Entrevista | «Lo que estamos consiguiendo con el Galapán es una pasada para Santiago-Pontones»

Sergi González es el alma máter del Galapán Film Festival, una cita indispensable para los amantes del cortometraje que se celebra hasta el sábado en Santiago-Pontones. Este año cumple su sexta edición y desde su nacimiento en 2016 no ha parado de crecer hasta convertirse en uno de los certámenes más importantes que se convocan en el Sur de Europa. Baste decir que en 2021 se han presentado 1.011 trabajos de todo el mundo.

Esa cifra da muestra de lo que Sergi González, con la complicidad del Ayuntamiento hornillero, ha logrado en tan poco tiempo. La razón es bien sencilla: la implicación del director de Vila-real por la que considera su tierra. «Es mi casa», asegura con orgullo.

Lleva toda una vida vinculado al cine y con ‘Será nuestro secreto’, su penúltimo corto, ha dado un salto cualitativo y cuantitativo en su carrera como cineasta. Así lo avalan los casi 90 festivales en los que ha sido proyectado y los 20 premios que acumula, entre ellos a Mejor Director en el Festival Internacional de Cortometrajes, Corti a Sud de Italia, por citar solo uno.

Pese a ello, durante diez días, Sergi González se centra en un sueño llamado Galapán, donde no solo se ve buen cine, sino que también se interactúa. El Observador ha charlado con el realizador castellonense, de origen segureño, para conocer más de cerca sus inquietudes y la realidad del mundo en el que nos ha tocado vivir.

¿Qué tal va esta edición del Galapán Film Festival?

—La pandemia nos ha hecho mucho daño a todos y los festivales no han sido una excepción. El pasado año se suspendieron bastantes, pero nosotros, gracias al apoyo del alcalde, conseguimos salvar la edición.

Personalmente, pensaba que este año las cosas iban a ser más fáciles, más flexibles. Sin embargo, no ha sido así y hemos tenido que mantener todas las medidas de seguridad: aforo limitado, mascarillas, geles… Pese a ello, estoy contento de como está funcionando. La afluencia de público a las sesiones supera las expectativas y, en ese sentido, está siendo un exitazo total. Solo le doy un dato, con una población que no va más allá de las mil personas en Santiago de la Espada, están asistiendo a las proyecciones una media de cincuenta personas. Si eso lo extrapolamos a una ciudad, pues imagínese.

Por lo tanto, no puedo estar más contento por la respuesta de la gente de Santiago de la Espada, que, un año más, nos demuestra que merece la pena el esfuerzo de sacar adelante el festival, a pesar de que las circunstancias no son las más apropiadas.

Pues, con todo, en esta edición hemos recibido más de mil cortometrajes de casi cincuenta países. Es una verdadera pasada. En la sección oficial, estamos viendo cortos de Malasia, Armenia, Luxemburgo, Argentina, Estados Unidos, China y, evidentemente, de España. La variedad es enorme.

Hábleme de los cortos a concurso. ¿Cómo ve el nivel?

—El nivel es altísimo. Como le he comentado, hemos recibido más de mil cortos de los que solo 45 entran a concurso, por lo que imagínese la calidad de los participantes de la sección oficial. Hay un poquito de todo, de comedia, drama, igualdad, sexo y, por supuesto, Covid. Los cortos no dejan de ser el reflejo de la sociedad en la que vivimos.

Como director, solo le puedo decir que estoy muy contento con todos los trabajos inscritos y estoy seguro de que vamos a seguir creciendo en próximas ediciones.

¿Por qué Santiago-Pontones? ¿Qué tiene de especial?

—Los de Bilbao dicen que nacen donde les da la gana y, en mi caso, pasa algo parecido. Aunque soy natural de Vila-Real (Castellón), mis padres son de aquí y prácticamente toda mi familia es de esta parte de Andalucía. Me he criado aquí, tengo casa en la zona y los lazos que me unen a esta tierra son enormes. Me siento orgulloso de llevar el nombre de Santiago-Pontones allá donde voy.

Por eso, decidí que fuera este pueblo el lugar elegido para el festival, y así se lo transmití al alcalde, Pascual González, quien, al principio, me llamó loco, pero que, de inmediato, se sumó a la idea. Y aquí estamos seis años después con un festival de talla internacional.

Me siento tremendamente orgulloso y feliz de todo lo que estamos logrando porque es algo personal, de sentimiento muy fuerte a esta tierra. Me encanta venir aquí estos diez días y centrarme solo y exclusivamente en el festival, sin olvidar todo el trabajo que realizamos durante el resto del año para que el certamen siga creciendo, al igual que el nombre de Santiago-Pontones y Santiago de la Espada.

El acuerdo con la Mostra Curtas Noia da aún más caché al festival y abre su proyección nacional e internacional. Es para estar muy contentos

—Evidentemente nos pega un empujón tremendo, sobre todo mediático por la repercusión que tiene. Hablamos de un festival -Noia- con más de 22 años a sus espaldas que defiende lo que hacemos aquí. Como entenderá, este acuerdo no se cierra de un día para otro, ni tampoco por casualidad o amistad con su director, Moncho Vidal. Es la combinación de diferentes factores, pero, principalmente, de su interés por el Galapán, donde este año forma parte del jurado oficial.

El acuerdo permitirá al ganador de nuestro festival participar directamente en la sección oficial de la próxima edición de la Mostra Curtas Noia, con lo que ello supone de promoción.

Moncho ha estado por aquí tres días y se han creado unas sinergias muy chulas, además de comprobar en primera persona lo bien que tratamos a toda la gente que viene al festival.

Estas sinergias nos van a hacer crecer para que nuestro festival sea más importante cada año. Estoy seguro de que, gracias a esta colaboración, vamos a mejorar y perfeccionar cosas. En definitiva, es como el hermano mayor que te toma de la mano para superar obstáculos y crecer en el futuro.

Sobre usted, ¿cuándo nace su pasión por el cine?

—No tengo ni idea. Quizá lleve ahí toda la vida. Es como el que pinta o escribe. Recuerdo que de chaval, con 14 o 15 años, me iba al cine solo porque mis amigos preferían hacer otras cosas. Al principio, era un trauma porque me ruborizaba la idea de ir solo. Me daba vergüenza. Luego, he ido millones de veces solo al cine.

Vas creciendo y ves que la afición aumenta. Comienzas hacer cortos, a presentarlos a festivales y a ganar algún que otro premio. En ese momento, te das cuenta de que no lo estás haciendo del todo mal y decides profesionalizarte. En mi caso ha sido a través de Dionisia Films. Poco a poco, vas convirtiendo tu pasión en trabajo. Es de las cosas más bonitas que te pueden pasar en la vida. Mi trabajo me apasiona, disfruto muchísimo haciéndolo y, por suerte, va funcionando. Sigo aprendiendo cada día, y me siento un privilegiado por poder ver más de mil cortos gracias al Galapán, porque aprendo muchísimo de otros directores.

Además de director, es productor.

—En realidad, es la única manera de poder empezar. No existe ninguna productora que llegue y te ponga 60.000 euros para que hagas un corto. Eso pasa solo en las pelis (risas).

Si quieres rodar debes autoproducirte y, para ello, es necesario legalizar las cosas para poder optar al Goya, por ejemplo. Como mínimo tienes que ser autónomo, y una vez que crear tu productora tienes que vivir y eso te lleva a gestionar festivales o hacer vídeos promocionales. No te queda otra opción que profesionalizarse.

Imagino que debe ser complicado crear y financiar sus propios cortos y moverlos por diferentes festivales.

—Es muy complicado. Tienes que picar en muchas puertas para obtener financiación tanto pública como privada. Hay veces que consigues algo, pero también otras muchas en las que te vas de vacío.

Con ‘Será nuestro secreto’, nos podemos dar con un canto en los dientes porque ha funcionado de maravilla y está a punto de alcanzar los 90 festivales. Ha ganado unos 20 premios, algunos de ellos con dotación económica que permite que recuperes algo de dinero, pero los cortometrajes nunca se hacen para ganar dinero. Aquel que haga un corto para rentabilizar la inversión está muy equivocado.

El corto lo que nos ayuda es a crecer y a evolucionar, además de crear sinergias cuando acudes a los festivales. Es movimiento y es muy importante.

‘Será nuestro secreto’, con un presupuesto de poco más de 18.000 euros y rodada en tres días, no para de recibir el aplauso del público y de la crítica, así como de acumular premios. Debe sentirse orgulloso.

—Para mí, ha sido un empujón muy importante porque me ha abierto las puertas de festivales muy potentes. Es un corto muy especial, social y con un mensaje muy potente. Esa, quizá, sea un poco la esencia de su éxito. También nos ayudó mucho su protagonista, Rosario Pardo, una cara muy conocida para el público.

Por supuesto, que estoy muy orgulloso de ‘Será nuestro secreto’, pero da cierto vértigo porque nos ha llevado tan arriba que ahora que hemos estrenado nuevo corto, ‘Como cualquier otro’, no sabemos que tal funcionara.

¿Cómo se le ocurrió la historia?

—Pues, si le digo la verdad, no tengo ni idea. Supongo que son cosas que pasan en la vida. Hay veces que te pones a escribir y salen historias como esta.

A mí siempre me han atraído las personas mayores. Cinematográficamente son muy potentes, y esta historia nace de esa necesidad de defender sus vidas, sus historias. ‘Será nuestro secreto’ nació de una conversación que tuve hace unos años sobre las personas mayores que estaban abandonadas sin residencias, que tenían familia, pero nadie iba a verlas. Fue un proceso largo, de un guion que estaba a medio escribir que alguna mañana, tarde o noche rescaté y me puse a darle forma. No hubo un motivo concreto. Es un proceso creativo que va creciendo.

Sin el apoyo de las instituciones, como la Diputación de Castellón, ¿hubiera sido posible este proyecto?

—Sin el apoyo de la Diputación no se hubiera podido rodar en las mismas condiciones. Aportó mucho dinero. Ahora bien, también le digo que se hubiera rodado de igual manera, quizá con menos medios, pero habría salido para adelante, porque era consciente del valor de la historia. No olvide que la necesidad agudiza el ingenio. Básicamente porque no siempre hemos tenido tanto respaldo.

Siguiendo este argumento, ¿sin ayudas públicas habría menos cine?

—Supongo que sí, porque las pelis cuestan una millonada. Pero no quiero entrar en esa guerra de quienes critican a los directores por las ayudas públicas. En mi caso, no he optado a subvenciones del Ministerio de Cultura o del ICAA (Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales), más allá de la Diputación de Castellón a la que acudí con mi proyecto debajo del brazo.

No es fácil rodar sin ayudas, pero considero, de igual modo, que habría que gestionarlas de otra manera. Sería interesante una contraprestación, es decir, que si la peli funciona muy bien devolver, por ejemplo, la mitad del dinero recibido. En cualquier caso, es algo complejo.

¿Cree que el cortometraje está infravalorado?

—No creo que esté infravalorado. Más bien pienso lo contrario, que está en auge. Hace tiempo que la gente dejó de pensar que el corto es el hermano pequeño de la película. Es un error porque más bien es el padre del largometraje.

Nos están teniendo más en cuenta. Prueba de ello es la enorme cantidad de festivales que se organizan en todo el mundo. Quizá hace quince años le hubiera respondido que sí, pero, hoy en día, por suerte, todo ha cambiado. De hecho, Almodóvar rodó un corto hace muy poco. Es un formato maravilloso. Incluso le digo más, es más complicado rodar un corto de quince minutos que una película de dos horas, porque es mucho más difícil contar la historia en ese tiempo tan reducido.

¿Qué compromiso con la sociedad debe asumir un cineasta?

—Como le he comentado antes, mis cintas tocan temas sociales, con dosis de emotividad. Trato de lanzar mensajes constructivos o destructivos, según se mire, para que la gente reaccione. Lo importante es aprovechar tu capacidad para llegar al público. No soy un Pedro Almodóvar, pero intento, en la medida de mis posibilidades, de encauzar bien ese poder de convocatoria que puedo tener, por ejemplo, en mi provincia.

‘Como cualquier otro’ también es un tema social, de relaciones familiares, con un mensaje de concordia y al diálogo, a la paz. Igualmente, le digo que si no tienes nada que contar es mejor callar. Para mí, es muy importante que mis historias calen, tengan un mensaje. De hecho, todos mis cortos, de una manera u otra, lo tienen. Me gusta que la gente salga de la sala emocionada, como ocurre con ‘Será nuestro secreto’. Con ‘Como cualquier otro’ está ocurriendo lo mismo. En ese sentido, me siento muy orgulloso de poder llegar así a la gente. Es maravilloso. Ese es el compromiso que asumo como cineasta, lanzando mensajes positivos y conciliadores.

Usted ha acercado el cine a los escolares. ¿Lo considera necesario?

—Los niños son muy naturales. Esponjas que se quedan con todo. Es importantísimo que amen el cine desde bien pequeños. El cine es una herramienta educativa tremenda que muchas veces no sabemos aprovechar. Porque de todas las películas aprendes algo, por muy mala que sea.

Llevar el cine a las escuelas ha sido una de mis obsesiones positivas. He realizado desde talleres audiovisuales a charlas. Con ‘Será nuestro secreto’ seguimos acudiendo a los colegios y a los institutos, donde los proyectamos y hablamos con los alumnos.

Lo hacemos también en el Galapán Festival, en el que antes de la pandemia hicimos sesiones matinales con cortometrajes de animación destinados al público infantil. No debemos olvidar que los niños son el futuro no solo de la sociedad, sino también del propio festival, porque dentro de diez o veinte años vendrán como adultos a ver los cortos.

Me lo paso genial con los niños y, como le he dicho, es importantísimo que se enamoren del cine y tengan el hábito de consumirlo. Si conseguimos llevarlos a las salas, será maravilloso para la industria, al igual que si lo hacen en casa. Lo esencial es que vean y disfruten del cine.

La revolución de Internet, el cambio de hábitos de consumo cultural y la apuesta de grandes productoras por las series está transformando la forma de ver cine. ¿Pervivirán las salas tal como las conocemos hoy? ¿Ver cine seguirá siendo un acto individual pero colectivo a la vez?

—Todo está cambiando y, por eso, es tan importante que llevemos a los niños a las salas de cine, se sienten a ver la película en un pantallón, con un sonido sensacional y se lo pasen en grande. Básicamente porque esa sensación es imposible de reproducir en casa por muy grande que sea nuestro televisor. Solo en la sala sabrán lo que se están perdiendo por ver la peli en casa. De ahí mi obsesión por hacer campañas escolares y acercar el cine a los más pequeños. Es flipante la cantidad de niños que nunca han ido a una sala. Alucino.

La idea es crear hábitos, como ocurre con todo en la vida, desde caminar o correr hasta llevar una vida sana. Es cuestión de ponerse y transmitir esa sensación a tus hijos. El niño, por naturaleza, tiende a imitar a sus padres, de modo que si lo llevas al cine todas las semanas, al final creará el hábito y todo será más fácil.

El problema es que ciertas plataformas y redes sociales, como Tik Tok, están idiotizando a los chavales. Al final se acostumbran a consumir historias de segundos, muy cortas, por lo que luego cuando les pones una peli de dos horas se aburren. Los estamos educando en una sociedad de mensajes rápidos, directos y a veces confusos. Por desgracia, luchar contra esto es muy difícil, pero no cejaremos en nuestro empeño para que el cine siga siendo algo especial.

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