Con las alas del sueño

¿Quién, a estas alturas, no ha leído eso de que gastamos aproximadamente un tercio de nuestra vida durmiendo? Si atendemos a tal aseveración, parece que buena parte de nuestra existencia la dilapidamos en una ruptura forzosa con la rutina diaria, lo cual debemos sobrellevar como si fuera una fatalidad. Pero, ¿es de tal magnitud el despilfarro? Resulta extraño pensar que nos veamos sujetos por naturaleza a un proceso de tan poca utilidad.

De hecho, gracias a la Medicina, sabemos que por el bien de nuestra salud una persona adulta debería dormir entre siete y ocho horas. Durante ese lapso restablecemos la energía celular, restauramos el equilibrio del sistema nervioso central y del resto de tejidos en virtud de una autorregulación que en biología se conoce como homeostasis, además de consolidar tanto la memoria como el aprendizaje diario.

Más que un tema baladí, el tiempo que empleamos en dormir resulta entonces de una necesidad ineludible. Por citar algunos efectos adversos, sin él nos resulta complicado centrarnos en cualquier actividad compleja, padecemos irritabilidad, jaquecas y nuestro sistema inmune se debilita.

Pero algo más sucede en esas horas. Mientras dormimos asistimos a la escenificación de un misterio. Con las alas del sueño nos adentramos en un universo desconocido y nos desprendemos de cualquier limitación.

La del espacio, toda vez que nuestra aventura puede transcurrir en Buenos Aires, Nueva York, en Shangai o Melbourne; o qué decir si pisamos las dunas rojas y azules de Marte, el lado oculto de la Luna o las megalópolis de los Ummitas, dejando en una pequeñez la audacia de la ciencia ficción.

Superamos las trabas del tiempo si nos vemos cabalgando y blandiendo la espada junto al Cid, si asistimos al baño de leche de Cleopatra o al primer encuentro entre Anibal e Himilce, nuestra ilustre antecesora.

También nos es posible desligarnos de la atadura más sólida, la de nosotros mismos –en sueños podemos traicionar a los nuestros, cometer los mayores crímenes sin mostrar reparo alguno, o tratar amistosamente con esa persona de la que un día prometimos vengarnos–. Cualquier cosa es posible en nuestra vida onírica: hablar con animales, con personas que murieron o lloriquear de la manera más dramática por cualquier simpleza.

Aunque el mundo del sueño haya sido desde tiempos remotos objeto de nuestro interés, sobre él no recaería una mirada crítica hasta que los estudios de Sigmund Freud estructurasen lo que sería el psicoanálisis.

De entre sus ideas centrales destacamos lo siguiente: que nuestro comportamiento se ve influenciado por impulsos inconscientes, y que estos contenidos de nuestra parte profunda emergen entre las palabras e ideas que asociamos libremente, sin hilo conductor, e igualmente en nuestros sueños, por tal motivo ahora sometidos al análisis.

El contenido onírico se nos presenta como una narración que por su carácter interno evita la alusión directa a aquello que nos perturba. Por esta delicadeza con nosotros mismos, que no elimina sin embargo esa realidad inevitable, nos vemos abocados al símbolo, cuyo uso, en sueños, no se diferencia mucho del que le damos en el lenguaje oral, el escrito o el cinematográfico.

Soñamos que ordenamos nuestro armario; de repente hallamos algo que nos desconcierta. Pero, ¿está justificado tanto horror por una simple toquilla negra? Ya despiertos, y tras recordar, volvemos a verla sobre los hombros de aquella anciana que nos inspiraba tanto miedo al cruzárnosla en la escalera siendo niños.

Esta particularidad del símbolo se conoce como pars pro toto, una parte por el todo –la toquilla por la anciana–. No sería el único modo para señalar aquel incidente. Basta con soñar que subimos una escalera y observar los peldaños con intranquilidad, como si nos acecharan, para simbolizar a una persona con un objeto. Como vemos, nuestro subconsciente puede servirse de multitud de trucos para presentarnos, camuflado, lo que no queremos ver.

Para Freud, el sueño sería una válvula de escape por la que se filtraría lo que hemos reprimido desde la infancia, nuestras pulsiones sexuales, a las que habría que desenmascarar en la interpretación.

Más interesante resulta lo propuesto por quien se podría considerar el teórico más brillante del psicoanálisis, Carl Gustav Jung, para quien el sueño, tomado como un instrumento compensatorio, tendría la facultad de rescatar para dicha función las imágenes arcaicas –denominadas por él como arquetipos– contenidas en los mitos que perviven en la parte más profunda de nuestro ser –el inconsciente colectivo, un depósito del conocimiento acumulado de todo el género humano–.

Con el paso del tiempo, tanto la obra de uno como el otro sería sometida a una exhaustiva revisión. Aparte de ciertas irregularidades en cuanto al método, hoy se considera que ambos acabaron proyectando su espíritu en sus teorías –la omnipresencia de las impresiones infantiles y la sexualidad en Freud, mientras que en Jung hallamos fácilmente su inclinación por el misticismo–. Nada de esto sin embargo empequeñece el legado de sus estudios, hoy incorporados al pensamiento y la cultura occidental.

La lectura de Carl Gustav Jung, especialmente de su obra Los complejos y el inconsciente, me serviría con el tiempo para superar la concepción del sueño como un mero hecho fisiológico. Empecé a concebirlo como una expresión artística, como una obra.

Y es que si tenemos en cuenta que el sueño es la única realidad de quien sueña, que el protagonista de la escena somos nosotros, que el lugar o paisaje en el que se desarrolla está formado a partir de nuestros recuerdos –y somos nosotros, como universo–, y que quien compone y dirige la obra es nuestro cerebro sometido a unas condiciones particulares –ese otro Yo que no deja de ser nosotros mismos–, desde esta perspectiva podemos considerar el sueño como una expresión dinámica en la que criatura, creación y creador recaen en la misma persona y encuentran su desarrollo en un mismo plano.

Visto así, el sueño pasa a ser una obra con una estructura llena de resonancias teológicas. Algo que me hace preguntarme con qué sueñan los ateos. ¿Campanas repicando a gloria?, ¿túnicas blancas, coros de ángeles, lirios y cintas del color de la nata? ¿O con vuelos insensatos atraídos por aquellos rayos que acuchillan las nubes, queriendo apresar el misterio de la tarde y la luz? Mis queridos incrédulos, eso solamente lo sabe Dios.

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