«He llegado más lejos de lo que podía soñar»

Carlos Buendía Pérez nació en la calle Santiago, donde residió hasta los cuatro años que se mudó con su familia a la Avenida de Andalucía. Licenciado en Bellas Artes, nos citamos con él en el Pub Marqués 28, que su propietario, Carlos Fernández Arroyo, nos abre amablemente para que podamos entrevistar a uno de los ilustradores es uno de los ilustradores de moda españoles más cotizados del panorama actual. Su estilo irremediablemente andaluz ha encontrado una fusión perfecta con la alta costura que admira desde siempre.

Durante la conversación, no hay autorretratos ostentosos ni glorificaciones de sus éxitos. Más bien todo lo contrario. Carlos Buendía esquiva a toda costa el yo. Se ve como uno más dentro de un mundo tan competitivo como el que vivimos. Él va a la suya y se describe como una persona afable, sencilla, con un sentido del humor abrumador y amigo de sus amigos.

La profesionalidad le sale sola. Habla de la fama y del glamour con la transparencia humilde de quien jamás lo tuvo por castigo. Le gusta —se nota— desgranar detenidamente su pasión por la ciudad que le vio nacer en 1974. Curiosamente, solo una vez ha ganado el concurso del cartel anunciador de la Feria de San Agustín, y se ha presentado doce veces.

Hablamos de su carrera, de los de otros, de la vida a secas en un lugar que le trae muy buenos recuerdos.

¿Cómo quiere que me dirija a usted?

—Como director creativo.

¿No se siente un artista?

—No, artistas son otros.

Para usted, ¿quiénes lo son?

—Velázquez, Sorolla, Picasso… El resto somos una anécdota. Tengo trabajos personales, pero mi creatividad ha estado siempre al servicio de un cliente.

¿Cree, por lo tanto, que hay gente que se apropia de manera indebida de esa definición?

—Cualquier persona que se refiere a sí mismo como artista y habla de manera constante de su arte, me parece un poco pretencioso.

¿Qué es el arte?

(Piensa unos segundos antes de responder). Es complicado de explicar. Considero que arte es crear en cualquiera de sus disciplinas, pero que aporte algo y perdure. Es necesario que tenga un concepto en el espacio tiempo de la época. Por ejemplo, en el Renacimiento o el Barroco representaba el movimiento social, religioso o político de aquel momento.

No todo vale y no todo es arte. Por ejemplo, voy a un museo y sé lo que me gusta y lo que no, aunque lo perciba como arte porque se hizo con la intención de crear una pieza artística.

El arte es trabajar sin pretensión alguna, no para crearse un personaje y ser reconocido. A eso lo llamo postureo. Hay gente muy buena técnicamente, pero su trabajo está vacío de concepto. En mi opinión, la técnica es algo que está sobrevalorado porque hay gente que carece de ella pero transmite, te produce una sensación, algo.

¿Qué le dice entonces Arco (Feria de Arte Contemporáneo)?

—Llevo tiempo sin ir. Allí se expone arte, pero también hay mucha mentira porque, desde mi punto de pista, una pieza debe tener una base conceptual. Por eso, no me vale poner una silla en la mitad de la nada. Creo que el arte, en general, está devaluado. No veo a Velázquez hablando de él como un artista. Su obra y los años le han dado esa condición.

Ahora veo a mucha gente que quiere pasar a la posteridad muy rápido, sin un bagaje o una trayectoria que así lo atestigüe.

¿En el mundo arte hay mucho farsante?

—Se lo diría de otra manera: en el arte hay muy pocos artistas de verdad.

¿Cuándo surge su pasión por el diseño y la creatividad?

—Desde pequeño tengo una facilidad grande para dibujar. Sin embargo, conforme iba creciendo no lo veía como una salida profesional. Por eso, empecé a estudiar Electrónica Industrial hasta que mi padre me dijo que me fuera a estudiar Bellas Artes. Siempre he sido creativo, inquieto, sobre todo en el dibujo.

¿Guarda algún dibujo de su infancia?

—Por desgracia, no. Mi madre lo tira todo (sonríe).

¿Qué es lo primero que dibuja?

—Recuerdo la sensación del bolígrafo sobre el sillón de skay. Era maravillosa. También recuerdo mi madre regañándome y yo dibujando en la pared. En mis inicios, iba para grafitero.

¿El ego es el peor enemigo de un creativo o de un artista?

—El ego no es bueno para nadie. Creerte que eres mejor que otro es una gran equivocación. Si vas de sobrado, acabas relajándote. Creo que lo mejor es ser humilde.

¿En su caso no se le ha subido el éxito a la cabeza?

—Trato de que no sea así.

¿Mantiene sus amistades de siempre?

—Siempre me junto con la misma gente. Nos hemos matado varias veces (ríe), pero son mi gente, las personas en las que puedo confiar.

Cuando uno adquiere fama, tiende a mirar por encina del hombro.

—Es algo que no entiendo, aunque le puedo asegurar que no he visto a nadie que lo haga y me junto con gente famosísima. En mi caso no veo al personaje de la tele, sino a la persona.

También le digo que cuanto más mediocre, más insoportable. Cuanto más importante es la gente, por su méritos, más normal es.

¿Existe mucha mediocridad en Linares?

—(Suspira y piensa durante unos segundos) No lo veo de esa manera. Hay gente mediocre como en todos los sitios, pero no más.

¿Qué le despierta la ciudad cada vez que regresa?

—Me da pena, me produce un bajón, pero también es cierto que cuando vengo estoy con mi gente y me siento al cien por cien. No me gusta verla así porque he vivido momentos gloriosos en esta ciudad.

¿En qué pensó cuando realizó la campaña para el Ayuntamiento durante los meses más duros de la pandemia?

—Traté de representar, con mi forma de ser, el Linares que recuerdo y el que yo quiero. Una ciudad elegante, con vida. Quería crear algo exquisito, alejado por completo del pesimismo. Es la esencia del Linares que todos queremos, lleno de gente estupenda.

¿Cree que Linares tiene solución?

—Pienso que sí.

¿Cuál es?

—Ser creativos desde el charcutero al jardinero o a la clase política. No podemos atrancarnos en el pasado y pensar siempre en lo que fuimos y ya no somos. Santana ya pasó y no volverá. Hay que tirar por la creatividad, como esa mujer que con una pensión de 400 euros hace maravillas y es capaz de llegar a final de mes. Debemos ser positivos y creativos.

Ahora me quiero detener en algunos nombres que triunfan en el exterior y son poco valorados en su ciudad natal. Le hablo, por ejemplo, de Curro Coronel o Álvaro Salazar. ¿Por qué ocurre esto?

—No lo sé. En mi caso, he tardado mucho tiempo en recibir el reconocimiento de mis paisanos. Mientras que en Sevilla o en Madrid soy conocido desde hace tiempo, aquí me ha costado bastante. Quizá porque no nos conocen. Aquí solo es Belinchón -en referencia a Belin-. Siento decirlo, pero es así. Él vive aquí, tiene más contacto con la ciudad y le han dado más oportunidades que a otros. El suyo también es un mundo más visible. Creo que, al final, es puro desconocimiento o gente que conocía mis trabajos, pero no me identificaba con ellos.

Le hablaría de muchos más linarenses con un talento enorme que van más allá de Curro Coronel, Álvaro Salazar o Carlos Buendía. Hay mucha gente que lleva a gala a esta ciudad y no lo dice. Creo que nosotros ya estamos posicionados y es el momento de que se promocione a otra gente. No hace falta que nos regalen más el oído. Ahora es el momento de los que empiezan y buscan un hueco. Deben apostar por ellos, porque hay muchísima gente de Linares que necesita ese pequeño empujón.

En vez de hablar tanto de los que ya estamos, hay que darle promoción a esos que vienen detrás. Se lo merecen. Se puede llegar a lo más alto desde Linares.

¿Usted ha tocado techo?

—Quiero pensar que no, si bien he superado todas las expectativas. Me siento un privilegiado. He llegado más lejos de lo que podía soñar.

Estamos en el Marqués, ¿qué recuerdos le vienen a la cabeza?

—Recuerdo la tele con el karaoke y para dar por saco ponías las canciones siete veces. Pero, sobre todo, me recuerda a mis amigos y de pasarlo genial. Un buen rollo tremendo.

¿Cuándo viene que le gusta hacer?

—Salir con mis amigos y reírme todo lo que pueda. Me gusta ir a ‘Los Sentidos’. Por suerte, contamos con unos lugares para comer increíbles. Antes hablabas de Linares en Madrid y era solo Raphael, ahora lo asocian a sus cocineros y, en especial, a Juan Pablo Gámez.

¿Cómo es la vida en Madrid?

—Un poco caótica, pero maravillosa. Es la ciudad de mi vida. Allí todo es muy profesional.

¿Cuántas horas trabaja al día?

—Muchas.

¿No todo es fiesta y glamour?

—Para nada. Fiesta para mí es trabajo. Al principio, acudes a muchos sitios, pero para establecer contactos y relacionarte con gente. La noche en el mundo de la moda es trabajo, se lo aseguro. Necesitas que te vean.

¿Le gustaría volver a su tierra para formar a gente y dejar un legado?

—Es que no me veo capacitado. Como yo, hay miles. No trabajo para pasar a la posteridad ni salir en las enciclopedias. Es más, creo en la obra efímera.

Fotos: Désirée Vicente Díaz

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