Linares se reencuentra con su Cristo de la Buena Muerte y la Madre de la Consolación

Por fin llegaba el tan deseado Miércoles Santo, tres años de espera para poder de nuevo encontrarnos con El y con Ella. Años difíciles de poder asimilar, de poder olvidar, pero la tarde noche de ayer fue especial, muy especial para todos pero sobre todo para los hermanos de Los Estudiantes, de la Hermandad de las Siete Palabras Santísimo Cristo de la Buena Muerte, Nuestra Señora de la Consolación y Santa María Magdalena.

Bajaba por Tetuán y al final de la calle se dejaba ver un cielo oscuro, de nube, de agua. Y así era en los primeros pasos de la Banda de Cabecera de la Hermandad, las gotas arreciaban, haciendo que la incertidumbre se apropiase de los sentimientos. Un nudo en la garganta por que las cornetas y Tambores del Rosario de Baeza ya se oían al fondo lo que significaba que ese último suspiro de Álvarez Duarte convertido en Sagrada talla de amor y devoción estaba en la calle, los «Estudiantes» iniciaban su estación de Penitencia, tras la renovación del Juramento ante el Crucificado de San José, esta vez realizado por el CEIP Santa Ana. Las dudas aparecían pero tras una decisión difícil pero acertada, la Hermandad continúa su caminar lleno de dificultades con motivo de nubes intermitentes que dejaban instantes de preocupación y desasosiego, de lágrimas en los ojos de los Nazarenos, de Manoli, su Vice Hermana Mayor, de los costaleros y costaleras.

Pero a pesar de todo, nadie dejaba su puesto, todos en su lugar de la Estación de Penitencia con las ganas de seguir, de avanzar, de que hubiese en Linares Miércoles Santo y así se cumplió. Nuestras calles se llenaron de Buena Muerte y Consolación de Nazarenos de negro, cardenal y azul, de rosa roja de pasión y muerte a los Pies del Señor, de candelería iluminando el bello y Divino rostro de la Señora de la Consolación a la que mas de uno ayer nos agarrábamos a su manto como el niño a la mano de su madre.

Si me preguntan con que me quedaría de la tarde de ayer, la respuesta sería fácil, con todo, porque cada instante era para dejarlo en la memoria del corazón guardado, pero si dejaría un hueco muy especial para las dos «pedazo» y permítanme la expresión, cuadrillas de almas llenas de amor que portaban al rachear de zapatillas al Señor y la Señora. La del Cristo con seguridad, confianza y fuerza, la del Palio con mimo, sentimiento y Fe como sólo ellas saben hacerlo, las costaleras de la Consolación que al son de las marchas de Alfredo Martos, mecieron como en el mismo cielo a la Reina del Miércoles Santo, dejando estampas como la que dibujaron a la entrada de la Plaza de San Francisco deteniendo el tiempo al compás de Mayor Dolor, para dejarnos, tras saludar al Santísimo una «levantá» a pulso que ponía el corazón en un puño a todos los que pudimos ser testigos de ella.

Yanguas Mesías, Pontón y Rosario, donde el cielo no pudo resistir y rompió en un mar de lágrimas en forma de lluvia que obligaba a dar paso a la trasera y poner todas las fuerzas que el cuerpo puede tener para proteger en la carpa instalada en el Ayuntamiento al Santísimo Cristo de la Buena Muerte, quedando el paso de Palio en calle Rosario, sin poder llegar a refugio alguno, sólo arropado por sus hermanos nazarenos a los que no importó para nada el agua y su trasera musical de Alfredo Martos, así como también un Linares que o quiso dejar sola a la Hermandad, brindándole todo su calor y ánimo.

Y todo llega a su fin, afortunadamente sin tener que lamentar nada más allá que el nerviosismo y la preocupación, El Santísimo Cristo de la Buena Muerte arria su paso en la capilla al son del Himno Nacional y la Madre y Señora, suspiro del Miércoles Santo, aliento de costaleras, con la marcha Albaicín, deja unas calles de Linares repletas de Semana Santa, de Miércoles Santo, de amor y Consolación.

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