más da? Será nuestro tiempo, un tiempo de calidad y maravilloso.

Dejémonos embaucar por ellos y riámonos de sus ocurrencias. Por ejemplo, ayer mismo, Martina, mientras jugaba en el salón de casa y, seguramente distraída porque yo veía la tele, me pidió que bajase el volumen de la peli (una de Juliette Binoche). Ante mi queja, me soltó que así sería como si la viese en inglés, vamos, sin enterarme de nada. Sobra decir las risas que nos echamos Javi y yo. Sin comentarios. Con cosas así yo tampoco quiero que empiece el cole.

Inma Espinilla
Inma Espinilla
Periodista

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