Homo stupor

In girum imus nocte et consumimur igni

Un hombre camina borracho por la calle. No está alcoholizado, acaba de dejar la casa de una diosa exquisita. Despiertos los sentidos, colmados los vacíos, lamidas las heridas, saluda y sonríe de forma casi beata; sus ojos ven pero no miran, aún siguen allí, reproduciendo en bucle escenas de olor a almizcle, dédalo de carne sagrada, consagrada por él. Va borracho de amor.

No tardará mucho en percatarse de que sus intentos de comunicación con la sacerdotisa son respondidos con la tibieza cordial de quien no corresponde para al poco sentir la laceración de la cordialidad incómoda de quien trata de hacerle saber que molesta.

Al fondo del vaso flotan dos hielos como dos átomos de desencuentro. Seca la barra con servilletas desechables. En una de ellas reza: «Para ti fui anécdota, para mí fuiste acontecimiento».

Así es la vida, esto carece de moraleja. Por las aceras, hombres y mujeres desfilan a diario sumidos en sus pensamientos, borracheras y soledades. Saludando y soñando o apretando el paso y digiriendo con frecuencia de días, semanas o meses alternos ya que por suerte o por desgracia, según el orden la alternancia, la rueda gira hasta el último momento. Giramos en la noche y el fuego nos consume.

O al menos eso deseamos: quién más y quien menos confía en la justicia divina, en el destino, en los testimonios de felices inseparables o en las frases de las servilletas de papel desechable. En cualquier caso, todo el mundo parece creer que estamos hechos de polvo de estrellas y que en algún momento de nuestra inestable existencia el Cosmos decide unir por fin lo que se pertenece recíprocamente tras una serie de disparates estrepitosos.

Ni los más pragmáticos escapan a la seductora idea de la comunión perfecta, aunque para disimular pretexten atribuirlo a la coincidencia o a la efectividad de recetas infalibles que básicamente podrían funcionar con el vecino del quinto como con cualquier ser humano que no esté gravemente perturbado.

El hombre atónito se recuperará más rápido de lo que él mismo es capaz de admitir en estos momentos de estupor. No sabemos a cuál de los dos equipos pertenece pero lo ha sentido. Y eso engancha: lo dicen la química, la filosofía, la biología, la metafísica, la psiquiatría y el sentido común.

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