«Soy mejor escritor que persona»

Pillamos a Andrés Ortiz Tafur (Linares, 1973) con el pelo alborotado. Acaba de presentar en la iglesia de San Lorenzo de Úbeda ‘Los últimos deseos’ (Sílex Ediciones), un libro de textos breves en los que recrea una aventura personal y espiritual: «La crónica, a fogonazos, de un recomienzo», matiza Ernesto Calabuig en el prólogo.

Nos citamos con él en uno de los muchos garitos de su ciudad natal que frecuentó con premeditación, nocturnidad y alevosía antes de poner pies en polvorosa para largarse a la francesa a la sierra, donde rodeado de naturaleza, gatos y perros se ha consagrado como escritor.

A sus cuarenta y tantos, sigue buscándose, tratando de dar sentido a su existencia a través del relato, el cuento o la poesía. Destila verdad, tamizada con esa fina ironía que rompe con lo ortodoxo y que a veces ofende al puritano.

Tiene talento, éxito y exhibe un perpetuo buen humor. Tres razones que acostumbran a hacer chirriar dientes a todos aquellos que viven resentidos. Escribe convencido de que puede hacerlo mejor, sin idea de cómo.

Se sienta a charlar con El Observador y no hay dobleces: es lo que se espera de él, un tipo charlatán, dicharachero, generoso y también reflexivo. Se niega a atrincherarse en el dolor o en la nostalgia, y prueba de ello es esta entrevista en la que habla de su libro, de los de otros, de la vida a secas, «eso que muchos parecen tomarse tan en serio». Le dejamos a su aire.

¿Cómo se encuentra? 

—En estas últimas semanas, raro. Mi vida, por lo general, quitando estos espacios de promoción, se circunscribe a mi aldea, a mis chuchos y gatos, a mi sierra, a mi mundo pequeño. No obstante, bendita sea esta rareza y ojalá vengas muchas más como ella, querrá decir que los libros que escribo están vivos y provocan encuentros.

Su último libro, publicado por Silex Ediciones, es un canto a la vida, a lo mundano, a lo cercano. ¿Se corren riesgos cuando se escribe con sentido común?

—Fíjese que ponerlo tanto en práctica, durante la elaboración de ‘Los últimos deseos’, me ha conducido a pensar que soy mejor escritor que persona. Con el riesgo que conlleva tal asunto, porque nunca se está seguro de ser buen escritor. Bueno, yo al menos nunca lo estoy; al contrario, me fustigo.

El sentido común, no en pocas ocasiones, se erige en una piedra en el zapato. En todos los ámbitos: no solo en lo político o colectivo, también cuando nos toca emplearlo como individuos.

Y, paradójicamente, esto sucede porque el sentido común o la mera fuerza de la lógica no suelen casar con nuestros deseos. Y entonces, somos tan lerdos que tratamos de buscar otro, ¡otro sentido común!, que se ciña un poco más a nuestras querencias. Como si se tratara de una camisa en una franquicia.

El libro está avalado por Sergio del Molino, que en la contraportada escribe: «Los apuntes al natural de Andrés Ortiz Tafur –concisos, poéticos y esenciales– dibujan el mundo entero desde un rincón serrano. Al final de la lectura, sientes que llevas todo el día charlando con un buen amigo en la puerta de su casa, y se os ha hecho de noche sin darte cuenta». Y del prólogo se hace cargo Ernesto Calabuig, otro gran escritor. Qué bien se codea usted.

—A Sergio, los que habitamos en la España vacía, le debemos mucho; porque, por más sorprendente que lo parezca, estoy convencido de que sin su libro aún no habríamos pasado a estar tan de moda. Que haya leído Los últimos deseos antes de entrar a imprenta y se haya prestado a apoyar su publicación con esas palabras, para mí supone un gran orgullo, cualquier otra cosa sería falsa modestia. El prólogo de Ernesto es una joya. Lloré cuando lo leí por primera vez.

Y lo publica, como apuntaba, con Sílex, una editorial con 50 años de historia.

—El día que me telefoneó Ramiro Domínguez, el editor de Sílex, para darle el visto bueno a Los últimos deseos, corrí al supermercado en busca del mismo vino con el que despedí a Aute. Tres botellas compré. Y las tres cayeron en apenas un rato. Lo mismo que con el prólogo de mi admirado Ernesto Calabuig: acabé llorando de felicidad. No hay nada más rico.

Después del éxito rotundo de ‘El buitre del agua’ y de la buena acogida de ‘Los últimos deseos’. ¿Siente vértigo?

—No. Mi vida, quitando estos lapsus que duran uno o dos meses, sigue siendo la misma; y, a dios gracias, vivo muy alejado del mundillo literario. Lo único cierto es que cada vez me cuesta más escribir, por esa historia de superación que la mayoría llevamos dentro.

¿A quién le dedica este libro?

—En plan grandote, a las personas que de veras pelean por cambiar realidades. En plan particular —como el patio de mi casa—, a mis vecinos de Cortijo Viejo, que por orden cronológico (me vas a permitir que los nombre uno a uno) son: Javiera, Fulgencio, Francisco, Dolores, Antonio, Mari, Eva, David, Ana Alba, Homero, María, Jose, Anai y Aila. Sin ellos, este libro no existiría.

¿Qué opina de la gente vulgar en el sentido más hermoso de la palabra?

—Para empezar, que nos equivocamos tildando a esa gente de vulgar. Son sabios, Javier. Sin exageración alguna. Mi vecina Mari, poco mayor que yo, no sabe qué carajo es internet, ni usar un teléfono de pantalla táctil; y Facebook, Twitter y demás fanfarria le suenan a chino. A cambio, sabe vivir. ¡Vivir! ¡Y guisa unas albóndigas que son el cuerpo de Cristo, que quita el pecado del mundo!

Se está haciendo mayor. ¿Le queda algo de crápula?

(Risas) ¡Qué va! ¡Y lo intento, no crea!

¿A quién le confiesa sus pecados?

—No escribo para sanar nada, mucho menos mi cabeza —tontería sería—. De hecho, no me interesa lo más mínimo esa parcela literaria. Pero sí es cierto que cuando uno se sienta a escribir no resulta extraño toparse con demonios, injusticias, atrocidades… que, en ocasiones, te proyectan en un espejo. De ahí ese atrevimiento cuando digo que Los últimos deseos me han empujado a barajar que soy mejor escritor que persona.

¿Este país no es para…?

—Si hacemos caso a los que intentan polarizarnos, no es un país para vivir. Y lo malo es que ese macabro ejercicio que están llevando a cabo no contiene broma alguna, y que, por lo que sea, parece que nos prefieren así: enfrentados y encabronados.

Ha dejado de ser una eterna promesa, como Guti, para convertirse en un escritor respetado al que telefonean las editoriales. No todo el mundo puede decir lo mismo en la industria literaria.

—No resulta sencillo publicar, la verdad. Lo parece por la infinidad de empresas de autoedición que hacen posible que muchas personas cumplan su sueño de tener un libro con su nombre en la portada. Conseguirlo de la manera tradicional, sin pagar por ello, porque a un editor le gusta tu obra, es otra cosa. Y a la gente que empieza a escribir le incido mucho que persigan esa cosa, porque, desde mi punto de vista, justamente ahí radica «el éxito» —sea cual sea el tamaño de este—: publicar porque otra persona, un editor, un profesional del libro, estima que tu texto así lo merece. Se siente una alegría muy grande.

¿Vive la vida que soñó?

—Qué va. Y ojalá nunca lo logre. La vida es sueño… Pero sí vivo dónde me place y de lo que me place, que no es poco.

¿Cuándo volverá al cuento o a la poesía?

—Espero que pronto. En mi cabeza está. A ver el ánimo.

Hábleme de la sierra que habita.

—Digamos que Santiago-Pontones, dentro de nuestro país, es como una isla del Pacífico en el mundo: un lugar apartado y colmado de la autenticidad que le confiere esa distancia. Me alegra que los turistas nos vayan conociendo, lo necesitamos para subsistir, pero reconozco que también me asusta. Ya hemos visto lo que ha originado el turismo en otras partes.
Amo la sierra de Segura. Y quiero pensar que en algún momento me iré, que no aguardaré a que se nos rompa nuestra historia de amor y que surgirá otro sitio con semejante imán. Lo que no veo aún es cuándo.

¿En la política está la solución de nuestra existencia?

—Debería. Aunque, últimamente, cualquiera diría que hemos de conformarnos con que nuestros políticos no generen más problemas de los que ya hay.

Fotos: Ignacio M. Jiménez

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