«La meta del Festival Cine No Visto es ser un referente internacional»

Rocío García Pérez es natural de Málaga, pero por motivos laborales aterrizó hace algo más de un lustro en Linares. Y ese día fue una bendición, porque, junto con su marido, Juan José Patón, comenzó a ingeniar iniciativas y proyectos que han puesto a la ciudad en el mapa de la mundo audiovisual a través de Menos es Más Producciones y, por supuesto, el Festival Independiente Cine No Visto.

Es una mujer hecha a sí misma, de gustos sencillos y con una fluidez de ideas asombrosa. Feminista convencida, recibe a El Observador con ganas de charlar de cualquier tema, aunque sea el séptimo arte el que centre la conversación. Habla con una generosidad y honestidad brutal, algo que, en los tiempos que corren, se agradece.

Nada más sentarse a la mesa, me clava los ojos como si fueran los dos faros de un coche. Logro aguantar la mirada 0,6 segundos para luego apartarla y posarla en el café que tengo cerca. Porque Rocío tiene una mirada que hipnotiza.

Cuenta las cosas —su historia— con el pulso preciso de quien ha estado de este lado y sabe cómo narrar para enganchar. Una habilidad preciosa y preciada si la vida pega un giro y acabas donde a lo mejor no soñaste de pequeño. Hoy en día, es una de las principales artífices del éxito de gestión y público de este singular proyecto que se llama Cine No Visto, de lo cual le estaré eternamente agradecido.

¿Le exige mucho a la vida?

(Duda por unos segundos) A la vida hay que exigirle pequeños pasos, pero sólidos. Lo bueno es ir creciendo poco a poco.

¿Cómo surge su atracción por el cine?

—Siempre he tenido una necesidad de contar historias. Empecé la carrera porque quería ser guionista, pero estando en ella comencé a probar diferentes ramas, a conocer a gente, hacer cursos de maquillaje, efectos especiales, edición… Ya en segundo me decanté por la asignatura de Iluminación y fue ahí donde me di cuenta de que quería contar historias a través de las luces. Después de acabar la carrera, hice de técnico de iluminación en Coín, donde se grababa ‘Arrayán’ y luego me marché a Madrid. Allí hice un Máster de Fotografía. Al final, la vida me ha llevado al mundo audiovisual por la necesidad, como le he dicho, de contar historias.

¿Alguien le advirtió de que el camino que había elegido estaba repleto de obstáculos?

—Con esas palabras no, pero si me ofrecieron la posibilidad de que estudiara Derecho. Pero tenía claros mis deseos y, por suerte, he contado siempre con el apoyo de la familia. También es verdad de que mi tío es músico y compositor y, aunque sea de otro mundo diferente al cine, comprende perfectamente la vida de la gente que nos dedicamos a esto.

Por lo tanto, era consciente de que su vida laboral no sería nada sencilla.

—Sí, lo sabía. Es cierto que hubo una época, con el boom de las cadenas y las plataformas digitales, que parecía que todo iba a ser maravilloso y no tendría problemas en encontrar trabajo. Pero vino la crisis y se fue todo al garete. Hice el camino de regreso a Málaga desde Madrid.

Su mundo, además, es un continuo reciclaje. No se puede quedar atrás en cuanto a conocimientos.

—Así es, porque la tecnología cambia de un día para otro, y no puedes quedarte en fuera de juego. Tienes que renovarte continuamente. Cuando empecé a estudiar utilizábamos cámaras que, hoy en día, ni se plantean.

Su amiga Verónica Cervilla me dijo un día que no existe el guion perfecto. ¿Piensa usted lo mismo?

—Pienso igual que ella, que el guion perfecto no existe. Puede que estructuralmente sea muy bueno o roce la perfección, pero es que hablamos de historias y las historias son tan subjetivas que es imposible gustar a todo el mundo. Es decir, a mí me puede encantar una película y usted la puede odiar. No existe el guion perfecto porque todos somos diferentes.

¿Qué es el cine independiente?

—Es la manera de llamar al cine de bajo presupuesto, que cuesta más sacarlo porque no llega al circuito comercial. Para mí, tiene mucho valor porque normalmente está realizado por gente que necesita de verdad hacer cine, sin buscar fines económicos.

No será usted una ‘snob’ del cine.

—Ni mucho menos. No soy elitista a la hora de ver una película. Es cierto que el cine independiente suele tocar temas más sociales, porque entiendo que es más barato que rodar algo fantástico, que necesita de más medidos y más producción.

¿Ha visto Torrente?

—Sí (suelta una sonrisa).

¿Eso es cine?

—Claro, y a la gente le gusta. Otra cosa es que haya envejecido bien o mal.

Ha sido una de las más taquilleras de la historia. Esto quiere decir que el público, al final, demanda este tipo de cine en España.

—Bueno el cine evoluciona con las nuevas generaciones. Quizá aquí el proceso sea algo más lento. Hasta que no venga una generación que quiera cambiar esta tendencia, pues será el género o las películas que vea la gente.

¿Cómo ve el cine que se produce en Andalucía o en el resto del Estado?

—Se apuesta muchísimo por la comedia y creo que no funciona. En cambio, el género de terror tiene cada vez más demanda entre el público y en las salas de cine. Sin embargo, hay muy poquitas producciones andaluzas y españolas de este género. Por suerte o por desgracia, se sigue apostando por la comedia.

¿Cuál es la película que menos le ha gustado?

—Ufff, qué pregunta. Es que veo tanto cine y tan malo que al final me llega a gustar (risas). ‘The Room’ -cinta de 2003 de Tommy Wiseau- es tan mala que me encanta. Me pongo en su piel y entiendo lo duro que es cualquier rodaje. La última mala, mala que ni acabe de ver es ‘Reminiscencia’ (2021), de Lisa Joy. Fue horrible y mire que iba con muchas ganas porque la directora y guionista es de la serie ‘Westworld’ y sale Hugh Jackman, que me encanta como actor, pero es que es malísima. Por muy bien que grabes, si el guion es malo, suelen salir películas infumables.

¿La industria del cine español sobreviviría sin ayudas públicas?

—Ahora mismo no, porque no tenemos una industria cinematográfica sólida. Dependemos mucho de las subvenciones para poder llegar a rodar una película. En Andalucía, estamos apostando algo más, pero se trata de producciones de bajo presupuesto. Al final, como le he dicho, dependemos demasiado de las ayudas.

¿Un director novel se tiene que ‘prostituir’ para sacar adelante su proyecto?

—El principal problema es que te escuchen. Una vez que has conseguido esto, puedes llegar a un acuerdo y plasmar lo que quieres. Lo que pasa es que cuesta muchísimo llegar. Como dato, apuntarle que la media de edad de directores noveles está en 46 años. Me parece una barbaridad. El problema es cómo llegas a tu primera película.

¿El corto es la mejor opción para empezar a rodar?

—Las nuevas tecnologías han facilitado mucho las cosas. Antes, a los festivales llegaban, por poner una cifra, mil cortos, ahora son dos mil. Hay muchísima gente que hace cortos y de ahí que sea aún más complicado llamar la atención.

¿Qué siente cuando se pone detrás de la cámara?

—Me olvido del mundo. Mi mente y mis sentidos están puestos en el objetivo. Pienso en los actores, en la luz…

¿Sueña con Hollywood?

—Quién no. Cualquiera que se dedique al cine sueña con ello. Sigue siendo la industria por excelencia, sin menospreciar, obviamente, el cine francés, que me encanta por el colorido que meten en sus películas, o el británico. Pero, al final, donde se cuece todo es al otro lado del charco.

Hablemos del Festival Cine No Visto. ¿Cómo surge?

—Nosotros (Menos es Más Producciones) hacemos cine independiente y veíamos que no había ningún festival en el que encajara nuestro producto. A la gente le gustaba lo que hacíamos, pero no tenía oportunidad ver más producciones.

A Juan José Patón se le ocurrió la idea de crear un circuito en el que hubiera un espacio para poder ver obras de corte independiente que, por regla general, son de directores noveles. Queríamos, al fin y al cabo, abrir una ventana a toda esa gente.

El primer año solo fue un fin de semana, con tres películas, y, poquito a poco, hemos ido creciendo hasta celebrar diez días de festival. Además, tanto cortos como largos, algo que teníamos claro desde el principio.

Esta edición han batido todos los registros.

—Estamos muy contentos porque hemos recibido 400 obras, que es una barbaridad para lo chiquititos que somos.

¿Quién es su público?

—En Linares el problema que tenemos es que estamos poco acostumbrados a ver cine diferente. Pero también es verdad de que cada vez viene más gente y, sobre todo jóvenes con mentes inquietas que quieren ver cosas diferentes. En todo esto, nos ayudó mucho Cineptos, porque nos enganchó a un público que se ha hecho adicto al cine independiente.

Otra de las cosas por las que destaca Cine No Visto es por las actividades paralelas.

—Es muy importante y, cada año, metemos cosas nuevas. Además, estamos hermanados con otros festivales de México y de Argentina, que nos ayudan mucho a la promoción, porque nuestro logo y el nombre de Linares está en otros países.

El festival también sirve para llevar el cine a las escuelas y celebrar todo tipo de charlas, talleres, exposiciones o conciertos relacionados con nuestro mundo.

Las sinergias entre festivales veo que es muy importante.

—Lo es porque nos necesitamos los unos a los otros. Crecemos en paralelo, que se vaya escuchando el nombre. Nos pasó en el Festival de Cine de Málaga, donde vamos como industria, y es un orgullo escuchar que el nombre de nuestro festival. Eso quiere decir que algo estaremos haciendo bien.

Lo curioso, desde mi punto de vista, es que lo valoran más fuera que dentro.

—Así es. De hecho, aquí hay gente que todavía se sorprende de que haya un festival de cine. Lo importante, en cualquier caso, es que Cine No Visto empieza a tener peso entre los cineastas. Por desgracia, aquí sigue pasando desapercibido.

¿Cuál es el techo de Cine No Visto?

—No tiene techo y llegará tan alto como nos dejen. La idea es seguir creciendo. Ningún festival se hace de un año para otro. Tienen su maduración en el tiempo. Todo es poco a poco y aprendiendo mucho de los errores y de las cosas que funcionan. La meta de Cine No Visto es ser un referente internacional. El tiempo dirá cuánto tardamos en conseguirlo, y dependerá mucho de los apoyos que nos vayamos encontrando en el camino.

¿Qué sensaciones le ha dejado la sexta edición?

—Creo que ha sido clave. Desde la organización nos marcamos la meta de cinco años para probar si de verdad la idea de Cine No Visto podría o no funcionar. Al quinto año nos encontramos con el Covid, así que no podíamos tener unos datos reales. Por eso volvimos a apostar y lo hemos apostado todo. Y la verdad, estamos muy contestos con los resultados.

Hemos llenado salas, hemos acercado cineastas y caras conocidas a los linarenses. Hemos trabajado con los jóvenes desde los centros, educando en valores, a través del audiovisual con distintas actividades. Hemos hablado de la situación que las mujeres aún nos encontramos en el mundo cinematográfico. Hemos llorado y reído con las historias que nos han llegado, pero, lo más importante, al menos para mí, que hemos podido compartir sueños con todos los asistentes, premiados, invitados o espectadores.

Si echo la vista a tras, puedo ver todo lo que Cine No Visto ha crecido, y queremos seguir haciéndolo. Ahora vuelve a tocar llamar a las puertas.

Fotos: Pedro Jesús Ibáñez

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  1. Llevo años asistiendo a dicho festival. Este año ha crecido y ha mejorado.
    He visto casi todos los largos y varios cortos.
    Darle las gracias por hacerme feliz una semana y pedirle que sigan haciendo el festival.
    Gracias, muchas gracias.
    Me ha gustado mucho los debates con directores y actores

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