Hombre cochino, cerdo humano

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De que estos días que vivimos pasarán al recuerdo como una crónica del disparate, hay más que suficientes pruebas. Y pruebas que, por lo común, descubrimos entre las noticias que la prensa va diseminando aquí y allá.

Hace sólo unos días leíamos que un grupo de científicos españoles comandados por Juan Carlos Izpisua revelaba al mundo, a través de la revista Cell, donde se publicaron los resultados, lo conseguido en unos experimentos que se iniciaron al menos en el 2019, fecha en la que se supo de tan controvertida empresa: la de mezclar células de mono y humano en un laboratorio.

En esto, que recuerda tanto a un juego fantástico, pues no en vano lo resultante se conoce en ciencia como quimeras –homenaje a aquellos monstruos variopintos de la mitología–; en esto, decíamos, se ha conseguido al parecer aquello que se perseguía: la creación de tres embriones, de hasta 10.000 células cada uno, de los que se dice que llegaron a crecer durante diecinueve días fuera del útero. Justo entonces, antes de que empezaran a desarrollar un sistema nervioso, el proceso de vida fue interrumpido.

Cualquiera que haya sido la conclusión, todo lo que rodea al experimento es motivo de controversia: desde el lugar en que se llevara a cabo, el Laboratorio de Investigación Biomédica de Primates de Yunnan, China, país al que normalmente se suele señalar por la relajación ética de sus laboratorios, hasta la apertura de una nueva posibilidad, la creación de un híbrido, un ser intermedio, pasando también por el caso hipotético de que las células humanas hubieran podido acabar integrándose en un órgano no deseado –neuronas humanas en el cerebro del primate, por ejemplo–, un escenario que según Izpisua se podría evitar si nuestra intención fuera la formación del tal híbrido.

Para cualquier persona que esté al tanto, aunque sea de manera remota, de la existencia de experimentos de esta clase, lo dicho por Izpisua, recalcando que el verdadero objetivo es la creación de quimeras de hombre y cerdo, es algo que debe sonarle familiar. Y es que, el que esta vez, esta mezcolanza alucinante haya tenido por objeto a un grupo de macacos, se debe a toda la distancia morfológica y evolutiva que hay entre nosotros y los simpáticos y regordetes jalufos, lo que fuerza, por el momento, a que recurramos a seres similares a nosotros, nuestros primos monitos, hasta tener mayor práctica en esto del popurrí genético.

Pero una vez que hayamos conseguido esta habilidad, su uso parece más que loable: evitar la escasez de órganos para uso médico, para lo cual, en un futuro indeterminado, aunque posible, existirían granjas cuyos cerditos visceralmente humanos surtirían de partes homologables con las nuestras, de modo que cualquier contingencia que requiriera de un trasplante quedaría resuelta.

El hecho, o la intención concreta de esta serie de experimentos que varias décadas atrás nos hubieran parecido una broma, es, como hemos dicho, más que loable. Aún así hay algo en todo este asunto que nos resulta cuanto menos desconcertante.

En efecto, cada época cuenta con un espíritu particular que como un motor anima todo lo que ocurre en ella, imprimiendo un sello, una forma concreta a lo que tal momento histórico produce. Pues bien, el espíritu de nuestros días se alza con un ademán rupturista frente a las limitaciones esenciales del ser humano. De ahí que desde hace ya bastantes años se iniciara una verdadera cruzada contra la enfermedad y contra cualquier merma física. Y en ello hemos recurrido al instrumento más poderoso y predominante que tenemos, la tecnología, dando a luz a ideas como la del Transhumanismo, movimiento filosófico que preconiza la simbiosis entre vida y tecnología.

Y no, no hablamos de una simple prótesis, sino de algo que supera ampliamente lo terapéutico: ampliación de la memoria cerebral mediante dispositivos, solapamiento de la mente con la Inteligencia Artificial, implantes biónicos para el perfeccionamiento de nuestros miembros, y toda una serie de innovaciones listas para trascender de lo humano al cyborg. Y no un cyborg cualquiera, sino forzosamente feliz, mediante el condicionamiento y bloqueo de pensamientos negativos, así hasta la eliminación del sufrimiento humano –ya para entonces ciberhumano–.

Sí, muy perfecto, y tan perfecto como desolador. Porque nuestro espíritu motor, perdiendo de vista lo humano, lo personal, nos ha llevado a un deslizamiento del concepto al objeto, de la enfermedad al enfermo, de modo que en aras de la eliminación del mal se llegue incluso a concebir la eliminación de quien lo padece –muerto el perro se acabó la rabia–. Es lo que subyace en leyes como la de eutanasia, anunciada para casos extremos y muy particulares.

De sus años de aplicación en los Países Bajos sabemos que, por la ambigüedad de las circunstancias, ha servido para aligerar el lastre de tener que cuidar ancianos o enfermos crónicos, o para, ¡por qué no!, acelerar el cobro de una herencia.

Somos nuestras limitaciones en gran medida, y sobre esta certeza recogida por el Humanismo Cristiano, la de que cualquier vida merece respeto, sea cual sea su condición: persona joven, vieja, sana, enferma, etc., hemos sustentado nuestra civilización. Hasta ahora, que, como vemos, nos hallamos en mitad de un golpe de timón perfectamente engrasado por la resolución de problemas esenciales. Muy loable, pero de buenas intenciones está empedrado el infierno. Y es que tras esta búsqueda de la perfección va asomando la deshumanización, primer peldaño del totalitarismo.

Aquí se cierra el circulo. Lo iniciamos con experimentos de hibridación de cerdo y humano, y lo concluimos con la deshumanización y el totalitarismo. Parece difícil no hacer mención aquí a la magnífica fábula de George Orwell, Rebelión en la Granja, en la que se narra el golpe de estado que los animales, comandados por dos cerdos, dan al granjero; luego viene la purga del cerdo disidente, necesaria para la implantación del nuevo paradigma, que no es otra cosa que el sometimiento del resto de animales a la dictadura del jamón. Tiene un final apoteósico: Napoleón, líder de los animales, invita a los hombres para mostrarles los logros de su sistema, mientras los demás hacen la siguiente comparación:

Sorprendidos, los animales pasaron sus ojos del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y de nuevo, del cerdo al hombre, pero ya no era posible diferenciar quién era uno y quién era otro. No era posible.

Y nuevamente, la visión de George Orwell nos parece envuelta en algo profético.

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