Cuando la muerte se convierte en cultura

Suena una voz desgarrada que entona aquello de que «nadie la sabe cantar, la taranta de Linares». Siempre me ha parecido que esta letra, de uno de nuestros cantes más singulares, encerraba toda una filosofía de vida. La letra seguía repicando que «la cantan los mineros cuando van a trabajar» porque, quizá, fueran ellos los únicos que comprendían lo profundo de la angustia que les hacía exhalar aquellos quejíos.

Desde niño he escuchado que la taranta de Linares, esa genuina aportación de esta tierra, nace del inmenso padecer de estos obreros que bajaban cada día a la mina con la incertidumbre de saber si volverían, o no, a ver la luz. Y, en efecto, su eco suena como un lamento que viene desde las entrañas de la tierra. No es de extrañar, si tenemos en cuenta que los accidentes en la galería eran algo habitual y que, en no pocas ocasiones, acababan en muerte.

Esta circunstancia, esa sensación de lo corta que podía ser la vida, fue seguramente el motivo por el que la mayor parte de esta clase trabajadora vivía con intensidad los momentos que pasaban fuera de la mina. Y esa «cultura de la muerte» ha llegado hasta nuestros días en forma de un legado patrimonial y social que nos hace acreedores de esta singular aportación.

En estos días de visitas a los camposantos, solo hay que echar un vistazo para comprobar que hasta eso en Linares es diferente. De tal manera que los recintos de enterramiento de la ciudad forman parte de la ‘ruta de cementerios singulares’.

Por un lado, el histórico cementerio de San José fue creado a finales del siglo XIX para atender a una población que no paraba de crecer debido al auge de la minería. Sus portadas y mausoleos monumentales dan muestra de su impronta histórica. Por otro, el conocido como «cementerio inglés» es uno de los pocos ejemplos de este tipo en Andalucía.

Su origen también está en el auge de las explotaciones mineras, pues al ser gran parte ellas concesiones extranjeras, en Linares se asentó una colonia de ciudadanos británicos que requerían un cementerio protestante.

En ellos reposan personajes que han conformado la historia de Linares. Por eso, permítanme que reseñe a dos mujeres. La primera es Natalia Castro, quien fuera musa y modelo de Julio Romero de Torres. Su rostro quedó plasmado para siempre en los cuadros del universal pintor.

La segunda es la escritora y traductora de origen británico Carlota Remfry. Gracias a su traducción al inglés del cuento original de «La abeja maya», este personaje literario se popularizó por toda Europa. Ella fue la última inglesa enterrada en el citado cementerio protestante.

No podemos olvidar en este punto el imponente mausoleo que el escultor Lorenzo Collaut Valera realizara en mármol blanco para los Marqueses de Linares y, de igual modo, singular es también la cripta donde yace el guitarrista Andrés Segovia en el Palacio de los Orozco. Su figura ha sido recordada siempre en esta ciudad con las notas de su ‘Estudio sin Luz’ desde el reloj del Ayuntamiento (que esperemos que pronto se vuelva a recuperar).

Para terminar, quiero cerrar este relato como lo empecé, hablando de los mineros. La mayoría no duerme el sueño eterno bajo mármoles ni monumentos funerarios. Es más, muchos quedaron para siempre en los pozos que trabajaron en vida. Pero su memoria colectiva hace de la muerte un legado cultural que algunos han definido ya como ‘la herencia del plomo’.

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