Besar el póster

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Tenía uno colgado de la pared y otro pegado en la carpeta del colegio. Mientras la quinceañera besaba a escondidas los retratos del icono por la paz mundial, John Lennon vociferaba sobre su hijo Julian «¡No soporto la manera en que te ríes, coño! No hagas que vuelva a escuchar tu puta risa horrible de nuevo».

El chico de catorce años estaba preparando galletas junto a su hermano Sean, hijo del segundo matrimonio del artista con Yoko. Lo cumpliría fácilmente: el haber sido testigo de borracheras y, junto con su madre, objeto de golpes, desprecios y delirios de colocones no había hecho de él un niño excesivamente sonriente. Lennon padre confesaría un carácter violento en una entrevista a Playboy tres días antes de ser asesinado. Su obra sigue siendo el emblema pacifista por excelencia.

Paz, esta vez de Octavio, quien escribe así a quien fuera su esposa Elena Garro: «respecto a lo de la universidad. TE DIJE QUE NO SALIERAS y eso vale para ese lugar asqueroso. NO VUELVES A IR A NI UN SITIO AL QUE NO TIENES NECESIDAD DE IR. Igual a Filosofía. De monja estarás, de encerrada y niña de reja hasta que yo llegue o tú vengas».

El ayuntamiento de Estocolmo se viene abajo de aplausos en la entrega del Premio Nobel de Literatura. El reconocimiento a la trayectoria de Octavio, a quien por inercia se presupone una extraordinaria sensibilidad humana, bien lo merece.

De poeta en poeta y tirando porque me toca, nos detenemos -aunque ya sea un tópico- en Neruda, el universal de los versos más tristes por los que todas suspiramos de jovencitas. Nuestra visión del romántico cambia cuando recientemente conocemos la historia de su hija Malva Marina, nacida con hidrocefalia, a quien se referiría como “vampiresa de tres kilos” o “ser perfectamente ridículo”, hija por la cual no solo sintió vergüenza sino un desprecio tal que la abandonó a su suerte en todos los aspectos.

Padre desnaturalizado, se ve que lo de procrear no era lo suyo, como ya hubo de expresar casi quince años antes en Farewell, poema bellísimo cuya lectura nos sacude al aprender que lo escribió, según se dice, tras haber obligado a una pareja a abortar.

«DESDE el fondo de ti, y arrodillado, un niño triste, como yo, nos mira. / YO NO lo quiero, Amada. / (AMO el amor de los marineros que besan y se van /AMO el amor que se reparte en besos, lecho y pan / Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste./ …Desde tu corazón me dice adiós un niño. Y yo le digo adiós»

A Ricardo le iba más vivir la vida, forzar sexualmente a la sirviente que se le antojara (Confieso que he vivido) y que le aplaudieran también en Estocolmo bajo pseudónimo dulzón.

Picasso destruyendo a Olga Khokhlova, a Françoise Gilot, quemando con cigarrillos el cuello de Marie Thérèse Walter, dejando inconsciente a golpes a Dora Maar. Mahatma Gandhi negando “por principios morales” tratamiento médico a su esposa Kastūrbā hasta que esta fallece y luego poniéndoselo él; experimentando la brahmacharia, que básicamente consistía en dormir junto a niñas desnudas.

Teresa de Calcuta negando analgésicos e higiene a los enfermos porque en el sufrimiento encontrarían a Jesús e ingresándose en el mejor hospital de California cuando le da a ella un achuchón.

James Brown gritando ‘I feel Good’ mientras lanza a su mujer contra las paredes de la casa, sus dos hijas pequeñas escondidas bajo la cama. Rousseau escribiendo acerca de la bondad innata del ser humano y abandonando a sus hijos, Barón Biza rociando de ácido la cara su mujer el día de su divorcio.

Creamos ídolos porque necesitamos creer. Un tótem no es más que un tronco de madera tallado. Un símbolo no es sino el anhelo de un ideal proyectado sobre una figura por nuestra imaginación.

Llegamos a sentir adoración por quien no conocemos en tanto en cuanto representa lo que quisiéramos que fuera y no por lo que realmente es. Besamos pósters, nos enamoramos de la paz, de la belleza, del arte. Podemos ser tan abstractos que lo llegamos a hacer incluso del amor.

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