De verde y blanco

Confieso que mi idea sobre patria dista mucho de lo expuesto por la mayoría. Me ocurre lo mismo con el amor, por eso detesto a los machacones y «hartibles» sabelotodo, que insisten en contarnos sus experiencias a modo de lección ejemplificadora, aderezándolas de forma cansina con multitud de citas para hacerse los eruditos.

Mi sentido patrio sobre Andalucía, no es un amor hiperbólico, ni una exageración identitaria que excluya. Mi amor por Andalucía, el que se dibuja en verde y blanco, insisto el mío intransferible, mezcla de senequismo y edonismo, ese que me hace bien, es el que emana de las huellas de su historia, sus guerras, su paz, su hambre, su lucha y sobre todo sus razas.

La grandeza de Andalucía está en ser un pueblo de pueblos, todos influyentes, ninguno neutro. Fenicios, íberos, romanos, moros, judíos, cristianos. Mezcla que ningún otro territorio tiene con esa marcada intensidad, y que nos hace ser reposados y firmes, dueños de otra medida de tiempo.

Me gusta ser del sur, ser feliz con lo que tengo, hablar de mi tierra, la desconocida, sacudida de tópicos, cimentada en su alma por arte, cultura, sabiduría; Séneca, Maimónides, Murillo, Picasso, Mariana Pineda, Machado, Alberti, Lorca, María Zambrano, García Montero, Muñoz Molina, Andrés Segovia, Raphael. Por citar algunos entre centenares.

Desde Agua Amarga hasta el Rompido. Desde el Yelmo al Mulhacén. Desde Tarifa a la Alpujarra, vive mi gente andaluza, la que celebro siempre, la que ha sabido cargarse a sus espaldas el peso del tiempo que le toca vivir en cada momento.

Andalucía de contrastes, oro, luto, vigilias. Siempre latente, pendiente de aliviar sus desequilibrios, con cicatrices de olvido por muchos que la gobiernan y no la dejan crecer como se merece. Eternamente inacabada, castrada por centralismos de guardarropa. Montones de hectáreas sin industrializar, factorías que se cierran, contratos de aire, cargada de discursos retóricos, necesitada de compromiso en su clase política.

Me limito a ser profesionalmente andaluz, ejerzo de ello y más que orgullo, siento fortuna, aunque esto se tase en menor escala. Ser andaluz es resistir, convivir con el sudor, la poesía, el sacrificio, la alegría, la rabia, el esfuerzo, siempre en el tajo.

Disfruto siendo andaluz. Mi ventura está en no desprenderne de esta tierra de días largos, pícara, embrujada, provocadora, mística, altanera con sus tradiciones, que no quiere ver contaminada su ilusión..

Aquí me encuentro, a flote en el sur para gozar de sus costumbres, mis costumbres. Con su pena en la taranta y la alegría por bulerías. Andalucía con manchados mostradores de buen vino y mejor tapa. De saeta y nazarenos con la esperanza que se inspira en la tristeza de un pueblo.

Tierra del andaluz, idioma rico expresivo, con marca oral, único en el mundo que regala las consonantes al final de la sílaba, que fue llevado a América como español, y del que el catedrático de lengua española Pedro Carbonero, dice ser la avanzadilla del español del futuro.

Para sentirse de esta tierra hay que creer en ella, en su prosperidad, en la capacidad de generar trabajo, luchar contra el tópico humillante del subdesarrollo. Mantener la resiliencia y la fuerza de la razón con la que reclamó su autonomía.

Foto: Archivo El Correo de Andalucía

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