La educación exige emociones

En los últimos 20 años, con la revolución tecnológica, entramos en una sociedad que poco tiene que ver con la anterior. Nunca hemos vivido cambios tan rápidos, cambios que nos generan muchos retos y uno de ellos es la reestructuración del sistema educativo, hay que adaptarlo a este nuevo contexto de manera que se enseñe a los niños y niñas a ser emocionalmente inteligentes y, para ello, debemos empezar por nosotros, los adultos, padres, madres, docentes…

No podemos decirle a gritos a un niño que no grite, no podemos decirle que no se preocupen por tonterías cuando muchas veces nosotros mismos no somos capaces de evitarlo, o decirle que se calmen si no nos calmamos nosotros primero. ¿Cómo vamos a enseñarles algo que no sabemos hacer? ¿Cómo enseño a dividir si no sé dividir? Habrá que dotar de esas herramientas a los adultos para que puedan guiar a los pequeños ¿Quién lo hace?

Tenemos por delante una gran responsabilidad porque nuestros pequeños han nacido en una sociedad muy diferente a la nuestra y debemos prepararlos, ahora se accede mucho más fácilmente al conocimiento aunque también a la desinformación. Debemos guiarlos para que construyan un pensamiento crítico, que puedan evaluar, contrastar, entender esa información y aplicarla a la vida.

Nunca hemos tenido tanta capacidad para hacer tanto bien y tanto mal, debemos guiarlos para que sepan tomar decisiones responsables. Nos advierten de la importancia de la educación emocional para la vida pero… ¿Qué pasa con la educación emocional? ¿Por qué sólo educamos la mitad del cerebro de la persona? ¿Qué sociedad queremos en un futuro?

El problema es que el sistema no está pensado para incorporar el cerebro entero del niño, nuestro sistema educativo está pensado para trabajar el lado derecho, la mitad racional.

El neurocientífico Antonio Damasio afirma: «En la base de cada comportamiento hay una emoción», debemos entender que la razón y la emoción no están enfrentadas, sino que funcionan a la vez.

Por ejemplo, si quieres hacer bien tus deberes y tener buenas notas necesitas un cierto grado de autocontrol: tienes que ser capaz de planificar el aplazamiento de pequeños placeres y eso no se consigue aprendiendo matemáticas.

Si analizamos nuestra vida, nuestros momentos decisivos han estado marcados por experiencias de gran intensidad emocional, ya se ha demostrado científicamente que nuestras emociones son entrenables, de ahí que se hable de la plasticidad del cerebro.

¿Por qué no las entrenamos? Imaginemos una escuela donde, además de enseñar los tipos de textos o álgebra, enseñara a gestionar la tristeza, la alegría, el optimismo, a trabajar el autocontrol… estas emociones tienen un impacto brutal sobre la inteligencia, sobre la salud física; las emociones dejan huella psicológica y física, tus pensamientos hacen que tu estado de salud varíe, y, algo tan importante y básico como esto, ¿por qué no se trabaja igual que las demás áreas del curriculum?

Nuestra ley de educación vigente (LOMLOE 3/2020) establece que la finalidad de la Educación Primaria es facilitar a los alumnos y alumnas los aprendizajes de la expresión y comprensión oral, la lectura, la escritura, el cálculo, la adquisición de nociones básicas de la cultura y el hábito de convivencia, así como los de estudio y trabajo, el sentido artístico, la creatividad y la afectividad, con el fin de garantizar una formación integral que contribuya al pleno desarrollo de la personalidad de los alumnos y alumnas, y de prepararlos para cursar con aprovechamiento la Educación Secundaria Obligatoria.

Por lo tanto, se pretende la formación integral del niño, pero si nos vamos al plan de estudios, la educación emocional no suele aparecer como un aspecto formal igual que Lengua y Literatura, Matemáticas, Ciencias… el sistema se está quedando cojo y ahí queda una gran labor que debe estar por encima de otro tipos de intereses.

Estamos EDUCANDO, formando personas, y no quedando bien con los votantes y tomando decisiones según sople el viento, decisiones que tienen más en cuenta intereses políticos o partidistas que el resultado de investigaciones científicas, y si se tienen en cuenta, se interpretan en función de los intereses perseguidos en ese momento.

A pesar de esto, en los centros educativos sí hay educación emocional, y es gracias a los grandes profesionales de la educación, que saben lo que significa educar y todo lo que conlleva, los maestros, maestras, profesores y profesoras que en el día a día transmiten valores, educan emociones. Profesionales que deciden sacar tiempo en sus horarios para educar el cerebro completo y no sólo una mitad porque entienden que si queremos educar a un niño feliz y equilibrado es fundamental desarrollar el autoconocimiento emocional.

Gracias a ellos podemos ser optimistas, estamos por el buen camino pero aún queda mucho por recorrer.

Ana García Pérez
Ana García Pérez
Doctora en Ciencias de la Educación por la Universidad de Granada y maestra en el colegio Europa de Linares

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  1. Enhorabuena por este artículo. Me ha encantado que hayas mencionado a Antonio Damasio.
    Como decía Don Santiago Ramón y Cajal, «Todos , si nos lo proponemos, podemos ser escultores de nuestro cerebro».
    El problema es q la formación requerida no se facilita al profesorado. Yo he intentado encontrar financiación para formarme con empresas educativas no regladas y hasta ahora la respuestas eha sido NO. Lo q aprendo es gracias a mi auto financiación….q luego altruistamente la comparto con compis, alumnado y redes sociales
    Pienso q es muy necesario incluir en los centros educativos la PNL ( Programación Neurolingüística), el ENEAGRAMA y, por supuesto, el Mindfulness. Evitarían bullying, Empoderarían a los más débiles, ayudaría a encontrar la vocación y propósito de vida a nuestro alumnado ( IKIGAI)
    Ojalá se den cuenta en las Delegaciones de esa necesidad de formación de los docentes.

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