¿Serían capaces de algo así?

¿Qué hacer cuando la actualidad toma la forma de un breviario apocalíptico? Pues poco más que permanecer atónitos frente al coro de pantallas que nos muestran un terremoto un día, tormentas e inundaciones en zonas muy concretas –¿acotadas?– al siguiente, y, desde hace unas semanas, la furia de la tierra en la silueta de un volcán.

Destaca el de Cumbre Vieja, en La Palma, pero acompañado, como si hubieran recibido la invitación de sumarse al espectáculo –de un modo más discreto, hay que decir–, del Etna, del Estrómboli o del Popocatépelt.

Pero no es sólo esto, hay más, pues estos días hemos asistido a una cascada de noticias que, combinadas entre sí, nos ofrecen un perfil distópico de la realidad. Primero el continuo y dislocado ascenso del precio de la luz, algo que ya empieza a preocupar también a nuestros vecinos europeos. De esto considero ocioso señalar los efectos que tiene y tendrá en la economía. Efectos que serían una minucia si China, que ya aplica cortes en el suministro eléctrico a los particulares, los aplicara de forma general a empresas, como se están planteando.

La potencia asiática es como sabemos la fábrica del mundo; un descenso de su producción provocaría una escasez de componentes para la gran mayoría de industrias de cualquier país. Y hablando de escasez, y por mucho que esta pequeña crisis haya tenido más de alarmismo que de problema concreto, a todos nos han impresionado las imágenes de ingleses liados a sopapos en las colas de las gasolineras.

Finalmente lo más extraño, la caída de Facebook, WhatsApp e Instagram, incidente que la compañía atribuye a un fallo humano –un trabajador habría borrado “sin querer queriendo” la información de los servidores–, mermando de golpe y porrazo la fortuna personal de Zuckerberg en 6.000 millones de dólares. Nada que objetar, salvo que lo que vamos sabiendo se va pareciendo más a un sabotaje que a una metedura de pata: aquella tarde Facebook varió sus BGP, una operación infrecuente y en aquel momento sin sentido –DNS, direcciones IP y BGP sirven para que las distintas partes de Internet se “encuentren”, para que se comuniquen entre sí–, razón por la cual resulta tan difícil creer que se tratara de la ocurrencia de alguien que pasaba por ahí.

Ahora bien, la suma de estos elementos –el fantasma del colapso mundial, el pánico histérico ante la escasez, añadidos al espectáculo de una tecnología claudicante–, ¿les parece algo casual o más bien conforma una secuencia, quizá el ensayo de algo? No sé a ustedes, pero a un servidor le hizo pensar en uno de los objetivos de esta élite que sintiéndose tan lejana a nosotros nos contempla como a hormigas: El Gran Reseteo, actualmente proyecto prioritario del Foro Económico Mundial.

El Reseteo, por decirlo de un modo sintético, se nos propone como una oportunidad para corregir errores surgida tras la pandemia. Un mundo que socialmente tienda al igualitarismo, al ecologismo en el modelo productivo y tecnológicamente a la digitalización global. Puede sonar bonito, hasta que asoman las contrapartidas: aumento de impuestos, desaparición del actual modelo industrial y generalización del desempleo al menos de inicio, eliminación del dinero efectivo y mantenimiento –cuando no ampliación– de las medidas de control y vigilancia de la ciudadanía implantadas por razón del virus.

Las reticencias al proyecto surgen solas, como es su dimensión global sin tener en cuenta las diferencias económicas, culturales o tecnológicas de los diferentes países y regiones, es decir, todos los matices que pueda haber entre un Tokio o una California y el interior de naciones como Gambia o Turkmenistán. O sin ir más lejos, el efecto sobre nuestros mayores, poco o nada relacionados con las nuevas tecnologías, por lo que quedarían enclaustrados en un sistema hostil. Y nada de esto supone, sin embargo, el principal inconveniente; hay algo más oscuro: la aplicación de esta agenda estaría al margen de nuestra aceptación. Es voluntad de la élite mundial y punto.

¿Pero sería posible que el Reseteo dejara de ser una opción y se convirtiera en realidad inevitable? Lo es, y en este sentido el patrón seguido durante la pandemia podría marcar el camino. Toda vez que se ha asimilado que por culpa de la sopa de pangolín y el murciélago a la plancha ha sido necesario el confinamiento universal, la puerta de la credulidad y la fábula ha quedado abierta a cualquier cosa –a un nuevo virus, ¿por qué no?, ahora informático–.

Para que se diera el colapso, habría que atacar de raíz el sostén del mundo actual, la tecnología, y habría de ser infinitamente superior a la caída de Facebook. Un Megavirus, intratable durante la infección, que tumbara administraciones, imposibilitara la industria, la logística, que cancelara el comercio, pero que su duración no diera lugar a que empresas y gobiernos pensaran en una vuelta temporal a lo analógico. Un virus traumático, global, que forzara a medidas exhaustivas de prevención –a encapsular la información e introducirla en el único dispositivo que no está conectado a ningún flujo artificial, quedando libre de cualquier amenaza: nuestro propio organismo–. Sería la imposición de un microchip en el que figurasen nuestros datos al completo: DNI, historial médico, capacidad para operaciones financieras… Es decir, la digitalización global, con la que podrían pastorear hasta el más ridículo de nuestros movimientos. Y sin otra opción. Algo que recordaría sospechosa-mente a esas palabras del capítulo XIII del Libro de la Revelación: «Y hace que a todos […] se les dé una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie pueda comprar ni vender, sino el que tenga la marca… »

P.S. El presente texto es, como puede deducir el lector, una especulación basada en un conjunto de noticias. No obstante, investigando para el artículo, puede dar con algunas curiosidades. Una, com-probar que no he sido el único en llegar a estas conclusiones; y luego, la lectura de datos alarmantes, pues hay quien dice que el virus ya existe y todo está dispuesto para su “fuga”. Su nombre sería Cyber Polygon.

Quizá no estaría de más aprovisionarse de alimentos y agua, y encomendarse a Alguien que esté por encima de esta camarilla de psicópatas que invierten en vacunas, y luego profetizan pandemias.

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