«El Linares no divide, sino que une»

«Es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites». La cita de Gabriel García Márquez retrata la naturaleza de Hector Alejandro Altamirano Sandroni (Córdoba, Argentina, 1972), un tipo que exprime cada segundo del día y que ha perseguido sus sueños en el complicado mundo del balompié desde la base de la pirámide.

Abandonó Yecla, donde es admirado y querido, para embarcarse en la arriesgada aventura de entrenar a un club que, de inicio, parte en desventaja respecto al resto de semejantes. Es decir, siguiendo una directriz lógica, está abocado al sufrimiento.

Sin embargo, afronta el desafío con agradecimiento. Para él, es un premio dirigir al Linares en Primera RFEF. Se siente afortunado por ello, a pesar de que deberá caminar por la fina cuerda que separa al funambulista del abismo, o del éxito, según se mire.

Está casado y es padre de tres hijos, un joven estudiante de Física y dos niñas por las que siente auténtica devoción. La familia, en su conjunto, es el motor de su vida, al igual que el fútbol desde su esencia, más allá de los focos y del resultado.

Con Sandroni, nombre deportivo que le puso el entrenador del Atlético Totana, la conversación fluye sin necesidad de apretar el acelerador, ni incomodarlo con preguntas tácticas. Se deja llevar.

Hablamos con él de temas corrientes, pero también del afán de justicia, la superación, el ego, la amistad, Argentina y, por supuesto, el fútbol. Después de más de una hora de charla, nos queda la sensación de que estamos ante una buena persona.

¿Cómo lleva el calor del Sur?

—Muy mal, es lo peor que llevo, sobre todo por las noches. Es increíble. El otro día llegamos de El Ejido por la noche y el termómetro marcaba 32 grados. Noto aquí más calor que el Yecla. Allí, por las noches, refresca y corre el aire.

¿Reside solo en Linares o está acompañado de la familia?

—Ahora están aquí mi mujer y mis niñas, pero residiré solo, porque mi esposa es maestra y mis hijas tienen en Yecla el colegio. Además, mi hijo mayor estudia en Valencia. En cualquier caso, una de las cosas que me enseñó la pandemia es que quería entrenar en otro lugar. Se habían dado oportunidades, pero opté por quedarme en Yecla hasta que llegó esta oportunidad y no me quería quedarme con la duda.

¿Qué es lo que más le sorprende cuando pasea por la ciudad?

—Antes de firmar por el Linares, me informé de su historia y de su situación. Está claro que la ciudad tiene problemas, como otras muchas, pero aquí se agravan por sus circunstancias particulares. Pese a ello, lo que más me sorprende es la alegría de la gente y como llenan los bares. Los linarenses quieren salir adelante y tienen fuerza para ello.

¿Le ha dado tiempo a notar la pasión que los linarenses sienten por su equipo?

—La notas y la sientes. Ves como el equipo de fútbol es capaz de devolver la alegría a la gente en momentos muy complicados, con el cierre de negocios, la falta de trabajo y la pandemia. El Linares lleva tres años dándoles alegrías y está en una categoría muy parecida a aquellas que recuerdan muchos aficionados de otros tiempos.

Si algo une a Linares es el Linares Deportivo. Sobre esa bandera azul y blanca se puede cobijar todo el mundo, porque no divide. A partir de ahí, debemos saber también donde estamos y en que circunstancias vamos a competir, además de tener los pies en el suelo, aunque eso no nos debe limitar el hambre de ser ambiciosos.

El director deportivo, Miguel Linares, dijo que íbamos a sufrir como perros. ¿Opina de la misma manera?

—Evidentemente. Partimos de la base que todos nos conocemos y saben como trabajamos, los medios que tenemos y nuestra estructura. Por lo tanto, ven que si bajan cinco son el Linares y cuatro más. Nosotros sabemos donde estamos, pero el fútbol se demuestra en el campo.

Llevo un mes con los jugadores y veo que es lo queríamos cuando empezamos a diseñar la plantilla. Veo gente con hambre que está ante una oportunidad histórica.

Sin entrar en profundidad, veo una combinación de jugadores experimentados con el ímpetu de la juventud. Pero también una insistencia en valorar a la persona por encima del profesional. ¿Es lo que buscaba?

—En el fútbol, como en la vida, se firma el éxito. Si tienes medios, contratas al máximo goleador del pasado año, al que jugó 40 partidos con su equipo y, si es posible, en una categoría superior. Cuando me senté con Miguel (Linares), le dije que teníamos que buscar a la persona antes que al jugador, y encima con hambre, que viniera aquí sabiendo donde estaba, las circunstancias que había y que no pusiera excusas.

Por eso mantuvimos muchas reuniones telemáticas y hablamos con mucha gente, porque la idea era conocer bien a quién traíamos. En ese vestuario, hay ocho jugadores que descendieron a Tercera, al igual que el entrenador y su ayudante, otros cinco futbolistas habían peleado por no descender a Tercera, más los jugadores que renovaron y otros dos jugadores que subieron de Tercera a Segunda RFEF.

Esto no es normal en el fútbol, porque lo que se firma es éxito, pero es el ejemplo de la persona. Hablamos de jugadores con hambre, a los que la temporada pasada no les fue bien de manera colectiva, pero que quieren volver a ganar. En este punto se incluye primero el entrenador, que está agradecido y que quiere devolver esta oportunidad con trabajo y compromiso.

Hablemos un poco de su pasado. ¿Cómo llega Yecla?

—Mis padres se separaron cuando tenía dos años, y ambos se volvieron a casar. La pareja de mi madre era un valenciano que vivía en Argentina. En una de esas crisis cíclicas que ha vivido mi país, el marido de mi madre viene a Valencia y le ofrecen trabajo en una empresa de Yecla. Con él, se viene mi madre.

A los seis meses de estar con mi padre, le dije que quería irme a España con mi madre y en un ejercicio de generosidad enorme me dejó venirme. Tenía 14 años. Luego, en pleno corralito, me traje a mi padre, a su mujer y a sus hijos. Yecla se ha portado con nosotros de una manera increíble.

Como veo, ¿Yecla forma parte de su vida?

—Uno es al final de donde pace, no de donde nace. Mi corazón es argentino, pero mi vida está en Yecla. Mi mujer y mis hijos son de allí. No entiendo mi vida sin Yecla.

¿Qué recuerdos tiene de Argentina?

(Suspira) Recuerdo el Mundial del 78, cuando quedó campeón Argentina, y me fui con mi padre a celebrarlo. Recuerdo una infancia muy feliz, gracias a mis padres, que, a pesar de la separación, siempre se preocuparon de que no me faltara nada. De hecho, mi padre compró una casa a seis calles de la de mi madre e iba en bicicleta a dormir a la que quería.

Tuve, además, la suerte de tener un padre y una madre más, porque las respectivas parejas de mis padres me quisieron y me quieren mucho. Sin olvidar, mi etapa en las inferiores del Racing de Córdoba, que estaba por aquel entonces en Primera División. Tuve la suerte de ver a Francescoli, Gatti, Alonso… jugadores increíbles. Solo son recuerdos felices dentro del marco en el que vivíamos.

Con Argentina tengo un sentimiento encontrado, como me ocurre con Yecla, pero al contrario: Argentina no se porta bien con mi gente [pueblo]. Es un país que tiene todas las riquezas habías y por haber y que, sin embargo, los que han mandado, ya sean de izquierda, centro, derecha o dictadura han matado al pueblo.

Es curiosa esa contradicción de país. ¿Qué ocurre para que no progrese?

—Los dirigentes, y ahí no entran colores. Todos han matado al pueblo. Allí hay unas desigualdades tremendas. Recuerdo ir con mi mujer de luna de miel y ver, al mismo tiempo, un Ferrari y un auto tirado por caballos.

Por lo tanto, ¿no todo fue culpa de la dictadura?

—No, no. Le podemos echar la culpa a la dictadura, pero estaríamos obviando a otra gente. En Argentina hay un círculo tan viciado que lo han podrido todo, como me dice mi padre. Tienen los tentáculos tan grandes que pueden entrar gente en la cúspide con ganas de cambiar las cosas que al final sucumbe por la corrupción que hay abajo.

Para mí, es un país envidiado desde el punto de vista cultural, desde la música al cine o la literatura.

—Como le he dicho, lo tiene todo hasta convertirse en la despensa de Europa. Todo lo privatizaron, todo se lo cargaron. Normalmente los países los tiran la clase media, pero en Argentina no existe, los ricos son cada vez menos con más dinero y los pobres más y con menos recursos a su alcance. Y encima a esa gente cada vez más pobre se la calla con ayudas. El pueblo se siente cómodo y se conforma. Prefiere esa ayuda a trabajar o formarse.

¿Quién su referente?

—En el aspecto deportivo, Marcelo Bielsa, porque entiende la vida más o menos como yo la veo. Creo que con humildad se va a todos los sitios. Soy de los que piensan que el cargo y el dinero van y vienen. Hoy puedes estar arriba y mañana abajo. Al final lo que queda es la persona y cómo te comportas con tu familia, con tu entorno y con el resto de la gente. Mucho más en el mundo en el que nos movemos actualmente.

El año que jugamos play off de ascenso a Segunda con el Yeclano, recibía unas 20 llamadas diarias. La temporada pasada que peleaba por no descender, tenía dos, una era de mi madre y otra de mi señora. Hoy en día, la persona y la manera de ser es lo que importa.

Ha hablado de Marcelo Bielsa, un hombre sencillo al que le gusta conversar de todo, no solo de fútbol, y que aprende mucho de sus semejantes, sea cual sea su posición social, aunque, sobre todo con personas mayores.

—A mí me pasa algo parecido. Disfruto una barbaridad charlando con mi padre. Son unas conversaciones increíbles.

¿Cree que se ha perdido ese respeto a los mayores?

—No solo a los mayores, sino también a los valores y principios, pero, sobre todo, se ha perdido la meritocracia. Es decir, el premio a hacer las cosas bien. En mi caso, he crecido con mis mayores, con mis abuelos, con mis padres. Hoy en día, parece que la gente joven es de otra época y debes convencer de otra forma. Pienso que ahora escuchan menos.

Nosotros, antes, disponíamos de menos información, por lo que teníamos que buscarla. Ellos, ahora, en cambio, tienen más información y, por ello, creen que lo saben todo. Lo que te da la vida son experiencias y eso es lo que al final te forma como persona.

¿El futbolista ha cambiado?

—Sí, bastante, pero trato de mantener ciertos códigos que pivotan alrededor del respeto, la jerarquía, la educación. Tenemos un ejemplo en Linares con Rodri, Lara, Fran Carnicer, Josema… Ellos son los que tienen que transmitir al resto lo que representa vestir esta camiseta y estar en Tercera. Ellos han estado en las peores categorías y han remado mucho para sacar al Linares de ahí. Los jugadores que vienen de fuera deben entender todo lo que ha costado llegar hasta aquí. Han llegado en una situación idílica, a jugar en Primera RFEF, en buenos estadios. No han pasado lo que sus compañeros que llevan tiempo aquí, pero estos, a su vez, deben asumir que no lo han hecho todo.

Cada temporada que empieza, supone una reválida para el entrenador y para los futbolistas. Todos tenemos que demostrar que merecemos, como poco, estar donde estamos. Pero está el plus de la experiencia y en estas circunstancias su trabajo es importantísimo.

¿Qué papel juega la empatía en un vestuario?

—Lo es todo. Los futbolistas tienen mucho ego. Cuando no juegan entienden que les estás agrediendo y olvidan que a un futbolista profesional no se le ficha para jugar, sino para que entrene y esté en las mejores condiciones posibles para el día de partido. Luego es el entrenador el que decide si lo pone o no. Eso es lo que debe entender. Sin embargo, entiende otra cosa, sobre todos los jóvenes, si carecen de cultura deportiva. Para ellos, la única forma de demostrar su valía es jugando. La confianza está en la plantilla y habrá un momento en el que el entrenador decida que juegue y otros en los que no.

¿La vida o el fútbol dependen de la suerte?

—La vida, al igual que el fútbol, es trabajo, adaptarse a las circunstancias. No creo que la suerte sea el principal motor de todo esto. Influye principalmente el esfuerzo, el trabajo, rodearte de gente competente. Luego juntarlo y que todo el mundo crea en eso. Para ello, deben dejar a un lado el ego individual y centrarse en el colectivo. No es importante el yo, sino el nosotros.

¿De quién lo ha aprendido?

—Forma parte de mi vida y de mi experiencia. Soy una persona que trato más de unir que dividir. Una de las cosas que admiro de Argentina es precisamente su apego al país, a la bandera. Allí juegas un partido de petanca con la selección y todo el mundo, aunque no tenga ni idea de petanca, va a muerte con Argentina. En España, sin embargo, todo está dividio.

¿Cada uno da lo que recibe, como canta Jorge Drexler en ‘Todo se transforma’?

—Me quedo tranquilo cuando soy yo el que lo ha dado todo. Soy muy repetitivo en este aspecto. Se lo digo a los jugadores antes de cada partido: Nosotros tenemos que darlo todo. Algunas veces nos dará para ganar y otras no, pero al final podremos mirar a los ojos al aficionado, al directivo, al compañero.

Hay un momento en el que las personas no nos engañamos y es cuando apoyamos la cabeza en la almohada. Llámelo conciencia, alma o como quiera, pero, en ese instante, estás solo ante tus pensamientos y, si puedes dormir, es que lo has dado todo. Eso para mí es clave.

Vengo de una situación muy complicada en el Yeclano, del que soy hincha y con el que descendí a Tercera, y puedo dormir cada noche.

¿Qué es para usted la sinceridad?

—Algo muy importante. Más vale ponerse una vez colorado que ciento amarillo.

¿Está preparado para las derrotas? Se lo digo porque esta afición es de extremos, no conoce el término medio. 

—Al final, los años te dicen que es la ley del juego, y si no estás preparado paras las derrotas tampoco los estás para sentarte en un banquillo. Me dicen que el Linares está acostumbrado a ganar, a vivir de gestas, pero es conveniente recordar que en los últimos diez años el equipo ha estado siete en Tercera. Y de los tres en Segunda B, el pasado año fue campeón, pero los otros dos jugó la promoción para no perder la categoría, con un descenso frente al Burgos. ¿Quién vio al equipo en Segunda A? Seguramente muy pocos. Nuestra realidad es que en los tres últimos años el equipo va como un tiro, pero hace dos estaba en Tercera. Vamos a saber quienes somos y, si queremos más, vamos a ganárnoslo.

Lo que veo, en estos momentos, es que el club está preocupado porque el número de abonados no es el que esperaba, aunque sé que al final vamos a tener abonados y que nos van a ayudar a conseguir el objetivo. Lo único que les pido es que nos den la oportunidad. Que se abonen porque, si queremos que el club crezca, necesitamos el apoyo de todo el mundo.

¿Cómo prevé este curso?

—Será tremendamente duro y dependerá de infinidad de circunstancias. Estamos en una categoría nueva, en la que somos de los últimos -o el último- en todo. Y en esa categoría bajan cinco y otros tantos juegan promoción de ascenso. En ese escenario es una oportunidad única para generar cosas buenas para Linares. Que cada quince días vengan equipos del calibre del Albacete, Castilla, Castellón, Barcelona… hará que los bares y restaurantes estén llenos, en definitiva, riqueza para la ciudad.

¿Habrá paciencia?

—Espero que sí. La tuve en Yecla. Aquí en Linares se tienen los pies en el suelo y se están haciendo las cosas con una coherencia enorme. Los equipos que suelen conseguir los objetivos no son los que cambian de entrenador dos o tres veces durante la temporada o fichan a cuarenta jugadores.

¿Qué piensa del periodismo -deportivo-?

—Son intereses económicos y cada vez están más desvirtuados. Trato de entender el periodismo porque quise estudiar esa carrera, pero el fútbol me equivocó. Pienso que debe ser objetivo, que debe contar la verdad. Hoy en día, en el periodismo deportivo parece que está mal visto que no seas de un equipo. Ves tertulias donde se enfrentan los periodistas del Real Madrid y del Barcelona. Al final, todo se desvirtúa, influenciado, claro está, por los intereses económicos.

Luego está el periodista que analiza el fútbol en función del resultado, sin ver nada más. No está en el entrenamiento, no sabe si el jugador que critica la noche anterior se peleó con la mujer o no durmió por otras cosas, pero el entrenador le pidió que saltara al campo.

¿Qué le parecen las redes sociales?

—Bien usadas son buenas. Me preocupa cuando no se sabe quien está detrás de determinados comentarios porque se esconde en un pseudónimo.

Este domingo, se cumplen 65 años de la inauguración del Municipal de Linarejos. ¿Está preocupado?

—Me preocupa que no podemos jugar ante nuestro público en pretemporada, pero era algo que sabía antes de venir, al igual que cada jugador. Por eso, nos debemos adaptar a las circunstancias. No me sirve de nada quejarme, ni poner excusas. Ni los jugadores ni el cuerpo técnico tenemos queja al respecto. Sabemos, además, que el esfuerzo valdrá la pena, porque vamos a tener un terreno de juego espectacular. Y sé que el proyecto del estadio es muy bueno. Por eso, es tan importante este año.

Fotos: Pedro Jesus Ibáñez/Visualy Linares

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