Reportaje | Juanjo, un cura a pie de obra

Fue albañil, jornalero y quiso bajar a la mina para predicar en las profundidades de la tierra. El Observador se acerca a la figura del sacerdote que salió de la sacristía para estar con los más necesitados de Linares

Juan José Juárez Casado (Porcuna, 1944) colgó los hábitos de sacerdote muy a su pesar. Una enfermedad degenerativa de los huesos le obligó en 2005 a abandonar el oficio después de una vida entregada a los más necesitados.

La jubilación, sin embargo, no lo ha desprovisto del espíritu luchador, contestatario, reaccionario, reivindicativo y crítico que forjó su personalidad durante los más de 40 años que marcaron su relación con los feligreses y con los poderes eclesiásticos.

Conocido simplemente como Juanjo -sin el don por delante- pertenece a una larga estirpe de religiosos a pie de obra que salió de los seminarios españoles a principios de la década de los 70 para bajar del púlpito y meterse en el tajo.

De la quietud noble de los recintos eclesiásticos a la algarabía empobrecida de los excluidos. Tomaron partido por el pueblo. Fueron curas sin sotana que lucharon por las libertades democráticas renunciando a sus privilegios para vivir, y trabajar, al lado de los menos tienen

Juanjo estudió Teología en Granada, donde enraizó su compromiso social. Solía recorrerse los barrios de la periferia granadina para conocer la realidad de las clases más empobrecidas, de la Andalucía profunda a la que le faltaba luz, agua, vivienda, escuelas… Zonas en las que sus gentes vivían en barracas, como La Chana.

Juanjo quiso ser uno de ellos y, junto con un grupo de compañeros, planteó al rector de la residencia la posibilidad de trasladarse a una chabola. Su intención no era otra que asistir a los más pobres, a los marginados. Predicar con el ejemplo de Jesucristo. Esa revolucionaria idea fue denegada, aunque él seguiría frecuentando esos barrios invisibles hasta su primer destino como diácono en la parroquia de San Miguel de Andújar.

Allí, tomó otra decisión insólita: trabajar como peón de albañil. Y así lo hizo. Nada más llegar a la ciudad se marchó a una obra y pidió empleo al contratista sin desvelar su identidad de cura. Fue contratado y empezó en la construcción «como uno más», desde cargar ladrillos a elaborar la mezcla en la hormigonera, pasando por la compra de los avíos para el desayuno.

Juanjo no tenía las manos encalladas y su manera de hablar más educada y refinada comenzó a levantar sospechas entre uno de sus compañeros, quien, un día, sin que él se diera cuenta, lo siguió hasta la iglesia, de la que salió vestido con la sotana. Fue entonces cuando el resto de la cuadrilla descubrió la verdadera vocación de Juanjo.

Como es lógico, la sorpresa fue mayúscula. Habían compartido experiencias, andanzas y paleta con un cura. Le explicó los motivos y lejos de rechazar su presencia, Juanjo se ganó aún más la confianza de los obreros hasta tal punto de que empezaron a escucharlo con más atención, a pedirle libros y a creer en la palabra de Jesús. Tal fue su influencia que uno de los capataces, «muy mal hablado, por cierto», acabó de catequista.

El día que se ordenaba como sacerdote en su pueblo natal, invitó a toda la cuadrilla a asistir a la ceremonia. El constructor -de ideas alejadas a la Iglesia- rechazó la propuesta. Sus compañeros en señal de protesta se sentaron a pie de la obra y se negaron a trabajar. Forzado por la situación y consciente del deseo de los albañiles, no solo les permitió ir a Porcuna, sino que, además, fletó un autobús para ello.

La emoción de Juanjo nada más verlos entrar por la puerta del templo fue «tremenda». «Nunca lo olvidaré», recuerda ahora con añoranza y afecto. Tras aquel gesto de amistad y admiración, el sacerdote solicitó a sus superiores quedarse en Andújar, en el barrio de La Lagunilla, de origen humilde. Sin embargo, desestimaron su petición y lo mandaron a Linares, a la iglesia de Santa María para que «conociera las distintas realidades» de la ciudad. Duró solo un año, pero su estancia le sirvió para hacerse una idea de la situación del municipio y, sobre todo, de los mineros.

Basílica de Santa María de Linares.

Su siguiente destino sería la parroquia de San José en uno de los barrios más obreros de Linares, donde permanecería otros dos años en los que trató, como ya hiciera en Andújar, buscarse la vida más allá del altar. Fue entonces cuando fue a pedir trabajo a la antigua fábrica de las latas y, después, a Santana Motor. Pero, a diferencia de la otra vez, aquí ya conocían su profesión de cura, por lo que, a pesar de los intentos, no entró en ninguno de los dos sitios, como tampoco lo hizo en las minas de La Cruz ni en la Fundición, donde solicitó de manera encarecida bajar al pozo. Por aquel entonces ya estaba ejerciendo el sacerdocio en Arrayanes.

Su propósito de descender a las profundidades de la tierra no era otro que estar con sus feligreses. «Ellos estaban en la mina y allí es donde quería estar para realizar mi labor evangelizadora junto a ellos», señala. Era tan grande su interés que llegó a reclamar el turno de noche. De este modo, podía descansar por la mañana -en la que prácticamente no tenía nada que hacer- y atender sus labores como cura por la tarde. «Pero no hubo manera», lamenta años después.

Entre tanto, pasó un lustro como párroco de Arquillos. Su historia de compromiso social continúo en el campo. Se hizo jornalero y se marchó a recoger aceituna. Otra vez asumía la vida humilde y contactaba de lleno con la gente. Al igual que en las anteriores ocasiones, encontró oposición, pero su cabezonería le permitió entrar en un tajo, con la condición de no tener ningún tipo de privilegio sobre el resto, es decir, «ser uno más».

Juanjo sintió en sus carnes la dureza del campo, pero también la injusticia. Por aquel año, los temporeros estaban cobrando por debajo de lo que marcaba el convenio, así que no se le ocurrió otra cosa que empapelar el pueblo con el Boletín Oficial del Estado (BOE) que recogía la tabla salarial. Eso le costó una buena reprimenda de sus superiores eclesiásticos y del propio gobernador civil de Jaén, además de la correspondiente denuncia. Pero también sirvió para que sus compañeros de fatigas en las olivas percibieran lo que se merecían por la ley.

Iglesia de la Inmaculada Concepción de Arquillos.

Su popularidad en Arquillos fue ganando enteros. Los vecinos querían que comiera en sus casas. Cada día acudía a una, lo que le provocó más de un dolor de tripa porque cada mujer cocinaba de una manera. Ante esta situación, alguien le dijo que se quedara en una sola para, de este modo, evitar esos problemas. Él eligió la de Lola y Santi, un matrimonio que posteriormente se mudó a Linares y con los que lleva conviviendo, como uno más de la familia, desde hace varias décadas.

Este sacerdote crítico con los poderes nunca ha estado vinculado a corriente política alguna. Su única filosofía de vida es «ayudar a los que más lo necesitan» independientemente de quién sea o a qué estatus pertenezca. Eso sí, siempre tuvo claro que los pobres debían ocupar los primeros bancos de sus parroquias, tal y como hizo en las fiestas de El Porrosillo -pedanía de Arquillos- en las que dejó sin silla reservada al alcalde por llegar tarde.

Fue en Arrayanes donde ofició su ejercicio como párroco en toda la extensión. Más de 23 años en los que logró avances importantísimos de integración de los marginados y, sobre todo, los drogadictos, a los que dedicó muchas horas para tratar de sacarlos del pozo.

Juan comenzó en esta populosa barriada de Linares sin templo. Las misas las oficiaba en un aula del colegio, y se implicó tanto en su misión pastoral que adaptó los libros de catequesis para que los niños de la zona pudieran entender con suma claridad el mensaje de Cristo. En este punto, involucró a los jóvenes, a las madres y a los padres como catequistas. «Quienes mejor que ellos para transmitir la palabra de Dios», asegura.

Parroquia de Arrayanes.

Otro de sus hitos en Arrayanes fue la construcción de la parroquia de San Sebastián. Convocó a los hombres del barrio que tenían un oficio para organizarlos por gremios y empezar de este modo a levantar el templo. En su creación participaron albañiles, fontaneros, electricistas, encofradores, herreros, jardineros y, por supuesto, Juanjo, quien de nuevo era «uno más» de la cuadrilla. El Obispado solo les aportó el proyecto y el terreno, el resto se lo ganaron con el sudor de su frente. «Me gustaría destacar la solidaridad de tantos hombres, mujeres y niños que dieron su tiempo y su trabajo generosamente para que el templo parroquial fuera la casa de todos», recalca.

La iglesia se convirtió en punto de encuentro de creyentes y no creyentes. Juanjo más allá de ser el cura de la barriada era un amigo. Transformó el templo en un centro de acogida para toxicómanos a los que ayudaba en su intento de salir de las drogas. «No todos los lograron, muchos se quedaron en el camino», desliza en la conversación con El Observador. Su labor social de la parroquia en el barrio incluyó cientos de actividades educativas, culturales y religiosas que los residentes -grandes y pequeñois- abrazaban con entusiasmo.

Por aquellos tiempos, sus aventuras eran más que conocidas en la Diócesis y en el Arciprestazgo de Linares. No le ponían reparos, aunque el impacto de sus obras y su manera poco ortodoxa de ejercer no convencían del todo a otros compañeros.

Este ‘misionero urbano’ compaginaba su labor como cura con la de profesor de Religión en el instituto Cástulo, primero, y, después, en el Huarte de San Juan hasta su jubilación. Y también vendió libros de la editorial Everest.

Una de las máximas de Juanjo es que «sobran curas en las sacristías y faltan en la calle», tal y como ha reconocido el Papa Francisco, con el que este sacerdote linarense de adopción coincide en muchos de sus predicamentos. No así con la Curia que sigue alejada de la realidad de la calle y temen perder los privilegios.

En su largo caminar, Juanjo no ha perdido ni un ápice de honestidad, honradez y cercanía. «Nunca cobre por una boda, por una comunión, un entierro o una misa. Ese dinero no me pertenecía», sentencia.

A sus 76 años, se siente agradecido a Dios y, sobre todo, a las personas que han luchado a su lado por cambiar las cosas, entre los que siempre han estado los menos favorecidos de la sociedad. «Mi único deseo era crear una comunidad cristiana con grandes valores», subraya.

Pasado el tiempo, no quiere olvidarse del Grupo de Cáritas con el que atendió las necesidades de tantas familias, así como el apoyo y la ayuda que recibió para prestar la atención que se merecían los presos y los drogadictos de Arrayanes, barrio en el que fue «muy feliz». En tiempos de descreimiento, Juanjo es un ejemplo a seguir como persona.

Fotos: Javier Esturillo

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    • Juanjo es simplemente unico. Tuve el placer de estar en la parrokia san sebastian muchos años. Catequesis, coros, tda la iglesia llena de niños, campamentos.. Una gran familia. Ahora todo eso ha desaparecido.

  1. Yo tuve el placer y la suerte de conocerlo y el artículo se queda corto en elogios. Es un predicador más de Jesucristo. Un trozo más del corazón de Jesus

  2. El mejor padre en arrayanes lo queremos mucho X su ejemplo y sabiduría, los mejores recuerdos y momentos vividos catequistas ,ñiñ@s y campamentos ,vivíamos la fé jugando ,cantando , rezando que tiempos más bonitos no hay quien no tenga una buena palabra para el a bautizado a todas nuestras familias comunión boda los hijos de los hijos es un buen hombre se le quiere mucho

  3. Cuanta alegría me da saber de él más que un cura era un amigo me dio la comunión a mí y a mí hermano un hombre humilde honrado simpático que supo ganarse nuestro respeto y nuestro cariño siempre que necesitaba algo ahí estábamos y nos involucraba en sus ideas muchos como el hacen falta

  4. En Arquillos lo recordamos como una buena persona. Se juntaba con personas no allegadas a la iglesia con el fin de mostrarles a Cristo a través de su manera de ser. Dios lo bendiga y le recompense todo lo que se merece.

  5. Me dio clases en el Castulo! Es de las pocas personas que te dejan huella!para mi es como debe ser un cura, como se entiende la religion, de cerca, es un ser humano increible! Ojala hubiese muchos como el! Todo mi cariño y respeto, un ejemplo de vida que no olvidamos! Gracias por todo Juanjo, por tu gran corazon.

  6. Para mí Juanjo es un enorme ser humano, una persona comprometida, un cura (afortunadamente) distinto, como el padre Llanos, como Diamantino, cerca de los pobres y amando a los poderosos desde la crítica a su poder. Yo, desde mi ateísmo, siento un profundo respeto, agradecimiento y cariño hacia Juanjo.
    Y, por cierto, en el ecabezamuet aparece la palabra «reaccionario»: será un error, ¿no?

  7. Para mi Juanjo es un ser humano inmejorables, un párroco entregado a sus ferigreses . En el año 1990 oficio nuestra boda, en 1992 bautizo a nuestra primera hija, sencillamente una persona sencilla, amable, cariñoso, y sobre todo con un gran corazón.

  8. Juanjo era una gran sacerdote, una gran persona, se desvivia por ayudar a la gente. Yo viví en arrayanes mucho tiempo y la iglesia de alli la empezó de la nada y construyó una gran iglesia. Era amigo de todo el mundo, llevó muchos proyectos a cabo, ayudó a mucha gente a salir de las drogas, gente pobre…..es de admirar esta persona

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