«Un maestro debe tener alma de niño»

Ana García Pérez (Granada, 1979) no para de reír. Su sonrisa ilumina el rincón de la cafetería La Galería donde nos hemos citado con esta maestra del CEIP Europa, antiguo colegio de El Pilar, en pleno corazón del casco antiguo de Linares.

Es culillo de mal asiento y no se está quieta en toda la entrevista. Su vida está vinculada a la docencia desde la cuna. Hija de padre y madre profesores de Lengua y Literatura, Ana García no tuvo, por lo tanto, demasiadas dudas a la hora de elegir el camino.

Tratamos de conversar por encima de una barahúnda que, sin embargo, no impide que nos hable de su trayectoria profesional y de lo que significa reinventarse cada día para educar a los niños desde una perspectiva positiva, rica en valores y principios.

Su personalidad soñadora e idealista por momentos hacen de Ana García una mujer interesante a la par que enigmática que merece la pena conocer. De disciplina armónica, tiene algo de teatral que engancha.

Madre de Marta, la niña de sus ojos, potencia el uso de las nuevas tecnologías en clase como herramienta de conocimiento y, si se pone a tiro, monta un musical de tributo a Mecano para prevenir las acciones. Por cierto, fue todo un éxito.

¿Qué significa ser maestro o maestra?

—Tener una responsabilidad, pero, sobre todo, una ilusión. Me atrevería a decir que es la base del resto de profesiones u oficios, porque, al fin y al cabo, todos salimos del colegio con una idea de lo que luego queremos ser.

¿Y usted de mayor quería ser…?

—Maestra.

¿Tan claro lo tenía?

—Sí, desde muy pequeña.

¿Tiene algo que ver que sus padres sean profesores?

—Sí, bastante. No en vano, me he criado en una casa en la que el ambiente de la docencia ha estado siempre presente. Por ejemplo, imitaba mucho a mi madre. Cuando ella corregía los exámenes de Lengua y Literatura, yo cogía otro tocho de folios y hacía lo mismo que ella. Jugaba mucho a ser maestra (risas).

También los he acompañado mucho en las actividades en las que participaban. Por ejemplo, han hecho mucho teatro y asistía a los ensayos en el instituto. Me llevaban de chica y me integraban en esas dinámicas. Al final, eso se queda, porque veía que se lo pasaban en grande, al igual que los alumnos. Estaba guay.

¿Qué sensación tiene cuando cada día pasa por la puerta del colegio?

(Piensa y suspira) Pues que empieza un nuevo día con nuevos retos e ilusiones. Voy con ganas y alegría por ver a mis alumnos y hacer las cosas bien.

El destino ha hecho que imparta clases en el mismo colegio en el que estudió. Curioso.

—Sí, la verdad es que muy bonito y emotivo, porque doy clases en aulas en las que yo he estado de pequeña. Muchas veces les digo a los alumnos dónde me sentaba o cómo estaba orientada la clase. Muy a menudo pienso en mi etapa escolar.

El hecho de estar en el mismo colegio también hace que quiera cambiar cosas que de pequeña no me gustaban.

¿Por ejemplo?

—Ya no se fuma en las clases, aunque eso no lo he cambiado yo (risas). Pues, por ejemplo, la rigidez de los profesores. Yo era muy tímida y me costaba horrores levantar la mano o salir a la pizarra. Me quería morir, porque era muy tímida. En algunas ocasiones me negaba a ir al colegio porque no me sentía protegida. Intento que eso no pase entre mis alumnos, que no tengan miedo en leer en voz alta. Quiero que se sientan cómodos y actúen con confianza.

¿Cómo venció esa timidez?

—Teniendo claro que no quería ser así. La vencí poco a poco. Fue durante la carrera cuando me fui quitando esos miedos. Luego trabajando de animadora en los hoteles, donde tenía que subir al escenario con el micrófono. Pequeños esfuerzos con los que fui abandonando esa parte introvertida y tímida de mi personalidad.

¿Qué maestro o maestra le marcó?

—Juan Hortelano. Aunque tengo recuerdos difusos, no olvido sus clases de Ética, porque en ellas nos enseñaba la vida, desde valores como el altruismo y la solidaridad hasta como comportarse en una mesa cuando estás comiendo. Era la educación socioemocional.

¿Qué aplica de aquellas enseñanzas?

—Por ejemplo, el saber ganarme a los niños o, dicho de otro modo, convertirme en ellos para saber hablarles. Pero, principalmente, lo que me dio Juan es seguridad y conocimiento en muchas cosas del día.

¿Un maestro tiene alma de niño?

—Sí. Está claro que si no entiendes a los niños y estás dentro de su cabeza, difícilmente va a ser maestro. En mi caso, también me ha ayudado muchísimo ser madre y vivir con una niña.

¿Cómo es la cabeza de un niño?

—Son soñadoras, con ilusiones, pero también distorsionan la realidad. En definitiva, son muy inocentes. Por norma general, no están alterados por la sociedad que les rodea. Hasta los 10 o 11 años siguen manteniendo la inocencia, aunque se les haya desvelado muchos secretos, como, por ejemplo, quienes son realmente los Reyes Magos.

¿Cuándo ‘se malean’?

—Depende del contexto social de cada niño.

El mundo del maestro no es tan idílico como lo pintan.

—Por supuesto que no. Ahora estoy muy bien en mi cole, pero he estado en otros muy conflictivos. En Arrecife (Las Palmas) trabajé en un instituto de Formación Profesional, donde muchos alumnos vivían en prostíbulos o en barcos porque sus familias carecían de recursos. Por la mañana llegaban y no sabías si habían consumido algo.

He tenido la suerte de estar bien en las clases, pero he visto como han lanzado sillas a compañeros. Hay situaciones extremadamente complicadas que la gente desconoce, no solo con los alumnos, sino también con las familias.

¿Tiene ojo crítico con los pequeños? Es decir, ¿sabe qué niño va a llegar lejos?

—No me gustan los prejuicios. Lo que tienes es experiencia, y cuando ves como actúa y se comporta un niño sabes qué puede estar pasando en su vida.

¿Qué papel juegan los padres en la educación de sus hijos?

—Lo son todo. De ellos parte la educación, tanto en valores como emocional.

¿Qué busca con su metodología?

—No tengo una metodología propia, sino que estudio e investigo muchas, ya estén de moda o sean más tradicionales. Lo que hago es aplicar la metodología que funciona, según el grupo y el momento concreto de ese curso. Esto quiere decir que lo que hice el pasado año u otros cursos a lo mejor no me vale para este. Las metodologías deben ser flexibles y pueden funcionar con una determinada clase. Depende mucho de las circunstancias. Lo bueno es combinar. Tampoco creo en las metodologías puras.

¿La enseñanza, por lo tanto, es moldeable?

—Es que así debe ser.

Hábleme de las leyes educativas. ¿Qué piensa?

—Me molesta mucho que se juegue tanto con la educación. Que se tomen decisiones para contentar a un electorado y que, según sople el viento, así actúan. El problema es que deciden en un despacho personas que, en la mayoría de las ocasiones, no han estado con niños o el tiempo suficiente. Con un paseíto por un colegio, uno no sabe realmente lo que pasa. Es el gran problema que sufrimos los docentes y los propios alumnos.

¿Cómo ha vivido la pandemia?

—Bueno, pues como todo el mundo, asustada por la salud de la gente que quiero y de los niños. Pero también me ha servido de mucho, porque he podido experimentar mucho con las nuevas tecnologías. Hicimos muchísimas actividades de manera telemática, desde juegos hasta entrevistas, pasando por poemas o montaje de museos.

¿Un maestro tiene su ‘ojito derecho’ en clase?

—Al final cada niño es distinto, tiene sus cosas buenas y malas. Puede haber muchos ojitos derechos, pero, en mi caso, no soy una maestra que apueste por un alumno concreto o le tiene manía a otro.

¿Es difícil lidiar con los padres?

—Para mí, no. Hablando se entiende a la gente. No es una cosa que me preocupe especialmente.

¿Cómo se le ocurrió la idea de montar un musical?

—Todo surgió en Villanueva del Arzobispo, donde estuve destinada. Allí, las fiestas de final de curso son a lo grande. Por aquellos tiempos, estaba Nacho Cano con el musical ‘Hoy no me puedo levantar’, y aproveché para hacer un remix de canciones de Mecano. Gustó tanto que esos alumnos de Villanueva me llamaron cuando ya estaba en Linares y me propusieron que les echara una mano para preparar una obra de teatro relacionada con Mecano. Me pasaron el guion y me fui a Villanueva a verlos actuar. Nada más acabar, me dije a mí misma: «Esto me lo llevo yo a Linares».

A partir de ese momento, me recorrí todos los locales y comercios de la ciudad en busca de patrocinadores para montar el espectáculo. Una cosa me llevó a otra hasta que conseguimos poner en marcha el musical, gracias a la colaboración increíble de la Orquesta Zodiako y a los alumnos de Villanueva que veían todos los domingos a ensayar. También hicimos un casting para estudiantes de Linares y la verdad es que fue un éxito.

¿Con qué canción de Mecano se identifica?

—Me gustan muchas, pero me quedaría con ‘La fuerza del destino’.

¿Para ser maestro es necesario…?

—Querer.

Fotos: Pedro Ibáñez/Visualy Linares

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