Método científico

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¿Qué ha sido ese sonido? El vello se eriza, la espina dorsal se yergue, la adrenalina se inyecta, el cuerpo se prepara para una huida o un ataque. El miedo es una emoción primaria, lo sienten hasta los peces. Sí, hasta las moscas tiene emociones.

No lo digo, yo, lo dice la ciencia y en particular el interesante trabajo del neurocientífico Antonio Damasio, a quien descubrí hace unos días dando clase de francés. Qué cosas.

Según el ilustre portugués, es emoción aquello que suscita una reacción química en el cuerpo, una respuesta físicamente observable ya sea por medición de ondas cerebrales, análisis hormonal del torrente sanguíneo, dilatación de pupilas o el menos sofisticado método de constatar – para que nos entendamos – el baile de San Vito en la pierna izquierda. Por este mismo orden de ideas, las emociones se clasificarían en

  • primarias: comunes a todo ser que posea el mas básico sistema nervioso – conste que lo resumo como buenamente puedo-, miedo, ira, asco, sorpresa, felicidad
  • de fondo: comunes al humano y mamíferos superiores, lo que viene a ser “el estado de ánimo” (bien, mal, nervioso, triste)
  • sociales: vergüenza, envidia, simpatía, admiración, orgullo, culpabilidad, sólo observables en el mismo grupo de seres vivos que las anteriores.

Si, a pesar de lo farragoso, habéis llegado hasta aquí, no os perdáis lo que sigue: esta corriente científica afirma que emoción y sentimiento son cosas completamente distintas.

De hecho, la emoción se convierte en sentimiento cuando nos es posible identificar sus causas y sus efectos.

Dicho de otra manera, el sentimiento es la idea de la emoción, su representación, su reconocimiento consciente, su imagen mental inscrita en una historia, con un pasado y un futuro. Esto es lo que nos caracterizaría a los humanos, la percepción del “yo” inscrito en la propia vivencia, bla bla bla. Oye, pues qué interesante, nunca lo había pensado, voy a investigar un poco esto. Y entonces me encuentro con Lisa.

Lisa Feldman Barrett, doctora neurocientífica de las emociones en las universidades de Toronto, Waterloo, Pennsylvania, Boston, en el Hospital general de Massachusetts, una página en Wikipedia con un listado de menciones de honor como para atreverse a rechistarle.

Bueno, pues resulta que Lisa ha estudiado – sabemos que concienzudamente- que existe una imagen mental inscrita en la historia y en la sociedad de lo que se siente cuando se siente la emoción “amor”: lo de siempre; mariposas en el estómago, sensación de fiebre, descontrol corporal… y va Lisa y cuenta: «En una ocasión conocí a un joven que no me atraía pero que me había invitado a salir varias veces. Finalmente accedí, tuve la cita y cuando regresé a mi casa sentía el pulso acelerado, me sentía afiebrada y pensé: «yo creo que este joven me interesa más de lo que pensaba, me siento así porque me impactó su presencia, quizá es amor». «Horas después resultó que lo que tenía era un problema estomacal por algo que comí en la cena». 

De neurocientífica tengo lo mismo que de cosmonauta, sería intelectualmente deshonesto atreverme siquiera a cuestionarme PERO VAMOS A VER, Lisa, hija mía.

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