La plaga bíblica

No hace muchos días –el cinco de este mismo mes, fiesta local y día de la Virgen de Linarejos, nuestra patrona–, me hallaba paseando por las tórridas calles de Linares. Caminaba con un pariente tan próximo como lo pueda ser mi propio hermano.

Debían de ser las ocho y medía, cosa así, cuando decidimos que era el momento de beber algo refrescante. Entramos, pues, a un céntrico pub de nuestra bendita ciudad y pedimos dos cervezas. Fue entonces cuando nos sucedió algo que sólo puedo calificar como chocante: una vez servidos, el camarero se acercó a nosotros con una libreta y nos pidió nuestros datos.

Yo, particularmente, me quedé estupefacto, aunque todo se solventó cuando nos dijo que aquel trámite sólo era necesario en el interior del local, por lo que finalmente acabamos en la terraza. Nada que objetar entonces, amén de que el hombre nos dijo, intuyo que a modo de disculpa, que «…con estas cosas nos hacen parecer policías».

Resulta ocioso, creo, aclarar la causa que subyace en todo esto. Está omnipresente. Aunque tampoco he podido, especialmente desde entonces, evitar hacer algunas consideraciones sobre el asunto.

Lo primero que pensé –o que sentí, pues esto se ha convertido en algo que rebosa del recipiente meramente racional–, es que la pandemia es en cierto modo superior a nuestras fuerzas.

En mi artículo del 24 de mayo para El Observador titulado «Mayo y la sombra de la incertidumbre», ya hablé del fin del estado de alarma y de la reactivación de algunas actividades en que el protagonismo recae especialmente sobre un sector de la población que no había recibido vacunación hasta el momento. Me refería a turismo, hostelería y al ocio nocturno de un modo más concreto. Como no quise ser cenizo ni agorero dejé escrito que el verano sería quien dictara sentencia. Pues bien, ¿cuál ha sido ésta?

Ahora mismo, mitad de agosto, un total de 382 municipios repartidos entre Andalucía, Aragón, Cataluña, Cantabria, Valencia y Navarra se hallan afectados otra vez por el toque de queda. Es decir, se estima que unos 10 millones de españoles están bajo nuevas restricciones debido a la pandemia, que nos está arrinconando nuevamente con otra variante, la Delta, dueña y señora de la quinta ola –¡sí, la quinta ya!– del SARS Cov-2. Y todo esto a pesar de una vacunación masiva que, con la pauta completa, abarca ya a más del 62% de la población.

En definitiva, aparte de haber reducido sensiblemente la mortalidad –y no es precisamente poca cosa, entiéndase–, la vacunación, a día de hoy, no está cumpliendo ni de lejos la función prometida de salvoconducto hacia lo que ha sido la vida hasta antes del 2020, la normalidad, un objetivo al que la mayoría de la sociedad parece haber renunciado por cansancio o por inconsciencia, o porque simple y llanamente se nos va antojando una situación utópica a la que ya no se vislumbra un retorno.

Y si tal estado de cosas puede parecernos grave, no podemos decir menos de ciertos aspectos que han venido desarrollándose con motivo de la pandemia, y por cuya naturaleza, poco clara, gran parte de la sociedad tiende a aceptarlos como un mal menor o necesario.

Se trata de un proceso que, a despecho de lo que podamos pensar o sentir, sigue un impulso fijo y en una única dirección: socavar los cimientos de nuestra convivencia. De no hallarse tan anestesiada la población española, habría dado para iniciar un gran debate: el del equilibrio entre libertad y seguridad en una sociedad democrática. Aunque poco debate parece posible cuando el proceso antedicho sólo conoce una vía, la de la imposición.

Con esto me refiero a medidas como el pasaporte Covid, que supone la obligatoriedad de facto de lo que nuestro ordenamiento jurídico reconoce como voluntario: la vacunación. ¿Cómo es esto?, me dirán. Pues consiste en algo tan sencillo como ir estrechando el cerco a los no vacunados, a los que se les podrá limitar sus movimientos por el territorio o imposibilitar la entrada a un restaurante, a un estadio de fútbol, etc.

Y esto, que de por sí ya supone en gran medida la muerte civil del no vacunado, tiene visos de irse ampliando hasta afectar al ámbito de las relaciones laborales –no podemos descartar que en un futuro más que próximo las empresas puedan exigir certificados de vacunación–. La cuestión queda de este modo: jeringazo o vivir como un apestado.

Quizá haya gente a la que no le importe, pero al menos deberíamos preguntarnos cómo se ha llegado a este punto. Una mortalidad por coronavirus más propia de un país en vías de desarrollo –tercermundista–, que televisiones y otros medios han aprovechado para destilar el pánico y la histeria en la sociedad; pero también, y sobre todo, con la criminalización de los que han cuestionado la inercia de todo el proceso pandémico.

Ni siquiera me refiero a los “negacionistas”; no hace falta ejemplos tan pintorescos. Todo aquel que ha señalado el recorte de libertades que estamos padeciendo ha sido sepultado con cifras de fallecidos o con el sambenito de insolidario o de ser un peligro para la salud comunitaria.

Sin embargo, a estos mismos que se muestran tan prestos para señalar, les debe resultar normal que a un camarero se le atribuyan las funciones que corresponden a la policía en cuanto a la identificación de otras personas; o que este mismo camarero, o recepcionista, o agente de seguridad privada o incluso policía, nos reclame información sobre un tratamiento médico, puesto que la vacunación no es otra cosa que eso, algo a lo que sólo un médico puede tener acceso. ¿Dónde quedó la privacidad y la protección de nuestros datos?

Es verdad que no hay una libertad real sin seguridad. Pero es igualmente cierto que habiendo miedo e inseguridad estamos dispuestos a sacrificar parte de nuestra libertad a cambio de una solución.

Esto, señores, es lo que estamos viendo no solo en España. También, y de este mismo modo tan acentuado, sucede en los países de nuestro entorno. Enfermedad, depresión, empobrecimiento, pero también una inercia misteriosa compartida por muchos países, se va perfilando en nuestro horizonte con un estandarte tan nebuloso como innecesario: la desaparición paulatina de la libertad.

Todo depende de la capacidad de un pueblo o una nación para dejarse humillar. Al menos en Francia, puesta en pie contra la implantación del pasaporte Covid, ha sonado el despertador de la dignidad. ¡Suerte, vecinos!

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