«La gestión del modelo cultural y musical de Linares está cambiando para bien»

Esteban Ocaña Molina (Linares, 1975) es un tipo bonachón, con el que resulta fácil entablar una conversación y bromear hasta que las carcajadas impiden dar un sorbo más al café. Es uno de los intérpretes más importantes y respetados de la provincia, pero destaca también por su labor docente en el Conservatorio Profesional Andrés Segovia, donde, junto con un grupo de profesores, ha abierto de par en par las ventanas del centro para que entre aire fresco en un alarde de sentido común.

Por si fuera poco, acaba de ser nombrado director del Festival Internacional de Música y Danza Ciudad de Úbeda. Un cargo que asume por el fallecimiento de Diego Martínez con la responsabilidad de mantener su legado y engrandecer, al mismo tiempo, esta cita de tanto prestigio.

Llamado a rebotear y marcar los tiempos debajo de los tableros, su dedicación al mundo de la música lo alejo de las canchas de baloncesto, que, de vez en cuando añora, aunque sin sentimiento de pena.

Huye de cualquier tipo de reconocimiento que no se centre en lo tangible de su trabajo. Su vocación, de hecho, responde a algo mucho más sencillo y cotidiano, como lo es su generosa forma de estar en la tierra. Vive por y para el piano, un instrumento que lo acompaña desde que era niño, y siente una devoción descomunal por Astor Piazzolla, el compositor argentino que revolucionó la forma de entender el tango.

Apasionado de la familia, el deporte, las motos, la naturaleza, y su ciudad natal, hemos conversado con Esteban Ocaña para conocer más en profundidad a la persona y al músico.

¿Cómo lleva el nuevo año?

—Han empezado con muchísima ilusión por los cambios profesionales tan importantes a los que me enfrento en 2021. Por desgracia, uno de ellos se produce después de la pérdida irreparable de Diego Martínez como director del Festival Internacional de Música y Danza Ciudad de Úbeda. Tomo el relevo con una enorme responsabilidad porque supone un orgullo tremendo que hayan confiado en alguien de fuera para pilotar el buque insignia de la ciudad, tal y como lo describió la alcaldesa. Pero no solo de Úbeda, sino de Andalucía, de España e incluso de Europa. Como comprenderá es un subidón de energía tremendo que me ayuda muchísimo para asumir un proyecto de tal calibre en las circunstancias en las que nos encontramos debido, entre otras cosas, a la pandemia del coronavirus y a la limitación de aforos.

¿Da vértigo ponerse a los mandos de un festival con ese prestigio?

—Más que vértigo, respeto. Tengo mucha experiencia en gestión cultural, y el haber estado estos últimos años al lado de Diego Martínez me da mucha seguridad. Conozco su forma de trabajar y sé perfectamente los valores que él ha dejado. Obviamente me causa respeto porque, en estos momentos, resulta complicado diseñar cualquier programación con el tema del Covid.

Nadie duda de la importancia de Diego Martínez en el mundo cultural de Úbeda, Granada o Jaén, por citar solo algunas ciudades en las que ha trabajado. Y que deja un profundo vacío. Sin embargo, la vida sigue e imagino que usted querrá imprimir su propio sello en el festival.

—Es lógico y, más aún, en alguien con un perfil tan definido como el mío. Soy músico en activo, gestor académico y con carga pedagógica, por lo que está claro que todo ello lo iré aplicando de forma natural al festival. Comenzamos con el patrón de Diego Martínez, que es muy sólido, pero tanto Amigos de la Música de Úbeda -asociación que impulsa el festival- como el área de Cultura del Ayuntamiento y yo aportaremos una frescura nueva siempre con el respeto y la devoción que profesamos a Diego Martínez. El mensaje que quiero transmitir, en este sentido, es que mi llegada mantendrá la base y la línea de trabajo de Diego, pero proporcionará otra impronta que se irá viendo con el paso del tiempo.

Me puede avanzar algo de esto último que ha dicho para la próxima edición.

—Pues, por ejemplo, algo que ya estaba diseñado con Diego Martínez, pero que tendrá claramente mi sello, como es el evento más importante que se celebre en Europa dedicado a la figura de Astor Piazzolla con motivo del centenario del nacimiento. Un compositor que está vinculado a mi vida artística durante los últimos diez años.

También tendré especial sensibilidad con el colectivo de músicos y trabajadores de la cultura que tienen hijos y pagan hipotecas y por culpa de la pandemia han visto reducidos sus ingresos por la cancelación de las actuaciones. Lo percibo en compañeros muy directos que lo están pasando realmente mal. Quiero dotar al festival de cercanía y humanidad con este sector. Un gestor debe pensar en el público, en llenar una sala, pero también debe salvaguardar  ese tejido que mantiene la industria de la cultura. Creo que haríamos una gran labor.

Volviendo a Piazzolla. ¿Qué fue lo que le sedujo de este compositor argentino?

—Puso patas arriba el tango y revolucionó la música clásica del pasado siglo. También ha revolucionado mi vida artística porque su música llega e impacta desde el primer momento. Es una combinación de ternura, pasión, tristeza, positivismo… Siempre con el tango como telón de fondo.

Desde mi punto de vista, el tango es el género musical por excelencia en el mundo. Esa sensualidad nos envuelve a todos los que nos hemos acercado a esa música y a la figura de Piazzolla. Sus composiciones nos han permitido llevarlas más allá de Latinoamérica para que se conozcan en otros países del mundo. Bien es cierto que por su origen latino su música es más fácil de transmitir a un español que, por ejemplo, un coreano, pero Piazzolla es universal.

¿Hay algún compositor español que se asemeje a Piazzolla?

—Podemos encontrar un cierto paralelismo con lo que hizo Manuel de Falla por la música popular, que la dignificó y la llevó a los grandes escenarios. La convirtió en música seria. Falla no fue un género concreto, como Piazzolla el tango, pero supo poner en valor el concepto de la música popular española hasta llevarlo a la excelencia. Falla consiguió que el mundo clásico, erudito y elitista valorase nuestra música.

Y a todo esto, usted iba para figura del baloncesto.

(Suelta una carcajada) No era para tanto. Ahora, si hubiera medido unos centímetros más, quién sabe (vuelve a sonreír).

¿Al menos mantiene la afición?

—Por supuesto. Aunque mi padre me quitó del baloncesto de un día para otro, eso no se pierde. La verdad es que no podía seguir porque los balonazos y las lesiones no eran compatibles con el piano. Con la perspectiva del tiempo, fue una decisión muy acertada porque me he ganado la vida muy bien desde muy joven. Lo dejé con 17 años, pero le cuento un secreto: he seguido jugando de manera furtiva. Recuerdo escaparme con los amigos al colegio Salesianos para jugar unas pachangas.

Linares es musicalmente hablando una pasada, pero quizá no se valore lo suficiente o esa es mi sensación.

—Así es. Tenemos una lista interminable de grandes intérpretes y una afición enorme a la música. Baste como ejemplo las bandas de la Semana Santa o el propio Conservatorio Profesional. Sin embargo, creo que lo que falla es que no está ordenada o, dicho de otro modo, no ha habido gestión. Si no hay alguien que marque el horizonte y genere una política de expansión, difícilmente se pueden obtener logros.

Lo primero que debemos saber es con qué contamos, qué tipo de público tenemos y hacia dónde queremos dirigir nuestros pasos. Es necesario que todos aunemos esfuerzos y luchemos por un bien común. Estamos en un sector nada corporativista en el que cada uno hace la guerra por su cuenta. Los que toman las decisiones deben del olvidarse del corto plazo y centrarse en un proyecto más amplio y ambicioso. Por desgracia, en Linares no solo ocurre con la música, sino con otros muchos sectores.

Quizá esta ciudad es mucho de uso y costumbre…

—Para ser justos, ahora puedo decir que el alcalde y la concejal de Cultura están preguntando a las personas adecuadas. Y hay una intención muy clara desde las mesas de participación de cambiar las cosas. Podemos afirmar de que estamos en el camino correcto. La gestión del modelo cultural y musical de la ciudad está cambiando para bien.

La cultura no puede ser más la ‘maría’ de la acción política. Los responsables deben asesorarse de gestores culturales que sepan de lo que va todo esto. El problema que hasta ahora había más gastadores de dinero público que gestores. De un tiempo a esta parte, nos hemos dado cuenta de que no basta con gastar, sino con gestionar muy bien el dinero invertido. La cultura no es gratis.

Linares cuenta con importantes eventos culturales, pero hace falta ordenarlos y gestionarlos para que sean atractivos para el público. Todo ello pasa por una buena gestión de los recursos y, sobre todo, el profundo conocimiento de lo que tenemos.

Usted ha cambiado por completo el Conservatorio Profesional de Música Andrés Segovia. ¿Cuál es el secreto de su éxito?

—La gestión. Mi principal objetivo cuando llegué al cargo de director fue darle una nueva dimensión al centro para convertirlo en una seña de identidad de su entorno. El centro siente que debe hacer un servicio público a la sociedad que le rodea y esta sea consciente de que tiene un pilar cultural moderno y lleno de grandes profesionales que puede llegar a ser un motor cultural y económico de la ciudad. Todo lo que se deriva de esta reflexión es evolución. Estamos en una situación que nos obliga reiventarnos para que la sociedad valore nuestra enseñanza.

¿Qué otros objetivos tiene para el centro?

—Como usted sabe, el Conservatorio carece de un auditorio, aunque está proyectado. Sin embargo, estamos en un momento en el que las autoridades están muy sensibilizadas con la música y la cultura en general, por lo que estamos dando pasos importantes para corregir este problema. De hecho, ya le puedo anunciar de que se va a construir un auditorio al aire libre cuyas obras comenzarán en primavera. La infraestructura que compartimos con el Palacio de Zambrana se adecuará para disponer de esta instalación para desarrollar actividad artística como se merece la ciudad y el centro.

En cuanto al aspecto académico, ¿qué me puede avanzar?

—Hemos conseguido que un niño de ocho años pueda estudiar guitarra flamenca en nuestro conservatorio. Un reto que era muy importante para nosotros y que hemos cubierto. Por lo demás, estamos bastante bien, hay que ser justos. Disponemos de un gran centro y le puedo asegurar de que contamos con las mejores infraestructuras de la provincia.

¿De dónde saca tanta energía y pasión para llevar tantas cosas por delante?

—Básicamente la pasión por mi profesión. Todo lo que rodea mi carrera está envuelto de arte y de cultura. Pocos oficios hay en los que estés tan en contacto con cosas tan bonitas. Al final, mi trabajo desemboca en un concierto o en la audición de un alumno, que te produce una enorme satisfacción. Como le he dicho, todo confluye en arte.

Otro de los aspectos que me aportan esa energía que necesito es contar con un equipo de trabajo de brillantes profesionales, que son, incluso, mejores que yo. Para que la gestión sea eficiente y dé resultados, es importantísimo rodearse de gente que sepa de verdad y si es posible más que tú.

Hábleme del ego de los intérpretes

—No olvide que el éxito se mide en un escenario y este está asociado al ego. Es necesario e incluso es bueno porque te hace fuerte. Detrás de cada actuación hay mucho trabajo y todos queremos ser los mejores. El problema viene a la hora de manejar el ego. Si vas con él a todas partes, más allá del escenario, pues sinceramente estás muerto. Hay que utilizarlo en su justa medida y en el momento adecuado porque el público ha pagado por ver un buen espectáculo.

¿Cuál es el peor escenario en el que ha actuado?

—Lle puedo decir que lo pasé muy mal en León, donde actúe para una sola persona. No hay público malo. Solo que en algunos sitios son más fríos, y eso lo sabemos todos. No es lo mismo tocar en España o en Italia que en Francia, en Alemania o en Montevideo, donde encontramos mucha calidez. Los públicos calientes suelen aplaudir antes de que acabes la actuación. Los más fríos, como el de Viena, deja un espacio entre el final de la pieza y el inicio de los aplausos. Por suerte, la música de Piazzolla llega tanto que de inmediato conectas con el público.

¿Hay algún compositor que se le haya atragantado en su carrera?

—Tanto como eso, no. Lo que hay estilos que cuestan más o son pocos afines a mi personalidad, más asociada a la música romántica. Sin embargo, el piano es un instrumento que te permite abarcar todos los estilos.

¿Tocaría jazz?

—Por supuesto, me encanta. Lo que ocurre es que los intérpretes clásicos estamos enfrentados con el jazz que representa libertad. Somos esclavos de la partitura.

¿Dígame un grupo o un cantante que le gusta, pero es inconfesable?

(Risas) Le puedo dar varios nombres, y todos confesables. Me gusta mucho Marc Anthony y Luis Miguel.

Fotos: Javier Esturillo

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