«No sé por qué razón mi carrera deportiva ha pasado desapercibida en Linares»

Honesta, directa y clara. Así es Mayte Checa Jimeno (Linares, 1977), la mejor baloncestista linarense de todos los tiempos. Llega puntual a La Rosaleda, en la Plaza de Santa Margarita. Va armada de una de esas sonrisas amplias y sinceras capaces de abrir casi cualquier puerta, lo que unido a sus 185 centímetros, hace que su presencia llame aún más la atención al respetable.

A Mayte Checa nunca le gustaron las entrevistas. Le cuesta soltarse. Su pasión por el deporte se convierte en atisbo de vergüenza y su paciencia se desvanece cuando se trata de hablar de sí misma, a pesar de que la suya es una historia lucha, sacrificio y sueños cumplidos que merece ser contada.

Si se cruzaran con ella por la calle no lo reconocerían, pero en su casa cuelgan camisetas de algunos de los mejores clubes de baloncesto de España, además de una medalla de bronce de los Juegos del Mediterráneo de Almería 2005 con la selección española, sin citar la larga lista de trofeos y títulos ganados a lo largo de sus 21 años de carrera deportiva que se frenó a los 33 cuando su cabeza dijo basta.

En esta conversación desnudamos al ser humano, a la amiga, a la mujer, a la mejor deportista de Linares de la historia. La epopeya de una buena persona.

¿Qué es de Mayte Checa?

—Ahora mismo me encuentro en un momento muy tranquilo en el que dedico mi tiempo a mi hijo de cinco años y a seguir formándome. Mi vida es muy normal y vinculada mañana, día y noche a mi pequeño.

¿Y por dónde anda el balón?

(Risas) Pues si le digo la verdad no lo sé. Está aparcadísimo.

¿Ni si quiera para unos tiros libres o una pachanga?

—Nada. Eso no quiere decir que no practique deporte. Por ejemplo, salgo a correr, pero nada de baloncesto.

¿Le costó mucho dejar el baloncesto profesional?

—Ciertamente, no. Físicamente me encontraba bien para seguir unos años más, pero la cabeza me decía lo contrario. Era el momento de dejarlo y dedicarle el tiempo a otras cosas, como mi familia, de la que perdí muchas cosas por el baloncesto. Quería recuperar todo aquello que apreciaba.

Se retiró muy joven.

—Sí, la verdad es que solo tenía 33 años, y, como le he dicho antes, podía haber alargado un poco más mi carrera porque siempre me cuide y físicamente estaba para seguir jugando. Fueron 21 años de profesional.

¿Cómo llega al deporte de la canasta?

—Pues, como cualquier niño o niña, en el cole. Empecé muy pequeñita en el San Joaquín. Cada día me fue gustando más y más hasta que alguien me vio maneras y me llevó a otro equipo. A partir de ese momento, se convirtió en una forma de vida hasta ahora.

¿Cuándo se dio cuenta de que se podía ganar la vida con el baloncesto?

—Una vez dentro de este mundo vas progresando y te vas dando cuenta de que tienes posibilidades de llegar lejos. No hubo un día en concreto. Más bien fue con el paso del tiempo, con las primeras convocatorias con la selección andaluza. Conforme iba creciendo, pasaba de categorías hasta que debuté con el sénior. Tenía un enganche total.

Recuerda su primer sueldo como profesional.

—La cantidad exacta no se la recuerdo, no era mucho, pero sé que fue cuando estaba en Zaragoza. Antes no era como ahora, que las jugadoras cotizan en la Seguridad Social y tienen, más o menos, todo en regla. En mis primeros años, lo que te daban era una beca deportiva, a pesar de que era un trabajo porque le dedicábamos muchas horas de entrenamiento. Siempre tenías que echar mano de la familia para completar los gastos. Cuando me marché de Linares al Cajalón Zaragoza, solo tenía 15 años, imagínese.

En Zaragoza comenzó a despuntar y ganarse un lugar de privilegio en la Liga Femenina.

—Allí empezó todo. Debuté en la Liga Femenina siendo júnior. Luego jugué en Europa y de Zaragoza me marché a Navarra. Posteriormente, regresé a casa (CB Santana) en División de Honor y de aquí pasé por otros muchos equipos, como el FC Barcelona, el Perfumerías Avenida, el Extrugasa, el Cadi Seu D’Urgell, de nuevo el Basket Zaragoza, el Hondarribia…

Y, entre tanto, llegan las primeras convocatorias con la selección española.

—Así es. Lo más bonito de mi carrera lo viví en los Juegos del Mediterráneo. Estaba en un momento de forma tremendo. Todo me salía bien hasta que me lesioné de la rodilla. En cualquier caso, los recuerdos son maravillosos.

¿Cuál el recuerdo más negativo?

—Los años en Linares fueron de los mejores de mi carrera, no así mi salida del club. No se me valoró ni se me tuvo en cuenta como se debería. Fue un palo muy duro. Pasé unos meses muy malos. Después de tantos años de dejarme la piel en la pista, el trato que recibí no fue justo.

¿Tan duro fue?

—Sí, fue muy duro porque las formas no fueron las mejores. Al margen de esto, no he tenido suerte en Linares. No reprocho nada a nadie. El tiempo lo cura todo y es agua pasada. Bien es cierto, que, a pesar de mis éxitos y mi trayectoria, no se me ha valorado como creo que debería. No pongo un pero a la afición que siempre me animó y me ayudó. Por lo que respecta a otras cosas, quizá tenga una espina clavada.

Pocas deportistas de esta ciudad han llegado tan lejos como yo y a un nivel tan alto y, sin embargo, pues he pasado desapercibida y no he visto reconocidos esos años de trabajo y sacrificio por el baloncesto.

¿Cuál era su fortaleza como jugadora?

—La polivalencia de poder jugar en varios puestos, el rebote y la anotación.

¿Y su mayor debilidad?

—Muchas veces mi cabeza. Me faltó ser algo más dura en algunos momentos.

¿Quizá le faltó creérselo más?

—Quizá me falló la autoestima. Es complicado estar al máximo nivel siempre. Lo más difícil, como se suele decir, es mantenerse y conseguir los objetivos año tras año.

¿Cree que se repetirá la generación de oro del baloncesto femenino linarense?

—No lo tengo muy claro, la verdad. Ahora mismo hay gente muy buena que comienza a despuntar, pero los tiempos han cambiado mucho. Tenemos a Pablo Sánchez que pienso que nos va a dar muchas alegrías y va a estar en la élite mucho tiempo.

De sus tiempos felices en el CB Santana, ¿con qué se queda?

—Con el grupo que formamos. Al final éramos como una familia más allá de las canchas. Me quedó con las amistades que hice y con la afición. Era impresionante ver cada partido el Julián Jiménez lleno de público. Era difícil ver algo así en la Liga Femenina.

Curiosamente, el baloncesto femenino era capaz, como dice, de llenar el pabellón.

—Echas la vista atrás y alucinas con aquello. No había pabellones en España con tanto público, salvo Salamanca, y hablamos de una capital.

¿Cómo ve el deporte femenino?

—Ha crecido una barbaridad en los últimos tiempos. Muchas de las jugadoras que estuvieron conmigo son las que más han luchado por lograr derechos para las que están ahora. Ellas han hecho posible que se reconozca el baloncesto femenino y que las jugadoras de hoy en día coticen y tengan contratos. Antes, estábamos vendidas.

Fueron pioneras en la lucha por la igualdad.

—La verdad es que sí. Estábamos a años luz del masculino y, poco a poco, como mucha lucha se ha conseguido acortar las distancias, aunque todavía queda muchísimo por hacer.

¿Qué tenía Amaya Valdemoro para llegar a leyenda del baloncesto femenino español?

—Además de jugar de maravilla, mucho carácter y genio en la pista. Eso le ayudaba mucho a superar los obstáculos. Eso sí, no la aguantaba nadie (ríe). He tenido la suerte de compartir vestuario con ella en Salamanca y en la selección y de enfrentarme a ella en numerosas ocasiones. Era un hueso muy duro de roer.

¿Qué jugadora de Linares cree que pudo llegar más lejos?

—Ha habido muchas, pero me quedo con Alegría Carrasco.

Hábleme de sus lesiones.

—Llegaron en los peores momentos, cuando mejor me encontraba. Dos veces me rompí las rodillas. Aunque nunca pensé en retirarme por ello, lo pasé realmente mal.

Ha sido una luchadora nata toda su vida.

—He luchado por todo aquello que quería. He sacrificado muchas cosas por hacer realidad mis sueños.

El Ayuntamiento le concedió el pasado año el premio por su carrera deportiva, pero ¿dónde está el galardón?

—Pues no lo sé. Tres días antes de que nos confinaran se suspendió la gala y ahí quedó todo. La verdad es que me sorprendió y le estoy muy agradecida al concejal de Deportes por acordarse de mí. Me dio mucha alegría. Espero que algún día pueda recogerlo.

Le queda un partido de homenaje.

(Risas) Hombre sería bonito. A quién no le gusta volver al pabellón donde tantos días fue feliz. Es algo que no depende de mí. Si lo hacen, pues allí estaré. Como le he dicho, no le guardo rencor a nadie. El tiempo lo ha curado todo.

Fotos: Javier Esturillo y cedidas

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  1. Palomares más bajo que su persona!!! Ella está por encima de sus logros!!! Daba gusto verla jugar, incluso contra equipos masculinos!!! Eso es lo que me gusta de su personalidad

  2. Gran entrevista Javi
    Es bueno recordar personas así y darle el lugar que se debería de haber dado en la ciudad por parte de todos,pero siempre se dice que nadie es profeta en su tierra y tristemente así es
    Linares han tenido siempre una alta fuga de cerebros en todos los sentidos y creo que también ha sido debido a la débil situación económica/social de la ciudad
    Lo único que sé es que los linarenses a pesar de los años de exilio nunca hemos olvidado nuestra tierra.

  3. Con Maite se cumple aquello de que «nadie es profeta/profetisa en su tierra», cuando en realidad es una persona entrañable y una jugadora excepcional que ha paseado el nombre de su ciudad por toda España. Por supuesto que se merece un gran homenaje!

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