«La historia ha demostrado que Linares es capaz de vencer cualquier crisis»

Luis Rabaneda Sánchez (Linares, 1959) es, además de un sensacional conversador, una persona versada en el sentido más amplio de la palabra. Hace cuatro años abandonó el sótano del antiguo edificio del Banco de España para ocupar un despacho en la planta noble. Dicho de un modo menos clasista, pasó de dirigir el Archivo Municipal a responsabilizarse de la Biblioteca Pública Cronista Juan Sánchez Caballero. Ambos cargos igual de importantes y relevantes para el patrimonio y la cultura de la ciudad.

Durante la entrevista con El Observador, demuestra tener un discurso coherente y comprometido, al mismo tiempo que reclama su derecho a desentenderse de una sociedad cada vez más distópica.

Estudió Filosofía en Granada y se doctoró en Ciencias Políticas y Sociología por la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia), aunque iba para abogado laboralista. Un duro revés de la vida le llevó a refugiarse durante un tiempo en Suiza hasta que decidió regresar, porque su sitio estaba aquí.

La Biblioteca fue un regalo, una bendición, de la que está sacando el máximo partido, porque, entre sus retos, está colocarla como referente cultural de los linarenses.

Padre de cuatro hijos, es una de las personas que mejor conoce el pasado de Linares. No en vano, se ha pasado muchísimos años custodiando su historia a través de documentos que datan desde la Edad Media hasta nuestros días.

Amante de las motos, se confiesa harto del maniqueísmo imperante, y abandonó la política activa en el Partido Socialista por lealtad a un amigo.

Las redes sociales están llenas de interacciones, de gente que opina y sube fotos. Sin embargo, veo la Biblioteca vacía.

—Quizá sea porque no nos dedicamos a la cultura de masas. La lectura, como la Cultura, en mayúscula, atrae a un número reducido de personas. No es tanta la gente que lee en biblioteca como la que hace uso de sus servicios, pero le puedo asegurar que los que leen mucho.

¿Qué daño le ha hecho el mundo digital durante la pandemia a los libros, a las bibliotecas?

—Nosotros no lo hemos notado porque durante la pandemia hemos estado abiertos. También hemos dado opciones a través de la plataforma de la Junta de Andalucía para que la gente pudiera descargarse libros y hemos ofrecido todo tipo de alternativas para que no perdieran la pasión por la lectura y distrajeran.

En cualquier caso, el usuario de la Biblioteca es minoritario, de formato tradicional (libro en papel) y, además, irrenunciable para él.

Estos lectores tradicionales de los que habla son los que garantizarán que no se pierdan los libros impresos.

—Lo garantizamos todos. No olvide que, a lo largo de la historia, hemos tenido infinidad de reveses con la intensidad y la repercusión de esta pandemia, y el libro sobrevive y sobrevivirá.

Cuando nos cayó esto (la pandemia) como una losa, pensábamos que íbamos a un cambio de paradigma en esta sociedad y, como estamos comprobando, no ha sido para tanto y no ha trastocado nuestras vidas. La gente sigue apostando por lo real, lo tangible, la cercanía, la proximidad. Va en nuestro ADN, en nuestra manera de enfocar las cosas, necesitamos el contacto físico, a pesar de que se nos esté vendiendo lo virtual como alternativa.

Desde fuera, la Biblioteca Municipal se ve en continuo movimiento, con numerosas propuestas y actividades. Es asombroso como se reinventa cada día y cada semana.

—Por naturaleza, soy una persona inquieta que disfruta con su trabajo. En la Biblioteca, estoy haciendo lo mismo que hice en el Archivo, adaptarla a las necesidades de los tiempos. Para mí, sería mucho más cómodo seguir conservando lo que funciona y no calentarme la cabeza. Pero es ahí donde radica el problema de muchas instituciones del ámbito cultural. El inmovilismo no conduce a nada y, por tal motivo, tratamos, como usted dice, de reinventarnos cada día, con algo nuevo que sea atractivo para los usuarios y los lectores.

En definitiva, nuestro objetivo es convertir la Biblioteca en un centro dinamizador de la cultura, más allá de un mero expendedor de libros. De lo contrario, está abocada al olvido.

La ventaja que tenemos es que somos un servicio esencial para la comunidad y vamos a tratar de sacarle el máximo partido, tal y como hice anteriormente con el Archivo Municipal.

¿Echa de menos el Archivo?

—Mentiría si dijera que no. Mi suerte es que lo tengo en la planta de abajo y casi todos los días me paso. Pero lo cierto es que desde que asumí la dirección de la Biblioteca, en 2017, he volcado todos mis esfuerzos en esta casa porque era la más necesitada.

Mi modelo, ni mejor ni peor que el anterior, requiere que me dedique en cuerpo y alma a la Biblioteca y le aseguro que el Archivo funciona perfectamente sin mí.

Uno de los grandes problemas del Archivo son las instalaciones.

—No solo del Archivo, sino de todo edificio. Y porque no ha conocido las anteriores instalaciones, en las que nos teníamos que remangar para pintar paredes e, incluso, montar estanterías con una llave de carraca. Hablamos de un subsótano por lo que la incidencia de la humedad es mucho mayor.

Tenemos, sin embargo, la ventaja de que la temperatura es idónea para los documentos, aunque sea molesto el olor y la falta de luz natural para el personal. Conviene recordar que donde está el grueso de la documentación es en la antigua cámara acorazada del Banco de España que goza de un sistema de ventilación que mantiene una temperatura constante a lo largo del año. Ni sube ni baja. La documentación, por lo tanto, está muy bien conservada.

Linares tiene la suerte de contar con series completas únicas en la provincia que datan del siglo XVI, amén de un pequeño fondo de colección diplomática que se conserva muy bien de los Reyes Católicos, Alfonso X el Sabio, Felipe II…

Conoce perfectamente la historia de Linares. ¿Cómo definiría este momento que nos ha tocado vivir?

—Uno más de los momentos de crisis por los que ha pasado nuestra ciudad. Hace unos años, el Centro de Estudios Linarenses dedicó unas jornadas en El Pósito precisamente a analizar las crisis que ha vivido Linares, desde la de subsistencia del siglo XVII, pasando por la de la minería hasta acabar con la industrial de Santana Motor. Y le puedo decir que todas las sociedades, no solo la de esta ciudad, terminan reponiéndose. Posiblemente sea cíclico, como ocurre con la economía.

Linares ha demostrado a lo largo del tiempo es que capaz de vencer cualquier mal momento, por duro que parezca, y resurgir como ave fénix con más fuerza.

En una sociedad con tanta información al alcance de su mano, ¿por qué parece más desinformada, sobre todo cuando se trata de la historia de su propia ciudad?

—Imagino que es porque no se depura la información, pero eso ha pasado siempre. Antes, quien quería una información veraz y contrastada sabía donde encontrarla, como ahora. Internet es un mundo infinito que nos da la posibilidad de informarnos verazmente. El problema es la comodidad y dejarnos llevar por la rumorología.

Creo que los centros educativos son clave en este aspecto, en saber gestionar y depurar esos flujos de información. Es importante enseñar a las nuevas generaciones, que nacen con un teléfono móvil bajo el brazo, a saber filtrar lo que le llega a las manos.

¿Qué le llevó a estudiar Filosofía?

—Mi primera opción era estudiar Derecho porque quería ser abogado laboralista. Me tocó vivir la Transición, una época fascinante, en la que estaba muy comprometido con la izquierda. De hecho, durante un par de años, fui secretario general de la CNT de Linares. Estaba en sexto de Bachiller, y en los recreos salía a abrir la sede que teníamos en Obispo Álvarez Lara para que los propios profesores que nos daban clase pudieran reunirse, ya que no les dejaban en el instituto. Allí, preparaban las estrategias de manifestación y crítica por su situación laboral.

Por lo tanto, tenía una clara tendencia hacia el mundo de las relaciones laborales. Así que me marché a Granada y me matriculé en Derecho, con la tremenda decepción de encontrarme con una galería de personajes que para nada encajaban con mi visión del oficio de la abogacía. Hablando claro, y sin polemizar con nadie, era una de las facultades más pijas que he visto.

Decidí entonces marcharme a Filosofía que era todo lo contrario, una explosión de luz y claridad tremenda, en aquel Campus de Cartuja. No eran las aulas sombrías y tétricas de Derecho.

También he de decir que me llevó a esta carrera el poso de un profesor que tuve en el Huarte de San Juan, Fernando Cano, que me dejó una impronta de locura, simpatía y lucidez para transmitir e ilusionar. Este hombre me marcó por su forma de enseñar Filosofía. Luego tuve la suerte de tomarme en Granada con el catedrático José Luis García Rúa, con lo cual encontré ese compromiso social y esos aires de cambio que me habían llevado a Granada.

¿Qué puede explicar la filosofía sobre lo que nos ha pasado con la pandemia?

—Explicar muy poco. Lo que puede hacer, como siempre ha hecho, es preguntarse mucho. Es decir, se pregunta más de lo que se puede explicar. Evidentemente, suena a tópico, pero es así, no tanto para encontrar soluciones como para buscar nuevas preguntas desde el punto de vista filosófico y también sociológico.

Vuelvo al punto inicial, esta pandemia ha puesto de manifiesto el interés por producir una quiebra de un modelo que forma parte de nuestra propia cultura. Para mí es un error enfrentar lo virtual con lo real. La sociedad necesita de la relación y el contacto humano. Establecer esas relaciones desde la distancia, por las ondas, sin esta proximidad es muy difícil, porque no son duraderas ni fértiles.

Quizá lo que se pretende o a lo que se postula esta sociedad es a una utopía, un lugar feliz que no sabemos dónde está. Desde luego fuera del contacto humano, en mi opinión, no está. La tecnología no puede sustituir la cercanía entre las personas.

¿Quedan librepensadores?

—Usted, por ejemplo, con las preguntas que le hizo a Susana Díaz. Es decir, todavía queda gente capaz, contra viento y marea, de ejercer su profesión de manera honrada y dignamente. Es poca, porque a la sombra del poder de turno se vive más a gusto y más caliente que en la periferia. Se trata de no molestar para conseguir prebendas.

¿Por qué una persona como usted de pensamiento crítico y tan vinculado a la política (PSOE) decidió abandonarla?

—Simple y llanamente por diferencias con el resto de la tripulación. No tanto en el proyecto, como en el matiz con el que se ha presentado en estos nuevos tiempos. Y siendo muy directo, también por lealtad.

No me he tirado 34 años en el Partido Socialista para ser cómplice de una defenestración, de una traición. Mi lealtad con un amigo -Juan Fernández- está por encima de todo y esto me llevó a retirarme de la política activa, porque sobro en un lugar en el que se vulnera este valor.

¿Hacia dónde navega la izquierda?

—No hablaría de la izquierda, sino de las izquierdas. No hay una sola izquierda, como si es más propio decir que hay una sola derecha que es capaz de confluir estratégicamente para obtener un rendimiento electoral legítimo.

Con las izquierdas es más difícil, quizá porque es más exigente. Yo, al menos, me considero de izquierdas y muy exigente. Le he puesto un ejemplo en la anterior pregunta; para mí la lealtad es algo irrenunciable, lo mismo que la honradez o el ejercicio crítico. Por lo tanto, con tantos escrúpulos es difícil saber dónde van las izquierdas, a las que veo cada vez más distantes y alejadas del origen.

Antes, el que era de izquierdas lo era desde la cuna y hasta la sepultura, y las casas del pueblo eran esos centros en los que se reforzaba esas señas de identidad o de pertenencia. Hoy en día, puedes ser de izquierdas en lo social y en lo ético y ser lo económico tan conservador como uno de derechas. Ser socialdemócrata molesta menos que ser socialista.

Además, se está produciendo una enorme desafección hacia la política por parte de los jóvenes, que no creen en ella como arma necesaria e imprescindible para cambiar las cosas.

¿Quedan políticos honestos que antepongan los valores al rédito electoral o personal?

—Supongo que sí o quiero cree que sí, aunque conozco a muy pocos. Es muy fácil en política venderse por un plato de lentejas. La política se ha convertido para muchos en una profesión, cuando debería ser una vocación transitoria. Esto no es malo si se tiene bien trazado el camino de ida y de vuelta, pero cuando se convierte en la única opción hay un problema, que no te echan ni con agua hirviendo.

Fotos: Désirée Vicente Díaz

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