Himalaya

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Pues ya está, ya has llegado. Hasta donde te alcanza la mirada todas las demás cumbres de la cordillera, unas bonitas vistas de picos despreciados porque tu elección fue conquistar el Everest.

Ni siquiera te apetecía realmente acudir a aquella excursión de senderismo, pero eso fue mucho antes. Saliste por compromiso, sin ganas ni calzado adecuado; alguien insistió, estabas pasando una mala racha y respirar aire fresco no le ha hecho nunca mal a nadie.

El resto es historia: la montaña acudió a Mahoma y en cada hueco de tiempo libre se convirtió primero en pasatiempo, después en adicción, después en obsesión y por último en necesidad.

Llegar a la cima cuesta mucho esfuerzo, bastantes lesiones, desgarros, roturas, cansancios y rendiciones. Alguna vez te has sorprendido reproduciendo el último susurro de Tony Kurz suspendido en la cara norte del Eiger, «Ich kann nicht mehr», «no puedo más». No puedes más pero lo quieres, así que continúas.

La montaña es impasible a tu dolor, te ofrece todo lo que tiene siempre y cuando estés dispuesto a mantenerte aferrado, a sobrevivir al frío de sus noches silenciosas, a conseguir no volverte loco en su inmensidad de roca yerma que tan sólo permite ser penetrada por el viento que juega silbando, riéndose de ti, de tus dientes apretados y de tus ojos desorbitados ante tanta imposibilidad. Es lo máximo, cómo podría ser fácil, si quieres algo fácil sube a cualquier cerro de tu comarca y deja de quejarte.

Ya estás arriba, bravo. Puede incluso que en tu euforia pienses que lo has hecho tuyo.

Solo queda bajada, frente a ti el abismo.

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