Es la paradoja, amigo

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Otro episodio más de la generosidad, bondad, esa que raya con el “de bueno es tonto”, con la que las clases populares, no sé cómo llamarlas: trabajadoras, clase baja o media-baja, gente humilde, etc; en fin, esa a la que le cuesta llegar a fin de mes porque todo el mes ya es una cuesta, tratan a las élites socioeconómicas. Y es que la realidad tiene el color del sueldo con que se mire.

Ahora, con las restricciones al turismo. ¡Qué pesaos con lo del agravio turístico! Los españoles no pueden ir a las Baleares de vacaciones y los alemanes sí. ¡Pues casi igual que antes de la pandemia! El 95% de los ibero-peninsulares no iban de vacaciones a Menorca o Ibiza, por razonas obvias: por cepa económica, porque es muy caro.

O sea, que el “problema” lo tiene sólo un 5% de nuestros compatriotas, esos que suelen despreciarnos con cariño, que seguramente están hartos de visitarlas todos los años. ¡Pobrecillos! este año nos los dejan ir; entonces la gran mayoría, que ha ido una o ninguna vez y que irá otras tantas en el futuro, se compadece de ellos porque un alemán, un extranjero, le usurpa la tumbona en la “paradisíaca” playa de Son Bou a un español, solvente.

Pasa un poco como con el AVE: la gente de autobús celebra entusiásticamente que con sus impuestos construyan un AVE que van a disfrutar normalmente las clases más pudientes y que además, supone la desaparición de la línea convencional, su acceso natural al viaje en tren.

O con las “Estrellas Michelin”. “¡Qué emoción y alegría! ¿Cuántas tenemos ya en España”? ¿Tenemos? ¿Pero quién se puede permitir comer en un restaurante estrellado por Michelin? Si tú no vas a ir nunca, desgraciao! (desgraciao, con buen rollo eh, además de que tampoco es esencia vital el lujo gastronómico)

Y en cuanto al turismo nacional también tenemos un problema de fondo: un país que paga mal a sus trabajadores luego, cuando no hay extranjeros, sus nacionales no les alcanzan como turistas.

No quiero entrar en la interpretación psicológica esa de que en el fondo empatizamos tanto con los privilegiados sociales porque queremos ser ellos o por lo menos aspiramos a que nos dejen una vuelta en su vida. Quizás, quizás, quizás.

Pero una sociedad está lejos de ser justa cuando se restringe la accesibilidad, no importa a qué; cuando las condiciones de la existencia le dicen a alguien: “tú no”. La beautiful people es la que va a juego con algo; si no, pues no puedes entrar, repito, adonde o a lo que sea.”

Y qué me dicen del impuesto de sucesiones o no sé qué y esas noches en vela de tanta gente sencilla preocupada por algo que no les afecta en absoluto, que nunca va a heredar nada de tanto valor, o mejor, de tanto precio.

O lo orgullosos que nos ponemos cuando algún millonario español asciende de puesto en la lista Forbes. ¿A ti que te da eso? ¿Es una buena noticia para la humanidad? ¿Te hacen descuento en el Mercadona?

Otro que se me ocurre. Recuerdo una conversación, con apelación al feminismo, con una amiga en relación a que habría que reformar la Constitución Española porque era una injusticia que la hija mayor de los Reyes no llegara a reinar por el hecho ser mujer, no sé qué con reminiscencias de leyes sádicas o sálicas. “Yo también tengo nulas posibilidades siendo hombre”, le contesté.

Salvo una familia española, las demás no tienen acceso a semejante “prerrogativa”, aunque entre sus miembros haya gente joven y sobradamente “preparada”. La inmensa mayoría de las mujeres nunca serán reinas, salvo en su casa si quieren; exactamente igual que la inmensa mayoría de los varones, salvo en su casa si quieren.

Para alguien que yo me sé es una buena noticia.

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