Mi héroe

Llevo un año viéndole a diario, cuando no es en el telediario es al conectarme a Internet. Su flequillo aplastadito hacia un lado, sus gafas de pasta, su traje encorbatado, sus maneras pausadas, esa sensación de ser alguien a quien las circunstancias obligan a superar una invencible y encantadora timidez.

¡Ah! Pero no nos equivoquemos. Hace un mes escaso, Clark Kent se vio confrontado a un nuevo reto y como titán entre titanes se abrió la pechera de la camisa y acudió presto a la llamada del deber, Misión: Salvar Cataluña. Salvador, qué nombre de pila tan apropiado.

Y es que no me digan que sus logros no son dignos de un superhombre: cuando yo estaba aprendiendo aún a contar con los dedos, él se sacó una licenciatura en Filosofía en cinco cómodos añitos y de ahí debió de pensar -y no le quito razón- qué mejor manera de conocer en profundidad la naturaleza del ser humano, de ahondar en moral y ética, de descubrir la sustancia misma del bien y el mal que meterse en política, y así, nuestro joven niño prodigio del Vallés se convirtió en concejal y posteriormente en alcalde de un municipio de diez mil habitantes.

Ese amor suyo por la sabiduría (philos – sophia) le condujo inexorablemente a afiliarse al Partido de los Socialistas de Cataluña y ¡hop! le surgió ser nombrado director general del Departamento de Justicia de la Generalidad, sin que el carnet colorado tuviera más utilidad que la de abanicarse, no vayan ustedes a ser malpensados y asociar ideas que no son.

Algo pasó -lo que fue lo ignoro- que de ahí pasó a director general de una productora audiovisual, pero se ve que showbizz no era mucho lo suyo y a los nueve meses pariose para él un puestecico en el Ayuntamiento de Barcelona que le permitía simultáneamente llevar la coordinación del grupo socialista municipal. De Tales de Mileto a Jean Paul Sartre no se había visto semejante despliegue de talento.

En eso estaba que iba él de peregrino cuando, hace cuatro o cinco años, un señor majísimo de apellido Iceta, le cogió de la mano. Igual les suena porque ha sido nombrado ministro esta misma semana. Qué cosas -¿eh?- el mundo es un pañuelo.

El caso es que a partir de ahí su propulsión superó al mismísimo Yuri Gagarin que en gloria esté y nuestro protagonista convirtiéndose en Ministro de Sanidad en enero de 2020. Por la puerta grande, vamos.

Ay, pero tras la puerta se escondía el malvado, la némesis de cualquier superhéroe; éste era invisible y estaba dispuesto a arrasar el globo terráqueo. Quizá pensando que todos tenemos superpoderes como él, porque si lo cortés no quita lo valiente, lo heroico tampoco lo inocente, nos tuvo un par de meses diciendo ora que las mascarillas eran innecesarias, ora que eran incluso contraproducentes…

Total que un pifostio monumental pero al final venció al virus, de tal manera que este catorce de febrero los enamorados positivos no podrán abandonar momentáneamente su cuarentena obligatoria para mirar a los ojos a sus amadas pero sí podrán acudir a las urnas en horario de leprosería para hacer realidad el clamor ¡President! ¡President! ante vocales de mesas electorales entre los que se encontrarán mayores de sesenta años y otra población de riesgo por decisión de la Junta Electoral, que también ha rechazado excluirles y es que estamos en un momento de la historia en que no se puede discriminar a nadie, que se nos enfada la niña y luego dice «jo, tía».

El «Factor Illa», como se le ha denominado desde La Moncloa, es tan poderoso que ninguna criptonita puede frenar su ascenso a la cumbre del Montjuic. Necesitamos héroes como él. Ojalá viniera un salvador a presidir nuestra Junta de Andalucía. Aunque… quién sabe. ¿Se imaginan?

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