Llevarás luto por mí

Saint-Sulpice, Suiza, finales de enero del 2011. El ingeniero Mathias Schepp recoge a sus hijas gemelas Alessia y Livia de seis años de edad en el domicilio de la madre, la abogado Irina Lucidi, quien había pedido la separación.

Ella no volvería a verlas, tal y como le aseguró el padre en una carta que llegaría días más tarde. Se sabe que desde Marsella subieron a un ferry hacia Córcega del que las niñas no desembarcaron y que tres días después él se tiró bajo un tren en Apulia, la región que hace de tacón a la bota italiana.

Recuerdo con nitidez la conmoción con la que seguí la noticia y el escalofrío que me sacudió cuando sosteniendo en brazos a mi hija de apenas un año escuché el comentario despreocupado mirándome a los ojos diciendo que él lo entendía perfectamente. Al ingeniero.

«No puedo vivir sin ti». Los románticos sabemos cuánto nos gusta esta frase, perfecta en la forma abstracta, aterradora en su fondo de literalidad.

Ignoro cuál, incluso si alguna de las profusas teorías que intentan explicar este fenómeno llegan siquiera a rozar su superficie. Me pregunto en qué momento los mecanismos del ¿amor? -no dudo que si los asesinos pudieran ser preguntados usarían ese término- trasforman al humano en monstruo. El sueño de la razón, dijo Goya y puede que no anduviera desencaminado.

Sin embargo la psique no enferma, eso dicen, tan sólo se pudre el corazón bajo el moho del sentimiento de derrota, de despecho y de venganza. Me pregunto en qué momento los mecanismos del odio envenenan de engrudo negro los conductos, latido tras latido.

Orgullo y resentimiento, apuntamos desde columnas y platós cuales Austen del siglo XXI quienes -afortunadamente, como la inmensa mayoría- ignoramos todo de lo inconcebible.

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