«Ser salesiano es una forma de vida»

Gregorio Garrido Cruz (Linares, 1965) es un hombre bondadoso. Salta a simple vista. Nos citamos con el pregonero del 50 aniversario de la fundación del colegio San Agustín (Salesianos) en la Plaza de Santa Margarita, donde nos invita a un café.

La conversación es pausada, sin prisas. Fluye de manera natural. No hay guion. Responde a cada pregunta con sinceridad. Defiende el mensaje de Don Bosco a capa y espada. Cree firmemente en los jóvenes y en la generosidad de las personas, a pesar de que vivamos en una sociedad más pendiente de las apariencias y del yo. Este maestro de Primaria apuesta, sin embargo, por la empatía y por el amor al prójimo.

Apasionado de los detalles y las manualidades, fue capaz de montar un galeón español del siglo XVI sin tener ni idea. Lo hizo con paciencia y tesón, pieza a piza, y ante la atenta mirada de su esposa y sus hijos María y Manuel.

Hace gala de su catolicismo, aspecto de su personalidad que, como veremos a lo largo de la entrevista, prima sobre cualquier ideología. Exprime las oportunidades que la vida y la enseñanza le ofrecen y en su diccionario no aparece la palabra ‘queja’. El próximo 26 de noviembre, si la pandemia lo permite, será un día muy especial para él y la familia salesiana de Linares.

¿Qué es ser salesiano?

—Abarca muchas cosas, pero la principal de todas es educar con el corazón y sentirse bien consigo mismo, además de ver los valores del prójimo. Pero también es creer en la libertad, sobre todo la de expresión, y desarrollar lo que nosotros denominamos valores humanizantes.

Será el pregonero del 50 aniversario del colegio. ¿Cómo se siente?

—Me llevé una sorpresa cuando me lo comunicaron. No me esperaba que fuera el elegido. Lo pensé un segundo y dije que sí de inmediato porque no todos los días nuestro centro cumple 50 años. Es evidente que me llena de orgullo esta designación.

Usted, además de maestro, ha sido alumno del centro.

—Así es. Entré en el centro con seis años y todavía no me ido (risas). No soy el más veterano porque hay dos promociones anteriores a la mía, pero he vivido como alumno lo que representa Salesianos. Con el paso del tiempo, formé parte de distintos grupos mientras estudiaba en la Escuela de Magisterio Antonia López Arista. Recién terminado el servicio militar, me llamaron para empezar con una pequeña sustitución y ya me quedé.

En todo este tiempo, ¿cómo ha evolucionado Salesianos?

—Ha evolucionado al mismo ritmo que lo ha hecho la sociedad, a pasos agigantados. Hemos crecido una barbaridad. Lo mejor de todo es que hemos sabido adaptar nuestro ideario de centro a los cambios que se han producido, a pesar de todas las leyes que han ido surgiendo a lo largo del tiempo. En este sentido, creo que nos hemos adaptado muy bien, dando respuesta a la demanda y las necesidades de las familias.

Conviene decir que el centro es el punto neurálgico de nuestra actividad, pero hay mucha más vida en torno a Salesianos. Existen otras alternativas que son igual de importantes dentro de nuestra comunidad, como los grupos de cooperadores, la asociación de María Auxiliadora, la Fundación Proyecto Don Bosco, que ayuda a las personas más necesitadas, tan esencial ahora con la pandemia… Tratamos de ofrecer el máximo de nuestras posibilidades a la sociedad.

Y todo ello bajo el prisma de Don Bosco.

—Por supuesto. Don Bosco era un soñador y, doscientos años después, su mensaje sigue vivo porque los problemas prácticamente son los mismos. Lo podemos comprobar viendo la película dedicada a su vida y obra.

¿A qué se refiere?

—Me refiero con esto a la gente joven y a las dificultades que tienen, por ejemplo, para encontrar trabajo, como ocurría en la época de Don Bosco. La película nos muestra, además, a unas autoridades que no veían con buenos ojos a Don Bosco porque quitaba mano de obra barata. A Don Bosco trataron, incluso, de meterlo en un manicomio. Querían quitarlo de en medio como fuese. Hoy día hay ciertas leyes que me hacen pensar en lo que sufrió por su forma de actuar.

Lo veo reaccionario.

—No soy hombre de política, ni he pertenecido a partido alguno. Nunca me ha gustado ese mundo. Lo que si me gusta es coger de cada persona que trata de mejorar la sociedad. En este sentido, soy abierto. Uno reacciona cuando comprueba que quieren cuartar la libertad de expresión o de elección.

Me lo dice por la ‘ley Celaá’

—En este caso, sí. Como padre, el Estado no me puede imponer qué tipo de Educación debe recibir mi hijo. Tiene que respetar el derecho de elección.

¿Ser católico está mal visto?

—En cierto modo sí. Esto va por modas. Defender los valores cristianos parece algo anticuado. La gente joven ya no lo ve como algo prioritario. Me considero cristiano y católico, porque así lo he elegido y porque lo entiendo como una forma de vida. Esa es mi libertad.

Si Dios mira hacia abajo, ¿qué está viendo?

—Que todavía hay gente que cree en él, y que, a través de ciertas personas, trata de sembrar esperanza y alegría. Ya lo decía Don Bosco, que las dificultades no nos quiten la sonrisa. Me consta que en esta ciudad hay gente que intenta ayudar al prójimo y esto hay que valorarlo. Eso es una bendición en una mundo demasiado egoísta muchas veces.

¿Para ser docente hay que ser buena persona?

—No basta con parecerlo, hay que serlo. Tienes que tratar de transmitir a los alumnos las cosas buenas del corazón. Uno guarda los mejores recuerdos en su mente una vez que ya han pasado. Y esos mismos recuerdos también los guardas en el corazón. Son vivencias únicas e irrepetibles. Mi objetivo es que los chicos recuerden con cariño su paso por el centro.

¿Cómo es el alumno del siglo XXI?

—Es crítico, rebelde, muy comunicativo en ciertas ocasiones, sobre todo a través de las redes sociales. También creo que los jóvenes de hoy en día necesitan ver un futuro, que pueden conseguir sus metas y sus sueños. De eso nos tenemos que encargar todos, desde las autoridades y hasta los docentes.

¿Qué diferencia al San Agustín a otro centro educativo?

—La cercanía, la acogida, que el alumno sienta como en su casa, que el colegio forma parte de él, que es algo propio, porque así lo cuida, lo mima y procura que no se estropee. Y eso es lo que tratamos. Al margen de esto, obviamente, la docencia con un itinerario que va más allá de las clases, desde actividades deportivas hasta oratorios.

¿Será un pregón lacrimógeno?

(Risas) No, no. Como cualquier pregón, tendrá su recorrido histórico con cosas importantes que han ocurrido en nuestro centro, pero también quiero dar protagonismo a quien da vida al centro, que no son otros que los alumnos, los profesores, las familias, la titularidad y el personal no docente.

¿Un salesiano muere salesiano?

—Esto es como un veneno. Una vez que está inoculado no puedes dejar de ser salesiano. Es una forma de vida. Siempre he pensado que las casualidades no existen. Como creo en Dios y en Jesús, pienso que nos tienen preparado, desde que nacemos y hasta que morimos, un camino a seguir. Y se va cumpliendo según sus tiempos. En mí caso, decidieron, a través de mis padres, que entrara en un colegio Salesiano. Es como si Don Bosco me hubiera mirado y me hubiera dicho: Tu vida la vas a dedicar a la gente joven, y eso es lo que he hecho.

Sin embargo, ese camino no es siempre recto, como ‘los renglones torcidos de Dios’.

—Hombre, claro. Pero creo que hasta Dios tiene previstos esos renglones torcidos por algún motivo. No deja nada al azar. Por fortuna hay más renglones derechos que torcidos.

¿Qué consejos me daría si fuera alumno suyo?

—Lo primero que te diría es que «tú y yo vamos a ser amigos», recuérdalo y cuando te vayas lo verás.

¿Entonces es cierto de que al final el maestro se hace amigo del alumno?

—Sí porque hay una cosa que dijo Don Bosco que todos procuramos cumplir: El joven debe sentir que lo escuchas, que lo quieres, porque si él lo siente en su corazón has ganado la partida. Solo hace falta una pizca de cariño, de dulzura y saber corregir los errores sin dramatismo.

¿Me aprobaría con un 4,5 si me pongo pesado?

—Le recomendaría que apretara más. Le falta solo un paso para aprobar. Por lo tanto, no lo aprobaría pero le pediría que fuera más disciplinado, que se esforzara un poco más en clase.

¿De dónde viene su afición por los belenes?

—Es una afición que viene de padres a hijos. Mi padre montaba el belén de la parroquia de San Agustín, que era prácticamente toda la capilla en aquella época. Era enorme. Él, en su mene, diseñaba el nacimiento. Era un belén creativo. Daba vida a algo inerte. Y lo hacía todo con materiales reciclables, con piedras y con todo aquello que caía en sus manos.

Empecé a aprender de él y a crear yo mismo nuevos elementos, como una cascada gigante de agua. Con el paso del tiempo, he aprendido de otros y comencé, en mi casa, a construir mi propio belén, poco a poco.

¿Cuándo empieza a montarlo?

—Todavía no. Lo que le puedo decir es que lo acabo para el día de la lotería de Navidad. Tenga en cuenta que todas las piezas de mi belén las creo yo, a diferencia de otros que ya están montadas. Así desarrollo mi creatividad. Por ejemplo, el pasado año le puse un ascensor al Ángel de la Anunciación.

Trato de transmitirles esa creatividad a mis alumnos y, sin ir más lejos, el año pasado los más pequeños hicieron un belén con rollos de papel de cocina y corchos. Me quedé alucinado con su trabajo, por la creatividad que habían desarrollado para montarlo. Despertaron su imaginación, y siguieron los sueños de Don Bosco.

Fotos: Javier Esturillo  

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  1. Me ha encantado la entrevista. Hace tiempo que no veo a mi sobrino, pero es el que más se parece al abuelo Gregorio Garrido Cantos.
    Como bien dice la tradición de los «Nacimientos» es de familia, su padre Manuel, lo aprendió del abuelo Gregorio que fue el que nos impregnó la afición de esta tradición.
    ¡FELICIDADES!

  2. Muy buena entrevista. Me ha hecho mucha ilusión leerla pues conozco a Gregorio desde hace 25 años y doy fe que es un hombre con muchos valores, honesto, cariñoso, dulce y nunca lo he visto con mal humor.
    Enhorabuena!

  3. Muy buena y amena conversación.
    Gracias Gregorio por ser el guión de muchas vidas jóvenes. En el camino por mi juventud fueron mi pilares, salesianos de Santo Domingo Sabio, una gran admiración por todos ellos, recuerdos inolvidables, arrepentido de no haber seguido este camino del cual te llena de felicidad el enseñar, educar……., en definitiva, hacer mejores personas.
    En mi casa no podría faltar la foto de un amigo, DON JUAN BOSCO, cedida por el párroco don Agustín, persona a elogiar.
    FELICIDADES Y GRACIAS POR SER.

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