Leitmotiv y esperanza

Es algo común a cada principio de año. No parece que haya otra forma de darle la bienvenida que no sea con una mezcolanza de euforia, felicitaciones, de parabienes y de esa subespecie de arrebatos de voluntad que son los Propósitos de Año Nuevo, tantas veces tan lejos de nuestra constancia y capacidad que parecen flotar detenidos en el limbo de lo eternamente pospuesto y lo continuamente retomado.

Al recién nacido, a este 2021, le asoma bajo el brazo el pan de unos buenos augurios administrados a jeringazos. Nos llega con la promesa química de una o varias fórmulas magistrales que nos saquen de este túnel pandémico y sombrío, del que damos por seguro que por muy largo que sea desembocará por fin en un escenario de fulgores y salud universales.

Precisamente este ambiente de buenos deseos y esperanzas contrasta con las declaraciones recientes del director del programa de emergencias de la OMS, el doctor Mike Ryan, quien advierte de la llegada de otra pandemia aún peor debido a la mutación del virus. Algo similar señaló el profesor David Heymann, presidente del grupo asesor estratégico y técnico de la OMS sobre peligros infecciosos, al decir que «El virus mutará», y «el destino del SARS-CoV-2 es volverse endémico», a pesar de las campañas de vacunación.

Mucho más desconcertantes son las palabras de la jefa del grupo científico de la OMS, la doctora Soumya Swaminathan. Según la científica india «Las vacunas no nos librarán del distanciamiento social o del uso de las mascarillas», a lo que añadió que no existe evidencia de que las vacunas sean seguras para evitar los contagios y que los vacunados puedan transmitir la infección.

Es de suponer que la coincidencia con la recién iniciada campaña de vacunación haga poco aconsejable la divulgación de estas declaraciones. Tendrían un efecto tragicómico, pero ahí están –o como se suele decir: quien avisa no es traidor–. Las vacunas servirán como mucho –que no sería poco– para reducir la tasa de mortalidad, pero no para salir de esta «nueva normalidad», cada día menos nueva y ya menos anormal debido al paso del tiempo, que será quien nos revele hacia dónde vamos.

Entre todo esto, y por razón de la desconfianza que genera lo que está ocurriendo, resulta llamativa esta repentina fe en la ciencia, expresada hoy en cualquier parte y en toda ocasión. Es la ciencia vista a través del prisma oficial –y por esa prensa y pensamiento oficialista–, que la concibe como una actividad profesada poco menos que por ángeles, así como recluida en un vacío hermético en el que sólo cabe lo mejor del ser humano.

¿De verdad es lo que imagina la gente al representarse la labor de un científico? ¿A un tipo en el sótano de su mansión, en el subterráneo de su castillo, pegado a un microscopio, rodeado de probetas, y movido exclusivamente por el afán de conocimiento personal y por amor al progreso y al bien común?

Lejos de esta visión decimonónica más propia de un Víctor Frankenstein o un doctor Jekyll –¡vaya dos!–, la ciencia, hoy día, supone tales costes que su desarrollo es únicamente posible gracias a la financiación de las grandes corporaciones, los gobiernos, organismos internacionales –en el caso particular de las vacunas contamos con algún que otro filántropo entusiasta, promotor de esa misma eugenesia estandarte del nazismo–, y todos y cada uno con sus intereses particulares, políticos y económicos, susceptibles de colisionar con la independencia personal de los hombres de ciencia.

Lo que atañe a esta perspectiva es algo que va mucho más allá de la actual coyuntura. Es, en cierto modo, nuestra visión del ser humano, a la sazón más que distorsionada, como si el paso de la historia reciente y su repercusión en la filosofía hubiera sido en vano. Porque en Europa partimos de aquel XVIII, aquel Siglo de las Luces, en el que razón y progreso eran valores absolutos, dogmas incuestionables de una religión laica, a lo que se añadió, en el XIX, los frutos del progreso técnico y científico, y en la centuria siguiente nos dimos de bruces con dos guerras mundiales en las que por mucho que nos pese la huella del progreso científico es más que evidente.

Vimos la ciencia aplicada a la reclusión y exterminio de prisioneros en el gulag soviético y en el campo de exterminio nazi, vimos el avance técnico en el armamento –especialmente en aquellas infames bombas atómicas tiradas sobre dos ciudades japonesas–, y vimos también cómo la ciencia podía servir como soporte de aquellos entramados de crímenes y disparates –sin ir más lejos la antropología, la frenología, el racismo científico sirvió de envoltorio teórico al nazismo–.

De aquel empacho de Razón se llegó al Irracionalismo, al Existencialismo, al Nihilismo –a la voluntad sobre la razón, la imposibilidad del conocimiento o la nulidad de todo, incluso de cualquier principio moral–, como si la historia reciente pudiera resumirse en aquel aguafuerte de los Caprichos de Goya: «El sueño de la razón produce monstruos».

Y como si nada hubiera ocurrido, aquí seguimos, en pie, sostenidos por una fe inquebrantable en las bondades humanas en cualquier cosa que hagamos. Quizá sea así porque nuestra ingenuidad llegue a ser credulidad, papanatismo, o por simple ignorancia. O quizá porque nuestra respuesta es en cierto modo interesada.

No podemos vivir sin esperanza, por muy ilusoria que sea. No, nadie acepta que el tiempo y la existencia puedan estar a merced de fuerzas diluyentes, de un mero vaivén del caos a lo incomprensible. Incluso los que no creen en nada conciben al menos su vida como un relato estructurado, con alguna consistencia y un propósito, aunque sea puro sentimentalismo.

La esperanza es como una melodía recurrente, un leitmotiv que retorna en la voz de cada uno, y se une a la de todos en el canto polifónico que entona toda sociedad en cualquier momento histórico. Para bien o para mal somos así. Recemos, pues, para que la batuta no llegue a las manos de los demonios. Porque de otra forma no sé si notaríamos la naturaleza extraña de la partitura.

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