Reportaje | Las heridas de la pandemia en Linares

Cáritas advierte de un repunte en el número de usuarios del comedor social de San Agustín y teme que la situación vaya a peor conforme se acabe el dinero en las casas

Pedro -nombre ficticio- perdió su empleo hace más de dos años y no encuentra trabajo, a pesar de que «lo ha intentado por todos los medios posibles». Es padre de dos hijos pequeños y la pandemia ha agudizado la situación económica del hogar familiar, donde no entran ingresos, salgo las chapuzas que le «salen muy de vez en cuando».

Es uno de los muchos usuarios que atiende Cáritas Interparroquial de Linares a través de los distintos servicios que ofrece, como el comedor social de San Agustín, que ha visto como desde que estalló la crisis sanitaria del coronavirus se ha multiplicado la demanda.

Una voluntarias prepara una guarnición de patatas en el comedor social de San Agustín.

Actualmente reparte unas 150 raciones al día, que van para familias sin recursos y los transeúntes que se acercan por el centro. Las restricciones derivadas por la pandemia obligan a la oenegé a limitar la atención al público, así como en la cocina.

El presidente de Cáritas, Cristóbal Luipáñez, reconoce que la situación en estos momentos es muy complicada porque a la crisis económica que arrastra Linares se ha unido la sanitaria del Covid-19 que ha dejado sin empleo a numerosos linarenses y a otros ha puesto contra las cuerdas por las restricciones que le impiden realizar su actividad con normalidad.

Así, a la urgencia de poner un plato en la mesa, numerosas familias vulnerables suman ahora nuevos problemas: los ahorros se han acabado, no hay trabajo, crecen las deudas y los impagos del alquiler o la hipoteca, sin contar los efectos psicológicos de la pandemia que empiezan a dejar huella.

Los números hablan por sí solos. De las 1.050.000 personas que eran atendidas antes de la crisis sanitaria por los Bancos de Alimentos a nivel nacional, se pasó a 1,5 millones en el pico de la pandemia. En estos momentos, la cifra se sitúa en 1,8 millones de personas, un 70 por ciento más que hace medio año.

Cristóbal Lupiánez teme que todo vaya a peor conforme se acabe el dinero en las casas y, sobre todo, el subsidio por desempleo y los Ertes, lo que dejaría a muchas personas sin prácticamente recursos para subsistir. No en vano, si alguna cosa se está demostrando este año es que acabar sin techo y sin comida es más fácil de lo que parece.

Cáritas ha redoblado sus esfuerzos mediante su red de voluntarios y parroquias que empiezan a no dar abasto para atender tanta necesidad en una ciudad azotada por el desempleo.

Fotos: Javier Esturillo

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