El olvido se toma la última en el café minero

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Empezaré por una anécdota vivida por un servidor, quien firma el presente artículo. Algo que ocurrió una tarde no tan lejana –tres, cuatro años quizá–, en que me hallaba caminando por la vía verde que parte desde el santuario de La Virgen y llega hasta las minas. Me hallaba a la altura del Pozo San Vicente, cuando un coche se detuvo ante mí. Lo conducía un matrimonio de Córdoba que debía rondar los sesenta años, y que había venido hasta aquí principalmente por el reclamo de nuestro patrimonio minero.

En un primer momento las preguntas de nuestros visitantes indicaban curiosidad o reclamaban un poco de orientación, aunque muy pronto pasaron a ser un mero testimonio de incredulidad. Lamentaron el estado de la vía verde, pues habían pensado que sería perfectamente transitable en coche. Se quejaban de las piedras que había en algunos tramos. Luego estuvimos hablando sobre las minas, sobre lo que habían supuesto para la historia de Linares y toda la comarca.

Todavía recuerdo las palabras del hombre: «Debió ser algo grande». Lo había dicho después de comprobar que el número de ruinas resultaba apabullante para tan poco terreno. Pero eran en su mayoría eso, solo ruinas, y su frase equivalía a un acto de fe, puesto que a través de la mirada de aquellos dos visitantes, nuestro patrimonio minero –lo que queda de él–, no era una constatación de aquel pasado, sino meros indicios de lo que pudo haber sido.

Lo descrito con anterioridad ha llegado a ser una constante en el devenir histórico de la ciudad. ¿O qué poseemos hoy del que un día fuera nuestro castillo, más que un sólo torreón? Asimismo basta con observar las fotografías de nuestro pasado reciente –finales del XIX y siglo XX– para constatar la continua desaparición de edificios emblemáticos: el Casino Olimpia, centro social y de recreo, en cuyo solar se construiría el Teatro y Cine Olympia, también desaparecido, dejando una mutilación hasta el día de hoy presente en pleno centro de la ciudad; o la Capillica de las Ánimas, cercana a Santa María; también el convento de la Plaza San Francisco, donde hoy se sitúa Correos y Telégrafos, o el Casino Español, precisamente en el otro flanco de la Iglesia de San Francisco; el Colegio Nacional Colón, antes de su triste y desafortunada reforma; el Palacio de los Villamayor en la Calle Pontón; los Grupos Escolares del Paseo de Linarejos, que corrieron la misma (mala) suerte que el Colegio Colón; y por supuesto el Pabellón Musical en la Glorieta de América, así como el imponente edificio de La Casa de la Jabera, rematada por una pequeña cúpula de la que decían que era visible a kilómetros por efecto de la reflexión solar. La lista aún puede ser más larga.

Y a la vista está que no ha sido sólo esto, sino que la pérdida también se extiende a lo que fuera el marco de aquellas construcciones representativas: todo un entramado de calles hoy ya desprovistas tanto de la grandeza y la prestancia de las casas ilustres, como del regusto popular de aquellas casitas de una sola planta, achaparradas, y tantas de ellas con tejados de un único chaflán, en forma de toldo, recostadas en otros edificios mayores o sobre viejos muros.

Es difícil aventurar una explicación a lo ocurrido. Quizá durante toda una época la ciudad estuviera a merced de las fuerzas que son consustanciales a la industrialización, como son novedad y renovación, opuestas al espíritu de conservación.

Pero llegados al presente, y tal y como señalaba el reportaje de este mismo diario, El Observador, del pasado día 30 de marzo dedicado a la conservación de nuestro patrimonio histórico, el estado en que se halla buena parte de los edificios incluidos en el catálogo de bienes y espacios protegidos no puede deberse a otra cosa que a la dejadez. Una dejadez que parece ceguera a la hora de valorar partes sustanciales de nuestro patrimonio como sin duda lo es el cementerio antiguo, y de un modo especial uno de sus patios, el de San José, entre cuyos mausoleos podemos encontrar por ejemplo simbología de sociedades secretas, como Rosacruces y Francmasonería, que nos hablan de la verdadera dimensión de aquel Linares del XIX.

Recordemos que nuestro camposanto, junto con el cementerio inglés, está incluido en la Asociación Europea de Cementerios Singulares de Europa (ASCE), quizá motivo más que suficiente para dar un paso más ambicioso e iniciar el expediente administrativo que pudiera dar a dicho entorno la catalogación de Bien de Interés Cultural (BIC).

Muy al contrario, en los últimos años hemos tenido que lamentar la desaparición de varios componentes de nuestra memoria patrimonial. Uno, la Fuente del Pisar, removida en pos de una estructura incalificable concretada en unas formas sin arraigo en nuestro pasado ni en nuestra tradición arquitectónica –¿una ocurrencia, un homenaje subliminal a la Puerta de Alcalá?–; otro, la Plaza de Abastos, desaparecida casi por completo hoy, y sepa Dios hasta cuándo, rindiendo homenaje a todo un clásico del cine: “Lo que el viento se llevó”.

Por último, y en el momento presente, asistimos a la demolición de la “Casa Peñalver”, en plena Plaza San Francisco, edificio que albergara el histórico Café Minero y posteriormente uno de los primeros supermercados de la ciudad. Y poco podemos hacer, más allá de la añoranza, puesto que dicha construcción no goza de la calificación de bien patrimonial, y una fervorosa oración por que lo que construyan en su lugar no pase de una fealdad moderada.

Dos maldiciones pesan sobre cada generación: la imposibilidad de construir y desarrollar algo propio, y no saber heredar lo que les legan sus mayores. Pero juntar una cosa y otra, señores, señoras, es la culminación de la desdicha. Y aquí me despido, alzando mi copa por aquel Café Minero que únicamente vi en las fotografías del ayer, pero que aun así echaré de menos.

4 COMENTARIOS

    • Y es una verdadera lástima, porque hoy pareciera que Linares no tiene un gran patrimonio monumental, pero es que lo perdido ha sido mucho, incluso en edificios industriales y mineros, precisamente lo que es nuestra seña de identidad.

  1. Linares ha sido una ciudad que ha vivido pensando en el futura. Es su idiosincrasia y yo sigo apostando por que sea así.
    Empezamos a acordarnos del pasado cuando alguien pensó que se acababa el futuro.
    Me encanta y conozco bien la historia de esta ciudad. Pero solo me dolí por ella hace 40 años. Después me di cuenta que si lo hacía siempre moriría de pena.
    No dejemos que la memoria se confunda con la historia. Que ésta siga presente, pero que la ciudad siga mirando al futuro, será mejor para todos.

    • Ambas cosas son compatibles, futuro y memoria. Siempre he pensado que Linares tiene un carácter especial, pero como ocurre con las personas, el carácter, en ultima instancia, se refleja en la fisionomía. Nuestra fisionomía son nuestras calles. Creo que habría merecido la pena haber conservado ese aspecto general que tenían.

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