«Cuando canto, conecto con Dios»

Sara Ester Rivilla López (Linares, 1993) tiene alma negra, tanto por la libertad con la que canta como por la impecable potencia de su voz. Un torrente de emociones que recorre su cuerpo hasta desembocar en arte.

No solo es una gran cantante: también una devoradora musical con gusto. Aretha Franklin, Amy Winehouse, Otis Redding… Le entusiasman los intérpretes con personalidad. Su canción favorita es ‘I love the lord’, de Whitney Houston, otra de sus devociones. En 1996, cuando la malograda artista estadounidense protagonizó la película ‘Caído del cielo’, insistió en que la canción se incluyera en la banda sonora, que, poco después, se convertió en el álbum de góspel más vendido de todos los tiempos.

Como Houston, Sara Ester Rivilla llegó a la música a través de las canciones religiosas que escuchaba a su madre y en la Iglesia Evangélica, a la que pertenece. Formada en Canto Lírico y con un grado medio en Estética, es una joven prudente, humilde, que se esfuerza por mostrar tanto lo firme que están sus pies en el suelo como sus ganas de volar en la industria musical.

Ha actuado con algunas de las mejores orquestas del país y hace dos meses lanzó su primer disco, ‘Resurgir’, en el que ha dado rienda suelta a su creatividad como compositora. Tiene un exuberante talento y ha charlado con El Observador de lo humano y de lo divino en una conversación acompañada de café con leche.

¿Qué ha soñado esta noche?

(Piensa unos instantes) Realmente, con nada, y si lo he hecho no lo recuerdo.

¿Y con qué soñaría si tuviera esa posibilidad?

—Con subirme a un escenario y cantar las canciones de mi disco. Como ve, no pido mucho (risas).

¿Sin música podría vivir?

—No me imagino la vida sin música.

¿Cómo sería una vida sin música?

—Triste, muy triste. A mí personalmente, me da alegría y felicidad. Sin ella, sería una existencia durísima que no me quiero ni imaginar. No lo concibo.

¿A qué edad cogió por primera vez un micrófono?

—Me crie en la Iglesia Evangélica, donde se canta muchísimo. La música está muy presente en cada acto religioso. Además, en mi casa, mi madre cantaba y había piano, guitarras y otros instrumentos, por lo que mi relación con la música viene prácticamente desde la cuna. A su pregunta, no recuerdo el día que cogí por primera vez un micrófono. Lo único que le puedo asegurar es que antes de hablar ya cantaba.

¿Qué música se escuchaba en su casa?

—Principalmente góspel, alguna que otra balada.

El góspel procede de la música espiritual negra americana, y su voz tiene mucha influencia de ese sonido.

—Así es. Cante lo que cante, me sale la vena negra. Quizá porque lo llevo escuchando desde niña y al final forma parte de mí.

¿Qué otros estilos le gustan?

—Me gusta de todo un poco. Desde soul a blues, pasando por el jazz, aunque este último es realmente complicado.

¿Quién es la gran dama de la música?

—Hay muchas a lo largo de la historia, pero si me tuviera que quedar con alguna sería Amy Winehouse. Sin olvidar a otras grandes cantantes, como Whitney Houston, Cristina Aguilera o Aretha Franklin.

¿Qué le identifica más con Amy Winehouse?

—Su espíritu libre y la manera de expresarse encima de un escenario. En cierto modo, soy como ella: hago lo que me apetece. No sigo unas normas. Trato de dejar mi sello personal, aunque sea en un pasodoble.

¿La industria de la música es justa?

—No sé qué decirle. Es, ante todo, muy compleja y complicada en la que no llega todo el mundo que vale. Hay gente que ha llegado lejos porque tiene alguien detrás de mucho peso. No se lo han currado como el resto, pero tienen esa suerte de ser pariente de…

En cualquier caso, creo que si trabajas, te esfuerzas y sientes de corazón lo que haces, al final, consigues los objetivos. A día de hoy, en mi caso, se me están abriendo muchas puertas. Conmigo, de momento, si está siendo justa. Estoy muy feliz por todo lo que estoy haciendo y consiguiendo.

¿Se puede vivir de la música?

—En mi caso, vivo con mi madre y mi hermana, por lo que no pago piso, aunque los gastos personales. Por el momento, no me puedo quejar, pero hay que currar mucho. Desde que me levanto y hasta que me acuesto, estoy pensando en música.

A pesar del éxito, no duda en cantar en bodas, bautizos, comuniones y cualquier evento que se precie.

—Ni mucho menos. Lo que me gusta es cantar y, si me contratan, acudo con mucho gusto y con toda la profesionalidad del mundo. Disfruto una barbaridad haciendo feliz a la gente, al igual que cuando participo con el grupo de tributo a Sting. También hago funerales, por si no lo sabía. Y acudo encantada dónde sea.

¿Es importante todo lo que me está contando para tener los pies en la tierra?

—Yo soy feliz cantando y me da igual el escenario y la cantidad de gente que haya. Hombre, si es en un teatro, pues mejor que mejor, pero no me importa acudir allí donde me llaman. A todo el mundo le gusta estar de gira y ser famoso, pero, como ya le he dicho, soy feliz con lo que hago. Incluso, creo que me agobiaría siendo famosa (risas).

Es usted muy cercana.

—Gracias. Es como soy. Por suerte, he cumplido muchos sueños, como cantar en una gran orquesta ante miles de personas, como me ocurrió en Vitoria. También me lo he pasado en grande en una boda con poca gente. Lo que le digo con esto es que sigo trabajando, formándome y reinventándome, como hice durante el confinamiento.

¿Cuál es el techo de Sara Ester Rivilla?

—No lo sé, pero tengo claro que puedo mejorar mucho más. Por ejemplo, ahora he sacado un disco y voy a dar conciertos con mis canciones, mi música y mis músicos, algo que no me imaginaba hace unos años.

Hábleme de su disco.

—Tiene nueve canciones, que compuse y grabé a distancia con la ayuda de un productor cubano que se llama Michel Cires. También me echaron una mano amigos músicos y la verdad es que la experiencia fue maravillosa. El disco se llama ‘Resurgir’, lo lancé hace dos meses y está en todas las plataformas digitales a falta solo de que salga en formato físico (vinilo y casete).

¿Qué expresa en ‘Resurgir’?

—Son experiencias de mi vida. Cada canción es mundo y en todas ellas hablo de cosas que me han pasado o de sensaciones que tengo. Por ejemplo, ‘Mi corazón’ la compuse para un niño de acogida que estuvo en mi casa y del que no sé nada de él, pero que me marcó mucho. También le canto a Dios.

¿Qué parte de mística o espiritualidad tiene su música?

—Tiene mucho porque cuando cantó siento hablo con Dios. Mis canciones a veces son oraciones y, a través de ellas, me conecto con él.

Veo que la figura de Dios es muy importante en su vida. ¿Qué le aporta?

—Me aporta todo: alegría, felicidad y fe en la eternidad. Tengo claro que cuando morimos no se acaba todo. Después de esta, hay una vida eterna.

¿Qué es Linares?

—La ciudad que me vio nacer y en la que quiero vivir, si puedo. Me gusta bastante, pero ya sabe como está el tema del trabajo.

¿Cómo la ve?

—Mucho peor que antes. Vas por el centro y solo ves tristeza. No me transmite nada. Está todo como súper apagado. Nada que ver, por ejemplo, con Úbeda, donde el ambiente es otro. Me da mucho coraje ver otras ciudades crecer y que la nuestra esté estancada.

¿Si no pudiera vivir de la música, a qué se dedicaría?

—Es que no imagino mi vida sin música. Tengo claro que mi trayectoria profesional está ligada a la música, ya sea cantando o dando clases de canto. Por ahora, me va todo muy bien y cada vez se abren más puertas como cantante, aunque sigo mi camino con las clases de canto. No sé cómo estaré dentro de unos años.

¿Qué tal le fue por el programa ‘Veo cómo cantas’ de Antena 3?

—La verdad es que muy bien. Me sentí realmente cantante profesional y pude compartir mi música con la gente. No me gusta competir, aunque me haya presentado a concurso, y en ese programa me sentí muy cómoda. Estuve con compañeros muy, muy buenos, y pensé que si estaba en allí es porque no soy solo una cantante de orquesta.

¿Qué le parecen los concursos de talentos?

—Está muy bien, pero no es oro todo lo que reluce. Lo que sale muchas veces no es verdad.

¿Ha sentido miedo escénico en alguna ocasión?

—No. Cuando subo al escenario, me siento la mejor y súper segura de mí misma. Además, me crezco cuando veo una cámara. Me da mucha vergüenza hablar y me cuesta mucho expresarme. Por eso lo paso tan mal en las entrevistas. La manera que tengo de expresarme es a través de la música o escribiendo. Me pasaría todo el día cantando.

¿Se pasan nervios antes de salir al escenario?

—Claro. El día que no pasé nervios antes de salir al escenario me marcho a mi casa. Esos nervios me gustan. Son adrenalina para el cuerpo y la mente. Es algo muy guay.

¿En la música hay machismo?

—Yo no lo vivido. En las orquestas, por ejemplo, todos somos iguales.

¿Cuándo tendré su disco en las manos?

—No le puedo concretar una fecha. Próximamente…

Fotos: Pedro Jesús Ibáñez

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