Ahora o nunca

Ha llegado el momento del colapso. Como marineros en un barco que hace aguas, achicamos sin tregua para evitar el naufragio. Nadie cuestiona la utilidad del acto pero todos sabemos que la situación no podrá durar indefinidamente. Si no queremos terminar en el fondo necesitaremos una embarcación nueva, que o bien nos construiremos con las tablas que podamos antes de que se sumerjan o bien esperaremos -de espera y de esperanza- con la mirada fija en el horizonte.

Dicen que los escorpiones se pican a sí mismos cuando se ven rodeados de fuego. Esta imagen tremendamente épica escapa a toda lógica, qué más se puede esperar de un arácnido incapaz de calcular las posibilidades de supervivencia echándose, por ejemplo, una carrerita, atravesando la llama y mirando atrás mientras resopla ¡uff, menudo mal rato!

Las reacciones humanas ante las dificultades, al contrario, son imprevisibles. No dependen siquiera del humano en cuestión pues éste puede encontrarse rodeado de circunstancias que le hagan abandonarse flotando a la deriva o subirse al tronco de un cocotero y remar con sus propios brazos hasta la extenuación.

Lo mejor de todo es que ninguna de las dos opciones tiene más garantía de éxito que la otra y tan sólo creer en la suerte permite al humano soportar la travesía con más o menos alegría siendo idéntico el destino desconocido.

Así, todos esos manuales que aseguran éxito profesional o personal, que dicen que uno mismo se busca su suerte y construye su destino valen lo mismo que los que dicen que el cáncer se supera con actitud positiva.

Miren, que la actitud positiva es estupenda no lo duda nadie, ver el vaso medio lleno ante cualquier dificultad hace el día a día más llevadero, los optimistas son seres de por sí con suerte, ya solo por tener la suerte de ser como son, que no es que sufran menos pero lo hacen con esperanza.

Lo que sí es cierto es que en la vida hay puntos de inflexión, momentos que llamamos decisivos y que paradójicamente – ironía del destino- suelen caernos encima en contra de nuestra voluntad.

En los campos de exterminio hubo quienes se lanzaron contra la alambrada eléctrica, quienes optaron por tratar de excavar un túnel y quienes resistieron el día a día confiando en la suerte de que no los mataran hasta que aparecieron los americanos, desenlace tan esperado como desconocido. Ya que no tenemos el control de nada, por lo menos confiemos.

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